Millones de personas confiaron en AMLO, porque antes había mucha corrupción. Los gobiernos no rendían cuentas claras y otorgaban contratos discrecionalmente. Había un evidente contubernio entre empresarios y políticos sin escrúpulos. Por décadas, hubo protestas de organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación independientes y comunidades académicas, en contra de esas prácticas corruptas. El PRI se negó a escucharlas y perdió las elecciones del 2000, el PAN tampoco las atendió y el PRI regresó al poder, pero se corrompió otra vez con Peña Nieto.

Había inseguridad. Durante años, los gobiernos mexicanos hicieron pactos inconfesables con la delincuencia para “administrar” el crimen y “controlar” el tráfico de drogas. Además, abundan los testimonios sobre el papel que jugaba la Dirección Federal de Seguridad –con el apoyo de las fuerzas armadas– para reprimir movimientos sociales, eliminar líderes o críticos incómodos y “gestionar” la resistencia usando lo que se conoció como las tres E: exilio, encierro o entierro. Todos los gobiernos prometieron eliminar esas prácticas y todos se comprometieron a honrar el Estado de derecho, pero ninguno lo cumplió a cabalidad. Ni siquiera después de la alternancia, como lo probó la conducta delictiva de Genaro García Luna.

Había mucha pobreza. Si algo ha lastimado a México desde la Colonia ha sido la desigualdad: todos los gobiernos que se han sucedido en el país prometieron mitigarla, sin que ninguno haya logrado moderar los extremos entre indigencia y opulencia. No lo consiguió el llamado “milagro mexicano” de posguerra, ni la época de “la administración de la abundancia”, ni el programa de Solidaridad, ni los presupuestos focalizados en poblaciones vulnerables. Con vaivenes, la pobreza siguió siendo el saldo más lacerante de la historia mexicana.

Faltaban medicamentos. A pesar de la creación del IMSS y el ISSSTE; a pesar de la expansión del sistema de atención primaria de la salud y de la coordinación con los gobiernos estatales; incluso después la creación del Seguro Popular, la falta de medicamentos siguió siendo una falla permanente del sistema de salud pública de México, en porcentajes preocupantes.

Había graves deficiencias en la educación pública. Aunque los gobiernos asumieron la misión de garantizar el acceso a escuelas de calidad, las pruebas internacionales demostraron que la multiplicación de los espacios educativos no equivalió a la mejora del aprendizaje ni a la dramática disminución de las deserciones entre niveles educativos. Lo que se ganó fue más cuantitativo que cualitativo y, aunque las universidades públicas incrementaron capacidades y matrícula, los resultados comparados con el resto del mundo siguieron siendo deficientes.

La lista es mucho más larga: mucho más. Por eso ganó AMLO en el 2018: para que ya no hubiera corrupción, para eliminar la pobreza, para vivir con seguridad y para tener salud, educación y bienestar garantizados. La gente no votó para que el gobierno hiciera más críticas de ese pasado, sino para dejarlo atrás. No votó para escuchar nuevas explicaciones sobre las razones por las que el gobierno no ha podido cumplir con sus promesas. La gente no votó para seguir diciendo que “estábamos mejor cuando estábamos peor”.

Nadie sensato quiere volver al pasado. El gobierno debe dejar de repetir ese discurso, porque es el único responsable de que ese “antes” siga presente y de que los problemas del país sigan creciendo. La verdad pura y dura es que AMLO no pudo convertir sus críticas en soluciones. Dejó al país anclado y enconado y seguimos igual, porque el primer “antes” que debería abandonarse es el del gobierno de AMLO. Si la presidenta sigue siendo su vicaria y sigue abdicando de la jefatura del Estado, acabará hundida.

Investigador del CIESAS. @AzizNassif

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