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Cuando los temblores se medían en padrenuestros y avemarías

Los temblores siempre han causado temor entre las poblaciones. En la capital y durante la Colonia, cuando la Iglesia regía muchas de las actividades, era común medir su duración con oraciones religiosas como el padrenuestro, las avemarías o el credo
Temblor 1957
16/02/2020
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Texto: Yessica Torres Almazán
Diseño web:
Miguel Ángel Garnica

Durante el siglo XVII los sismos no se consideraban fenómenos naturales, se percibían como “castigos de Dios” por todos los pecados del hombre cometidos en la tierra. Las campanas alertaban a la población y después del movimiento era frecuente decir que había durado un padrenuestro, un avemaría o lo que tardaba en rezarse el Credo.

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Litografía de la Ciudad de México, en el siglo XVI. Autor desconocido. Archivo/EL UNIVERSAL

Para entender el contexto es necesario ausentarse del presente e imaginar a la Ciudad de México en los tiempos de la Nueva España, en el siglo XVII. Los hábitos, las costumbres, los paisajes y la vida diaria eran muy distintos a como hoy los conocemos.

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Cromolitografía de la Ciudad de México, vista de 1628. Autor: Juan Gómez de Trasmonte. Es la única imagen de la ciudad que la muestra antes de la catastrófica inundación de 1629. Archivo/EL UNIVERSAL.

La rutina de la vida cotidiana se regía a partir de actividades civiles y religiosas. En el libro de Historia Documental de México 1, Ernesto de la Torre menciona que la cotidianidad giraba en torno a manifestaciones religiosas porque servían de estímulo, distracción y ocio a los novohispanos.

De acuerdo a de la Torre, se hacían novenarios, sermones, tomas de hábito, júbilos, reuniones musicales y poéticas en los conventos, procesiones con esculturas de bulto que utilizaban cabello, dientes y uñas reales para causar temor en las personas o solo realizaban el arte de  la conversación. Predominaban las corridas de toros y las peleas de gallos.

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Órgano del ala oriente de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, en 1981. Archivo/EL UNIVERSAL. A parte de las esculturas para vestir el ambiente que vivían los novohispanos, hoy nos puede resultar tenebroso. Basta con imaginar la monumentalidad de las iglesias iluminadas solamente con cirios y velas, respirando el olor a incienso y escuchando la música de los órganos.

Estas acciones se medían a través del sonido de las campanas que funcionaban a manera de reloj. Se tenían establecidas campanadas para el desayuno, merienda, colación y cena, también se tocaban cuando las personas tenían que ir a trabajar. Al igual que en nuestros días, era recurrente que la cotidianidad se trastornara por fenómenos naturales como inundaciones, sequías, sismos, epidemias de sarampión y viruela.

La construcción de la ciudad se hizo sobre un lago provocando fuertes inundaciones, la situación empeoraba con las lluvias, pero la tranquilidad y estabilidad emocional de las personas se afectaba con los sismos.

De repente, la tierra se movía sin razón alguna, inmediatamente se pensaba que había sido un castigo de Dios por todos los pecados que se cometían en la tierra.

En el libro de Los sismos en la historia de México, basado en crónicas del siglo XVII, sin autor en muchos casos, se especifica la fecha en la que sucedieron y tan solo en la ciudad en dicho periodo de tiempo, se registraron cerca de noventa sismos. Casi todos los días se presentaban de uno a dos.

Después de la Ciudad de México, los lugares con mayor índice de temblores eran lo que hoy conocemos como los estados de Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Puebla. Algunos sismos tenían mayor impacto porque iban acompañados de erupciones volcánicas.

En entrevista, el doctor en Historia por el Colegio de México, Gerardo González Reyes comenta que al ocurrir el fenómeno natural, la respuesta inmediata de la población consistía en ponerse en manos de Dios y la clase alta comenzaba a rezar padrenuestro o avemarías para medir la duración.

El resto de las personas que no pertenecían a esta clase medían la magnitud de acuerdo a las actividades que estaban realizando en el momento del movimiento de la tierra. Las mujeres dedicadas a la cocina platicaban que el sismo había durado lo que terminaba en cocerse un huevo.

En las crónicas, se hacía un registro de la duración del sismo. El 20 de agosto de 1611 la tierra hizo un movimiento brusco, lo describieron así: “Se sintió cerca de las tres de la mañana… treinta horas después tembló la tierra más de cuarenta veces”.

El 7 de octubre de 1616 “como a las dos horas del mediodía, tembló la tierra y duro más tiempo que en cuanto podían rezar cuatro Credos y luego ese mismo día volvió a temblar a las doce de la noche, duró como dos credos”.

