De las aguas frutales al refresco

Mochilazo en el tiempo

Estas bebidas carbonatadas llegaron a México a finales del siglo XIX y principios del XX procedentes de los Estados Unidos. En México se vendían en las fuentes de sodas dentro de  droguerías y boticas. Cien años después, expertos desalientan su consumo por el daño a la salud.

Texto: Susana Colin Moya

Hace cien años, las plumas nostálgicas de este diario narraban la paulatina desaparición de las horchateras, mujeres que vendían aguas frescas en la vía pública. “¡Horchata, chía, limón, Jamaica! ¿Qué toma’sté, mialma?”, pregonaban estas comerciantes detrás de un puesto adornado con dibujos de amapolas y claveles.

Bebidas como la hecha de pepita de melón, el agua de timbiriche y la horchata de pingüicas habían quedado en el olvido frente a la llegada de líquido novedoso: las aguas gaseosas, o lo que ahora conocemos como refrescos.
 

Aunque las también llamadas gaseosas se inventaron y popularizaron en Estados Unidos durante el siglo XIX, en México cobraron importancia hasta las primeras décadas del siglo XX.

En un inicio, en México, estas bebidas carbonatadas se vendían en las fuentes de sodas: espacios que regularmente se encontraban adentro de droguerías y boticas, como se describe en la revista EL UNIVERSAL ILUSTRADO, en 1927.

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Ilustración de una mujer atendiendo una fuente de sodas en 1924. EL UNIVERSAL ILUSTRADO/Hemeroteca.

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Las fuentes de soda también se ubicaban en almacenes departamentales, como la que tenía la tienda “El puerto de Liverpool” en 1936. EL UNIVERSAL ILUSTRADO/Hemeroteca.

El consumo de estos productos era generalizado en las clases altas de la capital, signo de distinción de una élite. Con el tiempo,  poco a poco se fue popularizando, a su manera, en las barriadas.

“La ‘yanquización’ de México es tan intensa que ha llegado hasta las más últimas capas sociales, si bien menos invasoriamente que en las altas”, escribió un observador reportero de este diario en 1929 quien se admiró de que en el Mercado de San Juan existieran comercios de refrescos y helados establecidos en casetas “como las que se instalan en los Estados Unidos”.

Los nombres de las bebidas ofrecidas a los transeúntes, según el reportero, estaban en inglés, como Orange Crush.  “Entre la lista es muy raro encontrar nuestra clásica y popular ´chía´ que refrescara las gargantas de nuestros abuelos, o la horchata de pepita de melón”.

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Puesto de refrescos en el Mercado de San Juan, publicado en EL UNIVERSAL ILUSTRADO en 1929. El escritor también se admiraba de los “cuic lonches” en Tepito, “jotcaikes” en San Antonio Tomatlán y otras cosas por el estilo.

Aunque ya desde hacía décadas diversas fábricas refresqueras habían comenzado a envasar y comercializar esta bebida en grandes cantidades, era común que pequeños empresarios fabricaran este producto.
De hecho, en las páginas de EL UNIVERSAL se ofertaban máquinas para hacer aguas gaseosas.

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Publicidad de máquinas para fabricar aguas gaseosas. EL UNIVERSAL ILUSTRADO, 1925.

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Fragmento de un reportaje hecho sobre “La Favorita”, fábrica que en 1939 hacía y envasaba los refrescos Coca-.Cola. EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

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Instalaciones de la “Casa Orange-Crush” en 1932, donde además se envasaba el agua Electropura. EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

Con la popularidad que fue ganando el refresco en la población, el comercio ambulante comenzó a imitar las bebidas más famosas, lo que causó problemas no sólo a los productores certificados, sino a los consumidores.
En mayo de 1933 este diario hizo un recorrido por las calles de la capital en búsqueda de “los productos que lanzan al mercado los envenenadores públicos”, es decir, refrescos de baja calidad o adulterados.

“No pensamos que nos iba a ser tan fácil”, escribió el reportero, antes de describir los refrescos embotellados con aguas impuras, los endulzados a base de sacarina para substituir al azúcar de caña y las corcholatas de segundo uso. Los productores apócrifos rellenaban con “sus menjurjes” las botellas originales para que el público los consumiera.

