Hay escenas que sólo regala un Mundial. Una señora que normalmente cruza la calle con prisa decide quedarse porque hay una pantalla gigante. Un grupo de adolescentes comparte banca con un matrimonio que podría ser sus papás. Alguien lleva una bandera, otro un tambor, alguien más aparece con una bocina improvisada. De pronto cae un gol y personas que jamás se habían visto terminan abrazándose como si se conocieran desde hace años.
Lo extraordinario no solo es el futbol. Lo extraordinario es que todavía existan momentos capaces de convertir un espacio público en una comunidad. Vivimos buena parte del tiempo convencidos de que la convivencia ocurre de manera espontánea, pero no es verdad, también necesita infraestructura; necesita parques, plazas, canchas, banquetas donde se pueda transitar, lugares donde quedarse un rato sin que alguien espere que consumamos algo.
Por eso el Mundial produce una sensación tan difícil de explicar. Durante unas semanas recordamos cómo se siente compartir una ciudad y nos recuerda lo bello que es la comunidad. Sin darnos cuenta hemos ido aceptando que casi toda convivencia tenga un costo de entrada. Nos vemos en un restaurante, en un café, en un centro comercial, en un concierto. Nos acostumbramos a que reunirse implique comprar algo. Incluso el ocio parece haber quedado sujeto a una transacción.
Los espacios donde simplemente podemos estar se han vuelto cada vez más escasos. Por eso emociona tanto ver una plaza llena para ver un partido. Lo único que se comparte es el espacio y por 90 minutos (y lo que se agregue), la emoción.
No deja de ser paradójico que necesitemos el torneo deportivo más importante del planeta para recordar que las ciudades también sirven para encontrarnos. Hablamos con frecuencia del deporte como si fuera un lujo presupuestal o una actividad recreativa que debe esperar a que resolvamos problemas más urgentes, pero esa mirada ignora todo lo que ocurre alrededor de una cancha. El deporte forma hábitos, crea amistades, enseña a perder, obliga a cooperar, ofrece referentes distintos y, sobre todo, construye comunidad.
No se trata únicamente de formar atletas de alto rendimiento, se trata de formar ciudadanos que aprendan desde pequeños que existen reglas compartidas, que el adversario no es un enemigo y que pertenecer a un equipo significa hacerse responsable de otros. Las sociedades también necesitan lugares donde las personas puedan verse unas a otras fuera de la lógica del trabajo, del tráfico o del consumo. Necesitan espacios donde sea posible coincidir con quien piensa distinto, o con quien jamás habríamos conocido de otra manera.
Esta podría ser una de las lecciones más valiosas que deja este Mundial. No importa únicamente lo que ocurra dentro de la cancha. Importa todo lo que ocurre alrededor de ella. Las familias que salen juntas, los amigos que vuelven a reunirse, las plazas que recuperan la vida, los niños que, después del partido, improvisan una portería con dos mochilas porque ahora quieren ser como Gilberto Mora.
Es difícil imaginar una mejor política pública que una ciudad llena de niños queriendo salir a jugar. Dentro de unas semanas las pantallas gigantes desaparecerán, las banderas volverán al clóset y la conversación girará hacia otra cosa. Ojalá no olvidemos tan rápido esas plazas llenas de personas celebrando juntas porque quizá el mayor triunfo del Mundial no sea el que aparezca en el marcador, sino habernos recordado que una buena ciudad no es la que ofrece más lugares para consumir, sino más oportunidades para encontrarnos.
Si algo merece una apuesta decidida cuando el torneo termine, no es únicamente nuestra selección. Es el deporte, el espacio público y esa vieja idea de que una comunidad también se construye jugando.
Para cuando esta columna sea publicada, México estará a unas cuantas horas de enfrentarse a Inglaterra y sea cual sea el desenlace, esta abogada no ha dejado de pensar toda la semana, ¿y si sí? Que bonito es sentir esa ilusión y esperanza. Así que, gracias mi selección por regresarme las ganas de jugar y de creer.
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