El 30 de octubre de 1675, “tembló la tierra como seis credos”. En algunos testimonios son más específicos como uno de 1687: “se cayó una casa en la calle de Ortega y mató a dos personas, tóquese plegaría en todas las iglesias”. La labor de los arquitectos de la época era ardua porque el subsuelo era fangoso y, en ocasiones, se optaba por no realizar construcciones altas. 

La intensidad se media a partir de las casas o edificios que se derrumbaban. El doctor Gerardo también nos comenta que había algunos valientes que se subían al campanario a tocar las campanas para avisar al resto de la población del movimiento.

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Leopoldo Flores hace sonar la campana "María de Guadalupe", de 19 toneladas, en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. 20 de octubre de 1990. Archivo/EL UNIVERSAL

Funcionaba como su alerta sísmica y al mismo tiempo una manera de conjurar el miedo. El especialista menciona que en el siglo XVII había una amplia constelación de santos a los cuales se les podían rezar, aunque cada temporada había una sustitución de ellos. San José era a quien más se le pedía para que no ocurriera otro sismo.

En el texto Historias de milagros y temblores: fe y eficacia simbólica en Hispanoamérica, siglos XVI-XVIII, se hace alusión a una rifa en la que competían los santos para ser elegidos patronos, eran símbolo de la fe de acuerdo a sus hazañas. Felipe de Jesús y San Nicolás Tolentino también se les rezaba para mitigar los temblores.

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Personas rezando durante 1985. Foto: Archivo/EL UNIVERSAL.

En Grandes desastres de la Ciudad de México, el historiador Alejandro Rosas escribe que las personas al sentir el movimiento de la tierra confesaban y gritaban sus pecados en medio de la calle, los sacerdotes alzaban las manos al cielo, las fuentes deponían sus aguas causando terror, la única esperanza consistía en arrodillarse para implorar por el perdón de Dios.

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Ante los fenómenos naturales los ciudadanos se arrodillaban. Año de 1957. Foto: Archivo/ EL UNIVERSAL.

Años después, México avanzó en los temas de los sismos, modernizando instrumentos para detectar con mayor precisión el movimiento, aclarando que no se puede predecir, la evolución de acuerdo al Sistema Sismológico Nacional, fue hasta el 5 de septiembre de 1910, cuando se decretó oficialmente la fundación del Servicio Sismológico Nacional, se instalaron estaciones en Tacubaya D.F, Oaxaca, Mérida, Chihuahua, Veracruz, Guadalajara, Monterrey y Zacatecas.

Los sismos han acompañado durante mucho tiempo la historia de la Ciudad de México y del mundo. Siglos después los instrumentos de medición y precisión cambiaron de Credos a las escalas de Richter y de Mercalli, pero siguen causando sorpresa y angustia entre la población.

Mucho ha cambiado de las costumbres de la sociedad novohispana del siglo XVII y de las actuales en la capital, pero siguen teniendo en común que mucha gente reza durante y después del sismo. Cada individuo se encomienda al santo de su devoción o al ser supremo de su creencia. Hoy el tocar una campana en la capital ya no significa peligro, ahora el aviso masivo se genera a través de la alerta sísmica.

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Los temblores de septiembre de 1985 provocaron que este cristo de la Catedral Metropolitana se cayera de su nicho, se le destrozaran sus brazos, piernas y parte de la cabeza, lo que dio surgimiento al Cristo del Terremoto, que ya es visitado por miles de católicos. Foto: Archivo/EL UNIVERSAL.

Nuestra foto principal y la imagen comparativa antigua es la misma. Se trata de una estampa sobre el cruce de Reforma y Juárez durante el temblor de 1957. Dos mujeres y un hombre se arrodillan ante el fenómeno natural. Archivo EL UNIVERSAL. La fotografía actual fue tomada tratando de igualar el ángulo de la antigua, luego de que el caballito y la fuente que vemos hoy no estaban en el mismo lugar y las banquetas han sido ampliadas, el crédito es de Nayeli Reyes de EL UNIVERSAL.

Fuentes:

  • Capítulo de libro: De la Torre Ernesto, “Época Colonial. Siglos XVI y XVII” en Historia documental de México I, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1964.
  • García Virginia y Suárez Gerardo, Los sismos en la Historia de México tomo I, México, Fondo de Cultura Económica, 1996.
  • Entrevista con Gerardo González Reyes, Doctor en Historia por el Colegio de México.
  • Altez, Rogelio, “Historias de milagros y temblores: fe y eficacia simbólica en Hispanoamérica, siglos XVI-XVIII”, Revista de Historia Moderna. Anales de la Universidad de Alicante, n. º 35 (2017).
  • De Mauleón Héctor, Grandes desastres de la Ciudad de México
  • Sitio web del Servicio Sismológico Nacional