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El refresco pronto se comercializó en “las barriadas”. Cartón de EL UNIVERSAL ILUSTRADO, 1934.

Además de falsos refrescos era común encontrar bebidas carbonatadas hechas con agua no potable: “a simple vista se descubren impurezas que no pueden confundirse con residuos propios de las bebidas. ‘Pajitas’ y ‘negritos’ nadan candorosamente entre los refrescos esperando la boca que las ha de engullir”.

En efecto, existía un grave problema de sanidad relacionado con el agua, afirma en entrevista la investigadora y docente de la Facultad de Química de la UNAM Carmen Durán. “Enfermedades como la hepatitis y la poliomielitis se transmitían a través del líquido”, añade.

Durante los años 50  se sugirió a la población hervir el agua de la llave antes de consumirla. Además, muchas familias comenzaron a beber más refrescos y agua embotellada bajo la idea de que eran bebidas  pasteurizadas, señala la especialista. Ahí comenzó el rápido ascenso en el consumo de estos productos ya que, además, daba "status".

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Carrito de aguas frescas en Acapulco, 1967. Archivo de EL UNIVERSAL.
 

De todos colores y sabores

Cristina Morales recuerda con añoranza sus días de escuela durante los años 50 del siglo pasado. Todos los días su mamá le daba “un veinte” para comprar los desayunos que por las mañanas vendían en su primaria, ubicada en la alcaldía Azcapotzalco.

Cuando le sobraban unos centavos, a la hora del recreo compraba uno de los muchos ejemplares de refresco que se ofertaban dentro de la escuela.

Poco a poco los nombres y sabores de las bebidas regresan a la mente de Cristina, y, como si pudiera verlos en el recuerdo, los enumera:

El Mr. Q, los Barrilitos de piña, tamarindo, naranja y limón, los Lulú, los del pato Pascual, el refresco de uva Delaware Punch, el Pepsi-Cola al lado de su competencia la Coca-Cola y el Titán, cuya botella tenía “costillitas”.
 
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Collage de refrescos anunciados en este diario a mitad del siglo pasado. Crédito: Susana Colin.

“Nos gustaba el refresco por su sabor dulce”, comparte.

A la salida de la escuela aparecían otras bebidas: las entrañables aguas frescas de limón y jamaica. “Esas tenías que tomártelas ahí porque el vaso donde te las servían era de vidrio”, añade. 

Más allá, camino al mercado de “la [colonia] Pro-hogar”, estaba uno de los establecimientos más importantes de la zona, quizá la única competencia del refresco: la tepachería.

Ya en su casa, al lado de sus padres y sus ocho hermanos, Cristina tomaba sólo agua simple. De vez en cuando preparaban agua de limón y en ocasiones especiales compraban tepache en una jarrita.

Con el pasar de los años la diversidad de bebidas gaseosas aumentó, haciendo de los colores uno de sus principales atractivos para los niños, como Las Chaparritas.

De entre los refrescos sobresale uno, no sólo por su antigüedad, sino por su connotación medicinal: el Sidral Mundet.
 
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Publicidad del refresco Sidral Mundet publicada en EL UNIVERSAL, 1922.

Cuando los niños se enfermaban del estómago o cuando les daba temperatura, las mamás les daban Sidral Mundet, el refresco de manzana. “Yo creo que para hidratarnos”, dice Cristina, quien comparte la emoción que tenía cuando le daba fiebre pues recibiría la bebida azucarada.

“En el radio decían que era el verdaderamente hecho con manzanas”, cuenta.

Muchas de estas bebidas, ayudadas por la publicidad y el marketing, hacen creer a la gente que son saludables, afirma Katia García, representante de la organización El Poder del consumidor.

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Los refrescos en sus publicidades hablaban de ser productos saludables. EL UNIVERSAL.

La también nutrióloga señala que el arraigo de esta bebida en la población mexicana va más allá del gusto o la elección; está relacionada con la publicidad de estos productos y la disponibilidad de los mismos, “en cada tiendita los puedes encontrar, incluso en las comunidades donde no tienen agua”.

