Máximo Torero, Economista Jefe, FAO
Durante años, muchos pensaron que los conflictos en Oriente Medio eran asuntos lejanos para América Latina. Sin embargo, el cierre del estrecho de Ormuz durante más de dos meses demuestra hasta qué punto la economía mundial está conectada. Lo que ocurre hoy en el Golfo Pérsico puede terminar impactando directamente el precio de los alimentos en México.
El estrecho de Ormuz es una arteria esencial del comercio mundial. Por allí pasa aproximadamente una cuarta parte del petróleo transportado por mar y hasta el 30% de los fertilizantes comercializados globalmente. Desde el inicio del conflicto en febrero de 2026, el tráfico marítimo cayó más del 90% y los mercados energéticos reaccionaron con fuerza.
El petróleo más caro significa mayores costes de transporte, electricidad y procesamiento de alimentos. Pero el impacto más delicado podría venir de los fertilizantes. Los precios de la urea ya han aumentado de manera significativa y muchos agricultores en el mundo están empezando a enfrentar costes que ponen en riesgo sus márgenes de producción.
México no es ajeno a esta realidad. Aunque el país tiene una exposición limitada a los riesgos asociados al Estrecho de Ormuz, ya que cuenta con producción nacional de petróleo y gas natural y no depende significativamente de importaciones de fertilizantes provenientes de esa región. Además, su comercio energético está fuertemente integrado con América del Norte. Sin embargo, los precios de la energía y de los fertilizantes se determinan en mercados internacionales, por lo que un aumento global derivado de tensiones en Ormuz sí podría afectar los costos internos, la inflación y la producción agrícola del país. Cuando suben los precios internacionales de los fertilizantes y la energía, sube el costo de producir maíz, trigo, frutas, verduras y proteínas animales.
Y aquí aparece un riesgo que va mucho más allá de las cifras macroeconómicas. En México, el precio de los alimentos tiene un enorme impacto social y político y por ejemplo la producción de tortillas, alimento básico para millones de familias, es especialmente sensible a los aumentos de costes agrícolas y energéticos.
La situación se vuelve aún más preocupante porque el mundo podría enfrentar otro fenómeno simultáneo: un super El Niño hacia finales de 2026. Las previsiones internacionales indican una probabilidad creciente de un evento particularmente fuerte.
Los antecedentes son claros. El Niño de 2015-16 afectó a más de 60 millones de personas y provocó importantes pérdidas agrícolas en varias regiones del mundo. En América Latina, los efectos climáticos extremos suelen traducirse en sequías, alteraciones de lluvias, pérdidas de cultivos y aumento de precios. Ahora el riesgo de sequía ha aumentado en los principales países productores, como India, Australia y el sudeste asiático, y se indican como probables las inundaciones en algunas zonas de América Latina y Estados Unidos.
La combinación de conflicto geopolítico, fertilizantes caros y choque climático podría generar una presión extraordinaria sobre los sistemas agroalimentarios mundiales. Importantes productores agrícolas como Brasil ya enfrentan riesgos debido al aumento del coste de los fertilizantes. Y cuando Brasil, uno de los gigantes agrícolas del mundo, produce menos o más caro, toda América Latina siente el impacto.
A diferencia de crisis y conflictos anteriores, ahora el mundo enfrenta varias vulnerabilidades simultáneamente: tensiones geopolíticas, inflación persistente, cambio climático y cadenas logísticas cada vez más frágiles, y los efectos recaen sobre todos, incluidos los países más lejanos.
La buena noticia es que todavía existe margen de acción. Los gobiernos conocen muchas de las herramientas necesarias: mantener abiertos los mercados, evitar restricciones comerciales, proteger el acceso de los agricultores a fertilizantes y financiamiento, fortalecer programas sociales y actuar antes de que la próxima temporada agrícola se vea afectada.
México sabe que avanzar contra la inseguridad alimentaria es posible cuando existen políticas públicas, estabilidad y capacidad de respuesta. De hecho, en los últimos años el país logró una de las mayores reducciones de la prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave en la región, con una caída de 4,8 puntos porcentuales. Precisamente por eso, el actual contexto internacional genera preocupación: una nueva ola de inflación alimentaria global podría poner bajo presión parte de esos avances.
México tiene además una oportunidad estratégica. La actual crisis demuestra la necesidad de invertir más en resiliencia agrícola, energías renovables y producción sostenible de fertilizantes. También recuerda la importancia de fortalecer la producción nacional de alimentos básicos.
Las crisis alimentarias no comienzan cuando faltan productos en los supermercados. Empiezan mucho antes, cuando se encarece la energía, se interrumpen las cadenas de suministro y los agricultores dejan de poder producir al mismo coste. Hoy, el mundo está entrando precisamente en esa fase y debemos tomar carta en el asunto.

