San Ildefonso, la gran antesala

Miguel Herrera López

La Ciudad Universitaria se convertía en el gran recinto de las facultades y escuelas que habían ocupado hermosos edificios de la arquitectura virreinal en el centro de la Ciudad de México y que formaban parte, en sus históricos inicios, de la Real y Pontificia Universidad de México, clausurada en segundo tercio del siglo XIX por razones políticas, lo cual afectó la formación de profesionales. Subsistieron algunos antiguos colegios de estudios medios y preparatorios, como el de San Ildefonso, fundado por jesuitas a finales del siglo XVI y principios del XVII. En varias capitales de los estados se fundaban los institutos de ciencias y artes, que se encargaron de nutrir al país con generaciones que contribuyeron a la formación de la República.

En 1867, el inmueble y el corpus académico del Antiguo Colegio de San Ildefonso fue convertido en la Escuela Nacional Preparatoria, formadora de bachilleres en la capital del país que, con la influencia del positivismo, devenían en la élite intelectual de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Fue el semillero para las Escuelas Nacionales de Jurisprudencia, de Medicina, de Ingeniería, que dieron luz al Ateneo de la Juventud y a otros grupos de enorme talento. En 1910, al fundarse la Universidad Nacional, se integró a ella la Escuela Preparatoria.

La Escuela Nacional Preparatoria fue creciendo en alumnado y el edificio de San Ildefonso no era suficiente; se fueron creando planteles alternos, con numeración conforme a la secuencia de sus fundaciones. De ese modo, San Ildefonso se convirtió en la “Prepa 1” por la mañana y, en el turno vespertino la “Prepa 3”, una denominada “Gabino Barreda” y la otra “Justo Sierra”.

Si bien mi aspiración, desde la infancia, fue estudiar en la Ciudad Universitaria, que maravillaba por sus colosales dimensiones y llena también de arte, había que pasar por el tamiz de la preparatoria para alcanzar la meta. Tuve el privilegio de cursar los estudios de bachillerato en San Ildefonso, por la tarde, la Prepa 3. Durante tres años, mi generación fue cautivada por la portentosa arquitectura del gran edificio, con sus tres patios, sus tres pisos, sus corredores y bóvedas, consagradas a la pintura mural, donde José Clemente Orozco, Jean Charlot, Fernando Leal, Ramón Alva y Fermín Revueltas plasmaron la concepción del México nuevo durante la rectoría de José Vasconcelos, reivindicando valores históricos y raíces culturales de nuestra nación. Ahí también atendíamos, en el “Anfiteatro Bolívar”, conciertos, actos cívicos, conmemoraciones y hasta encendidos mítines en momentos álgidos de 1968; ahí está “La creación”, de Diego Rivera, con esa luz que infundía el espíritu universitario.

San Ildefonso, Prepa 1 o Prepa 3 era fuente permanente de saber. Planta académica de excelencia; los estudiantes teníamos la oportunidad de seleccionar, gracias a la correcta formación y orientación, las especialidades que nos brindarían las facultades y escuelas de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la cual éramos parte: futuros profesionales en gestación intelectual.

Antiguo colegio, herencia de aquel Virreinato que dio a Sor Juana y a Sigüenza educación puesta al día, cielos abiertos, liberalidad y libertad en las aulas; plenitud de aspiraciones y almácigo de esperanzas, semilla que aportaría a México la luz de un entendimiento que se alimentaba en la academia y su expansión en nuestras mentes. Eso significó para mi San Ildefonso.

Pero dentro y fuera de los muros de San Ildefonso había efervescencia, inquietud, ansias de entrar al mundo. Estudié ahí entre 1966-1968, cuando el bachillerato era ya de tres años por efecto de una reforma en los planes de estudio. Me tocó vivir y participar en el Movimiento Estudiantil de aquel año de Juegos Olímpicos. La Universidad tenía el papel central y tal vez iniciático de aquel acontecimiento.

La noche del 29 al 30 de julio de 1968, tropas de paracaidistas del Ejército mexicano sitiaban San Ildefonso por la puerta de Justo Sierra 16. Se habían refugiado estudiantes perseguidos por el Cuerpo de Granaderos. Era la secuela de un choque de días anteriores entre estudiantes de la preparatoria particular “Isaac Ochoterena” y de las Vocacionaesl 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional. Era también secuencia de un acto de conmemoración por el asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, en Cuba, encabezado por Fidel Castro.

