Diciembre, la época en que la Alameda se llenaba de tradicionales globeros

En la década de los años 60 era común que en temporada decembrina se juntaran en la Alameda Central hasta 300 personas que vendían los auténticos globos mexicanos, artesanías que antes se decoraban a mano y se inflaban con hidrógeno. Hoy una familia de globeros nos cuenta sobre aquella época, cuando estos personajes eran parte del paisaje urbano de la Ciudad de México

La Alameda Central en la década de los 60 donde se observa a vendedores de coloridos globos de varios tamaños, cortesía de Bob Schalkwijk.
27/12/2020 00:00 Actualizada 06:05
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Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez

Felipe Sánchez llegó a la Ciudad de México a los 8 años, cuando su familia decidió mudarse desde Atlatlahuca, Estado de México. Su papá aprendió del mundo de los globos trabajando para un conocido que le enseñó el oficio; poco a poco fue dominando su elaboración hasta el grado de poder independizarse y su hijo, Felipe, incursionó desde pequeño en la venta de los mismos.

Los sitios donde la familia vendía eran los mercados, como La Lagunilla, el Martínez de la Torre, Medellín y entre otros; también en la Plaza de Garibaldi o el Bosque de Chapultepec. Comparten a El Gran Diario de México que durante los aniversarios de los mercados públicos, había encargos de más de 300 globos para que los locatarios los pudieran regalar a sus clientes.

Una de las herramientas incondicionales para que los globeros hicieran notar su presencia era el tradicional silbato, que de acuerdo a Don Felipe dependía de cada globero cómo hacerlo, el suyo “es un pedazo de popote —antes un trozo de carrizo— que en uno de los costados lleva un trozo de globo amarrado con hilaza y, para hacerlo sonar, en vez de soplar, jalas el aire”, explicó.

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Globero vendiendo en las inmediaciones de la Alameda Central en diciembre de 1963. Cortesía Bob Schalkwijk.

Globos mexicanos

Los globos mexicanos resaltaban de los demás porque tenían un toque personal, ya que cada globero los decoraba personalmente; el proceso era largo, para la familia Sánchez iniciaba con la compra de los globos de látex —proveniente del árbol de hule— en una tienda por la colonia Obrera, provenientes de Guadalajara, Jalisco.

Después los llevaban a casa para lavarlos con agua caliente y, una vez secos, se inflaban con un gas hecho en casa o con hidrógeno; se pintaban con una pintura de alcohol y con pinceles que podían ser un palito de madera con un algodón en la punta; después les ponían una funda que consistía en plástico normal con el que envolvían el globo.

Compara el antes y el después deslizando la barra central (clic aquí para ver más grande)

La fotografía comparativa antigua es una postal de la Alameda Central en temporada decembrina en la década de los 60. En tanto que la imagen actual es del mismo lugar con muy poca gente por la contingencia sanitaria generada por la Covid 19. Fotos: Cortesía Bob Schalkwijk y Ruth Gómez. Diseño web: Alejandro Sandoval.

Podían ser “sencillos” —elaborar 100 globos requería de 5 a 6 horas— ya que sólo llevaban dos colores o los “especiales” para la temporada decembrina, que consistía en la unión de diversos tamaños de globos que tenían como resultado final la forma de un animal, adornados con otro tipo de materiales o papeles para tener un mejor resultado.

El último paso era barnizar los globos para que tuvieran mayor brillo y que permitía que duraran más tiempo inflarlos con hidrógeno, que era sumamente inflamable y por lo que se tenía que tener mucho cuidado. Años después lo prohibieron, dejando al helio como el único gas permitido para inflar globos.

Las fiestas decembrinas en la Alameda

Sánchez recuerda que las fiestas decembrinas eran de las mejores temporadas para el oficio: “llegar a la Alameda en esta temporada era espectacular, estaba llena de globos porque se juntaban más de 300 globeros. Una Alameda llena de mucho color y folclor”.

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Decenas de capitalinos disfrutaban de la verbena decembrina en la Alameda Central, en este par de postales de los años sesenta se pueden apreciar a los múltiples racimos de globos en espera de ser vendidos. Cortesía Bob Schalkwijk.