“En México se consume una cantidad de refrescos tan baja que resulta, muy inferior al de otras ciudades de igual población, importancia econó­mica y clima”, dijo para EL UNIVERSAL Arturo Mundet, dueño de la refresquera Mundet, en 1933.

Casi 90 años después, según datos del Instituto Nacional de Salud Pública, el mexicano promedio bebe 163 litros de refresco al año, 45 litros más que el estadounidense promedio y 7.3 veces más que el promedio actual.

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Un vendedor de billetes de Lotería toma un descanso para beber un refresco, años 70. Archivo EL UNIVERSAL.

Especialistas afirman que el consumo de bebidas azucaradas como los refrescos aumentan el riesgo de padecer enfermedades como sobrepeso, obesidad y diabetes, comenta Katia García.

Además, comparte las acciones de concientización que han realizado al respecto desde El poder del consumidor y la red de asociaciones Alianza por la Salud Alimentaria, como llamar a instaurar impuestos añadidos a las bebidas azucaradas y regular el etiquetado de estos productos.

Han organizado también campañas publicitarias dirigidas al público en general, como aquella donde se advierte que un refresco de 600 ml tiene 12 cucharadas de azúcar.  “¿Le darías esta cantidad a tus hijos?”, preguntan a los consumidores.

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“Expertos advierten que en las comunidades indígenas de Chiapas el consumo de refresco ha sido inducido a través de una agresiva campaña de comercialización”, se escribió en este medio de comunicación el 6 de mayo del 2014. Archivo de EL UNIVERSAL.

 “El problema no es el azúcar”, señala, por el contrario,  la doctora Carmen Durán. Según estudios que ella, sus estudiantes y colaboradores han realizado, el uso del azúcar en los refrescos va a la baja, pues desde hace más de 30 años los fabricantes han reemplazado este componente por otras sustancias comúnmente conocidas como edulcorantes.

“Estas sustancias se señalan en los etiquetados como “azúcares”, confundiendo a los consumidores e incluso a los profesionales que las llaman bebidas azucaradas, deberían  decirles endulzadas, en todo caso”, afirma.

 “Cuando se ponen edulcorantes artificiales es necesario adicionar conservadores químicos cuyos efectos en la salud no han sido evaluados”, advierte. También  menciona que estos estudios  no le resultan convenientes a las grandes empresas fabricantes de estos aditivos químicos, las cuales sobreponen sus intereses económicos por sobre la salud pública.

La doctora Durán comparte para este diario que su hipótesis es que los causantes de la epidemia de exceso de masa corporal y del síndrome metabólico (hipertensión, diabetes mellitus y otros males) son justo esas sustancias que se le añaden a los refrescos y otros productos: colorantes artificiales, saborizantes artificiales, conservadores químicos, antioxidantes artificiales y agentes espesantes artificiales obtenidos todos químicamente.  

Su forma de aportar a la lucha por una salud digna es seguir estudiando estos componentes desde un punto de vista químico. Para hidratarse ella ya no toma refresco, sólo agua simple con un poco de jugo de limón, "receta" que quita la sed, refresca y rehidrata. Cuenta que la aprendió cuando era voluntaria de la Cruz Roja Juvenil allá en los años 50 del siglo XX.

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Diversas campañas de comunicación buscan desalentar el consumo de bebidas endulzadas, como los refrescos.Foto: Claroscuro.

Ante la amenaza que representa para la salud la actual pandemia de Covid-19, aunado a las complicaciones que las personas con comorbilidades como obesidad, diabetes e hipertensión pueden presentar, es necesario replantearnos nuestra alimentación; la cantidad de sales, azúcares,  grasas y sobre todo componentes químicos presentes en los alimentos empaquetados que consumimos todos los días.

Tal vez las plumas nostálgicas de este diario no estaban tan erradas y deberíamos volver a las bebidas naturales de frutas y semillas como las que vendía aquella horchatera en las calles de esta ciudad hace casi cien años.

Fuentes:
Entrevistas con:
- Cristina Morales, ama de casa
- Carmen Durán, investigadora y docente en la Facultad de Química, UNAM
- Katia García, nutrióloga y maestra en Salud Pública. 
Archivo hemerográfico y fotográfico de EL UNIVERSAL.

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