Siempre se ha dicho que fue tomada por la tropa la Preparatoria 1. Pero yo suelo alegar que, por haber sido el asalto en la noche, correspondía la agresión a la Preparatoria 3, además de que el domicilio oficial de esta Prepa era la calle Justo Sierra 16. El domicilio oficial de la Prepa 1 era la Calle de San Ildefonso 33. Pero la síntesis del acontecimiento es que fue el viejo colegio de los jesuitas, víctima de una infamia: el portón de madera, de fina ebanistería, fue derribado con un proyectil de bazuca y en el marco de cantera y dintel se aprecian aún los efectos de la metralla.

A partir de ese hecho, la Universidad fue vanguardia de una lucha reconocida hoy por su aportación a la conformación democrática y a la apertura política en México. El rector Javier Barros Sierra encabezó, dos días después, una marcha en desagravio, que partió de la Ciudad Universitaria y que fue acompañado por maestros y alumnos de todas las facultades.

La tropa rodeaba las calles aledañas a San Ildefonso: Donceles, Argentina, Guatemala, El Carmen; se impedía el paso y ocurrió la inevitable suspensión de actividades escolares. Después, en la Prepa sólo íbamos a preparar pancartas, volantes y monigotes de cartón para las grandes manifestaciones del 13 y 27 de agosto y del 23 de septiembre, la “del silencio”. El 18 de septiembre fue tomada la Ciudad Universitaria y la comunidad se sintió adolorida y ofendida. No se olvidará.

Todo acabó el 2 de octubre en Tlatelolco. Pero no hubo regreso hasta enero de 1969. Algunos maestros hicieron recapitulaciones y hubo algunos exámenes finales. Hasta abril de 1969 pudimos ingresar a las facultades y escuela. Yo ingresé a la Escuela Nacional de Economía (hoy es ya Facultad). Mi generación fue 1969-1973, aunque la llamada graduación ocurrió hasta abril de 1974. No sobra decir que desde 1967, la Secretaría de Educación Pública había iniciado la modificación al calendario escolar, para pasar del “A” (febrero-noviembre) al “B” (septiembre-julio), pero también en las instituciones superiores se pasaba a la forma semestral, que originó muchos desajustes no sólo en el calendario, sino en la duración de los semestres que decíamos que eran de sólo tres meses.

La Escuela Nacional de Economía vivió algunos movimientos que provocaban la interrupción de clases y luego la renuncia y salida de muchos profesores distinguidos. El Movimiento de 1968 había dejado honda huella y quedaban algunos líderes, otros regresaron en 1971 después de prisión y exilio en Chile, había intentos de ideologizar al estudiantado y se hicieron modificaciones al programa de estudios, con énfasis en Economía Política, Doctrinas Económicas y más Marxismo. Algunos viejos y reconocidos maestros fueron sustituidos por jóvenes pasantes o recién egresados.

Pero si a la Preparatoria le debemos las bases y fundamentos de la cultura en ciencias y humanidades, en mi caso, a la Escuela Nacional de Economía le debo mi preparación profesional, que permitió abrirme paso en buenas posiciones de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, en dos bancos de Desarrollo, en la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, en el gobierno de Oaxaca, entre otros empleos que me permitieron solventar manutención, la educación de mis hijas y consolidar el patrimonio familiar. Valiosas, sin duda, mis grandes amistades, impulsores de mi desempeño para quienes guardo afecto y agradecimiento.

Hace 53 años salí de la Escuela Nacional Preparatoria. Aparte de mi profesión, estudié la Maestría en Historia de México y he tenido la oportunidad de escribir más de mil 500 artículos periodísticos, impartir conferencias, editar trabajos bibliográficos. Fui galardonado con el “Chimalli de Oro” por el diario “El Imparcial” de la ciudad de Oaxaca.

En 1982 (marzo 4, 5 y 6) publiqué una breve biografía de José Vasconcelos en el diario Excelsior: “Anotaciones sobre Vasconcelos”, con motivo del centenario de su nacimiento. Ese mismo trabajo fue también editado por la Coordinación de Humanidades de la UNAM, en el número 50 de la serie PENSAMIENTO UNIVERSITARIO. Me satisface mucha conocer el pensamiento y obra de José Vasconcelos, Maestro de la Juventud, que dio a nuestra Universidad el escudo y el lema, que deseamos permanezca para siempre.

Se ha dicho desde hace siglos, en España e Hispanoamérica: “Lo que natura non da, Salamanca non presta”. Quiero decir, que hay una excepción: aquellos que no éramos muy favorecidos por natura, recibimos no sólo prestada, sino regalada de por vida la enseñanza de la Escuela Nacional Preparatoria, en su Antiguo Colegio de San Ildefonso, amado y recordado por sus estudiantes.

(Gracias Fundación UNAM, promotora eficaz y generosa. Somos parte de la cromática azul y oro, del blasón universitario).

 

POR MI RAZA HABLARÁ EL ESPÍRITU
 
Economista y periodista
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