En una conversación en su podcast, Denise Maerker habló con el filósofo político Daniel Innerarity planteó una pregunta provocadora: ¿cuál ha sido la producción más inteligente de la humanidad? Su respuesta fue la democracia. Y la razón que dio es más profunda de lo que parece: democracia y ciencia no son logros separados. Son hijas del mismo espíritu, el que hace tres o cuatro siglos configuró la modernidad: la libertad de crítica, el flujo abierto de información, la convicción de que es la realidad y no el poder la que arbitra entre las ideas.
La Ilustración, en su sentido más profundo, no fue un catálogo de ideas nuevas. Fue la instauración de un método: cualquier hipótesis es posible, cualquier pregunta es legítima, y ninguna autoridad tiene el monopolio de la verdad. La ciencia funciona porque sus resultados se publican, se someten a escrutinio, se replican o se refutan. La democracia funciona exactamente igual. Sin información pública sobre lo que hacen quienes nos gobiernan, la ciudadanía no puede formarse una opinión fundada, y no puede confrontar a sus representantes ni decidir con criterio.
Esto no es teoría abstracta. La Suprema Corte confirmó esto en 2021 al resolver un caso en que el Congreso de Yucatán había votado en secreto una reforma constitucional. Un grupo de ciudadanos no impugnó el método y exigió, simplemente, el derecho a saber. La Corte les dio la razón, y al hacerlo recordó algo que con demasiada frecuencia olvidamos: la democracia no se agota en el acto de votar cada cierto número de años sino que vive en el espacio y lo que hacemos entre una elección y la siguiente.
Defender la democracia es, entonces, un derecho a defender ese método. No es una actitud heroica ni una postura ideológica sino insistir en que las instituciones funcionen como prometieron funcionar y sostener que el poder debe exponerse al escrutinio de la misma manera en que una hipótesis científica se expone a la evidencia. En otras palabras, es defender que ninguna decisión pública está por encima de la pregunta.
Las democracias rara vez mueren de golpe. Mueren por la acumulación silenciosa de pequeñas sustracciones: una votación que se esconde, una decisión que se toma entre cuatro paredes, un dato que no se publica. Cada sustracción parece menor pero juntas, erosionan el método.
El momento no podría ser más oportuno para esta reflexión. Vivimos una época de fatiga democrática: una sensación extendida, en México y en buena parte del mundo, de que la democracia no resuelve. Esa fatiga es comprensible, las democracias están llenas de procesos lentos que implican negociación y una buena dosis de frustración. Pero esta fatiga también peligrosa, porque abre la puerta a una tentación antigua: la de cambiar el método por resultados, o la deliberación por la eficacia. Esa tentación siempre viene envuelta en promesas de orden y de eficacia y siempre termina en lo mismo: en poder que no rinde cuentas, o en ciudadanos que votan pero no deciden.
Por eso vale la pena detenerse en la pregunta de Innerarity. Inventar un sistema en el que el poder se elige, se limita, se cuestiona y se reemplaza sin derramamiento de sangre no fue poca cosa. Fue, quizás, el ejercicio de inteligencia colectiva más ambicioso que hayamos intentado. La labor que nos toca a nosotros es más modesta pero igual de importante: defenderla.
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