Al ser un oficio artesanal, diciembre era un mes especial porque la familia se las ingeniaba para crear figuras que llamaran la atención de chicos o grandes y, de esta forma, ser de los más exitosos en ventas en la Alameda. Sobre el tradicional envío de la carta para Los Reyes Magos con los globos, Don Felipe comenta que empezó a tomar fuerza en la década de los 80.

Ya cuando Don Felipe tuvo a su propia familia, salía a vender 100 globos sencillos día a día: “en la Alameda siempre se vendía y ahí también se veía qué globos gustaban más porque se vendían más rápido”. Para ocasiones especiales como Navidad o fin de semana hacía perros, payasos, chapulines, gusanos, tortugas o la figura del animal o caricatura que estuviera de “moda”.

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Figuras clásicas realizadas por don Felipe Sánchez hace un par de años; estas eran las que la familia realizaba para la temporada decembrina en la capital. Cortesía Familia Sánchez Avendaño.

Los globos variaban de precio, los sencillos los daba a un peso y dependiendo del tamaño o la figura podían costar de 5 a 30 pesos; el más grande tenía ese costo porque ocupaba más tiempo y cantidad de gas: “me tardaba 20 minutos para inflar y dibujar en los globos más grandes y el tanque que me gastaba en 400 globos sencillos, me lo gastaba en 35 grandes”, dijo Don Felipe.

“Una vez estaba vendiendo en la Alameda Central, un día en la semana por ahí de las 7 y pasó un señor, se me quedó viendo y me preguntó cómo los hacía y después de que yo le expliqué, me dijo “un globo es una ilusión porque usted lo ve, lo compra, lo suelta y ya se fue, se acabó” ahí me cayó el veinte y por eso le puse así a mi negocio”, compartió Don Felipe.

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Globero mostrando sus productos a un conductor en la década de los años 60. Cortesía Bob Schalkwijk.

El recuerdo de una tradición

Con la llegada de los globos metalizados, los tradicionales empezaron a caer en desuso, porque como ya tenían una impresión, era más rápido inflarlos y salir a venderlos; aunado a ello, se extinguió el permiso para venderlos en los parques y muchos globeros tuvieron que buscar otra forma para ganarse la vida, él mismo lo experimentó al hacer otros trabajos además de los globos.

Don Felipe recuerda sus años vendiendo globos con mucho cariño, no sólo porque es una tradición que viene de su padre, sino porque le daba mucha alegría ver a las y los niños tener el globo que les había gustado “me daba orgullo ser parte de su felicidad” y aunque desde 1992 ya no venda globos en las calles, sigue llevando esa magia a través de su tienda en el Centro Histórico.

Con el paso de los años, la familia de don Felipe también se involucró en el mundo de los globos y tanto él como su hijo Carlos, han impartido talleres en el extranjero sobre el proceso de los globos tradicionales mexicanos. Su hijo comparte que tuvo una experiencia fantástica en Los Ángeles, California en una convención latina porque se sintió sumamente orgulloso de compartir el oficio de su familia.

Dignificar el oficio

El oficio de globero es parte de la cultura popular mexicana y del paisaje urbano de la Ciudad de México, comentan don Felipe y su hijo Carlos; tan es así que en el famoso mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” quedó plasmado un representante porque “más allá de los 300 globeros que se llegaban a reunir en las temporadas altas, los últimos años éramos parte de las romerías que se hacían en la Alameda Central”.

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Un típico domingo en la Alameda Central a inicios de la década de los sesenta. Crédito: Colección particular.

“Yo tengo mucho qué agradecerles (a los globos) porque me han dado todo lo que tengo”, dijo don Felipe y narra para El Gran Diario de México que por ahora se encuentra trabajando de la mano tanto con sus amigos y compañeros del oficio y la industria globera como del gobierno capitalino para que estos voladores coloridos no desaparezcan en el futuro.

Están desarrollando proyectos que demuestren que el material del que están elaborados tanto metálicos como los de látex, puedan ser reutilizados para la creación de diferentes productos porque, desde su perspectiva, “los globos nos dan cierta esperanza, alegría, nos traen algún recuerdo de un tiempo lindo y no sólo en México, sino en todo el mundo”.

La fotografía principal es de la Alameda Central en la década de los 60 donde se observa a vendedores de coloridos globos de varios tamaños, cortesía de Bob Schalkwijk.

Fuentes:
Felipe Sánchez Santana.
Roberto Carlos Sánchez Avendaño.

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