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Tiempos violentos: el debate sobre la construcción de paz

09/11/2019
02:40
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A raíz de los lamentables sucesos de las últimas semanas, en algunos sectores dentro y fuera de nuestro país se ha estado produciendo un debate acerca del enfoque bajo el que el crimen organizado debe ser combatido, o acerca de si una estrategia de “pacificación” o “construcción de paz” tiene sentido. Un editorial del WSJ, por ejemplo, critica la existencia de un “proceso de paz” y la adopción de “modelos de justicia transicional” como “palabrería izquierdista que significa rendición”. El problema es que a la ya enorme confusión que prevalece tras la violencia, hay que añadir ahora la confusión conceptual, confusión que muchas veces emana de nuestro propio gobierno, o bien, que se puede apreciar entre algunos de sus críticos. Tener claras las ideas permite, al menos, ordenar el debate.

Primero, no es lo mismo pacificar que construir paz. Tampoco se trata de una competencia entre ambas concepciones porque la paz no se limita a la ausencia de violencia, pero sí la incluye. A la vez, es imposible sostener un “estado de paz” si éste no descansa en sólidos pilares que lo sustenten. Por tanto, además de los conceptos, están los tiempos y los plazos. Pacificar o hacer la paz (peacemaking) consiste en separar a las partes de una guerra o un conflicto armado, detener la violencia o la agresión directa entre dos o más actores. El hacerlo, atiende el aspecto negativo de la paz (ausencia de violencia) y es una condición necesaria, aunque insuficiente para su consecución integral. Mantener la paz (peacekeeping) consiste en asegurarse de que ese estado de paz negativa se conserve a través del tiempo. Construir paz (peacebuilding) se refiere, a edificar o solidificar las “actitudes, instituciones y estructuras que crean y sostienen a las sociedades pacíficas”, en palabras del Instituto para la Economía y la Paz (IEP).

Segundo, el propio IEP identifica ocho pilares o columnas basadas en 24 indicadores en los que las sociedades más pacíficas del globo, de manera clara y constante, muestran mejor desempeño que las sociedades que carecen de paz. Estos son los ocho pilares o columnas de la paz: (1) gobiernos que funcionan adecuadamente, (2) distribución equitativa de los recursos, (3) el flujo libre de la información, (4) un ambiente sano y propicio para negocios y empresas, (5) un alto nivel de capital humano (generado a través de salud, educación, capacitación, investigación y desarrollo), (6) la aceptación de los derechos de otras personas, (7) bajos niveles de corrupción, y (8) buenas relaciones entre vecinos (cohesión social). Esos pilares conforman un sistema complejo, lo que implica que se puede avanzar en un par de columnas específicas, pero si no logramos avanzar en el resto, podemos seguir estando lejos de la paz. A la inversa, la debilidad en una sola o dos de las columnas señaladas, puede ocasionar el colapso de todo el sistema de paz al que nos referimos.

Tercero, sí existen fuertes correlaciones positivas—demostradas ya a lo largo de años por parte del IEP, además de otras instituciones y estudios—entre el buen desempeño en varias de esas columnas y el nivel de paz negativa que existe en los 163 países que son medidos anualmente. En palabras simples: en indicadores como la distribución equitativa de los recursos y otros cruciales como bajos niveles de corrupción, a mayor fortaleza en el Índice de Paz Positiva, menor violencia hay en esas sociedades. O, puesto de otra forma, se puede “pacificar” un territorio a través de separar a las partes en pugna, o a través de imponer la ley o la fuerza del Estado, pero si no se trabaja en construir los pilares señalados, uno por uno, y de manera firme, esas circunstancias de “paz” terminan tarde o temprano por desmoronarse. Eche un vistazo a casos como Siria o Libia para que entienda a lo que me refiero. Puede haber décadas enteras de paz negativa sin construir paz positiva, hasta que todo explota, mueren cientos de miles, se producen millones de refugiados, crisis humanitarias y todo el sistema social colapsa.

Cuarto, esto no significa que el peacemaking y el peacekeeping carezcan de importancia. No se puede edificar instituciones o estructuras de paz positiva sin contener y disminuir los picos de violencia existentes en países como el nuestro, uno de los 25 países menos pacíficos del globo según el Índice Global de Paz publicado por el mismo instituto. Pero tampoco significa que, si las medidas empleadas para reducir la violencia no han funcionado o estén siendo ineficaces, entonces las estrategias para construir paz positiva sean irrelevantes. El punto es entender que se trata de un sistema complejo que debe ser atendido de manera integral, tanto en el corto, como en el mediano y largo plazos. Una aproximación sistémica entonces, requeriría de estrategias eficaces de corto plazo para la contención primero y luego la reducción de la violencia, estrategias para sostener esas reducciones de violencia cuando se alcancen, y estrategias también de corto, mediano y largo plazo para construir una mayor solidez en cada uno de los pilares arriba señalados. Los esquemas de mediación, solución de conflictos, reconciliación y justicia transicional han probado ser funcionales en algunos casos internacionales y no pueden ser descartados como “palabrería”, asumiendo que (a) formen parte de un diseño integral que contemple los puntos que indico, (b) sean adecuadamente adaptados a las circunstancias de México, las cuales difieren enormemente de los conflictos internacionales de donde se buscan replicar (incluido el caso colombiano), y (c) sean evaluados y empleados no como receta generalizada, sino para cada caso y circunstancia que lo amerite.

Quinto, además de la ausencia de violencia directa y violencia estructural, la paz negativa también incluye la ausencia de miedo a la violencia, un tema que hemos estudiado a fondo desde el 2011, particularmente a raíz del contagio de estrés colectivo que hemos experimentado en nuestra sociedad. Nuestros estudios, por ejemplo, detectaron síntomas sugerentes de estrés postraumático hasta 20 veces mayores que en mediciones previas al 2006, incluso en sitios con bajos niveles de violencia. Este no es un tema menor, puesto que la propagación del sentimiento de miedo, vulnerabilidad y desesperanza como se respiraba en las calles tras las masacres de esta semana, de acuerdo con investigación que documento en mi último libro, inciden de manera negativa en aspectos como la inclusión, la tolerancia, el respeto a los derechos humanos, la confianza en las instituciones y erosionan el apoyo a cualquier proceso de paz. Por tanto, también la atención al factor miedo (a nivel local, regional y nacional, en los sectores público, privado y social) se convierte en uno de los componentes que requieren ser abordados dentro de ese complejo sistema del que hablo.

Sexto, la violencia de esta semana apunta uno de nuestros peores momentos en cuanto a lo que podríamos entender como procesos de radicalización, “desconexión” o “desinvolucramiento moral” por parte de los perpetradores del crimen a la familia LeBarón. Independientemente de lo que resulte de las investigaciones como móviles de dicho crimen, este otro factor nos indica ya desde hace tiempo, que la toma de decisiones por parte de grupos criminales no obedece siempre a criterios puramente racionales o estratégicos, sino que es el resultado de condiciones a veces individuales, a veces organizacionales y a veces del propio contexto nacional, que facilitan procesos psicológicos de alienación y deshumanización. Los analistas buscamos causas, motivos y explicaciones racionales, y pasa que, en ocasiones, simplemente no las hay. Esto importa porque, ausente la racionalidad, se requiere hacer replanteamientos para atender de forma diferenciada los casos correspondientes.

Séptimo, hay una dimensión internacional y una dimensión transnacional que en otros momentos hemos abordado y que, a falta de espacio, dejo para una próxima entrega. Solo consignar que las circunstancias que estamos viviendo en México no pueden ser comprendidas solo desde lo local. El fenómeno del crimen organizado representa una de las grandes enfermedades del sistema mayor, el cual atraviesa fronteras y continentes. Esta dimensión, por supuesto, se atiende no con intervenciones militares internacionales, sino a través del tratamiento colaborativo por parte de los múltiples países involucrados o afectados por temas como el tráfico de drogas (oferta y demanda), tráfico de armas (oferta y demanda), redes de tráfico de otros productos como el combustible, el tráfico de personas, o las redes transnacionales de lavado de dinero entre muchos más.

Hay más temas, pero, en suma, estamos viviendo situaciones de crisis que son el producto de factores sistémicos que tienen décadas de no funcionar adecuadamente, y que, a la vez, contribuyen a la erosión de esos mismos factores descompuestos del sistema, produciendo círculos interminables de deterioro. El mayor reto es que ante circunstancias así, no funciona atender solo alguna o algunas de las partes de ese complejo entramado. Sin embargo, un primer paso es entender cada uno de esos distintos componentes, diseñar estrategias integrales a aplicarse, definir los tiempos, y explicar cuáles son las medidas de corto, de mediano y de largo plazo que se llevarán a cabo en cada uno de esos rubros, diferenciando regiones, localidades y casos. Estamos ante desafíos muy complicados, pero, lamentablemente, ello no nos exime de afrontarlos.

Analista internacional.
Twitter: @maurimm

Mauricio Meschoulam
Internacionalista, maestro en estudios humanísticos con especialización en historia, doctor en políticas públicas con especialización en terrorismo, mediación y paz. Profesor de la Universidad...