Internet, las redes sociales y la IA implican riesgos y oportunidades, ventajas y temores, utopías y distopías. Bien a bien no entendemos el alcance ni el destino de este trío de ilusión y confusión, de exaltación y depresión, de promesas y abismos.

No hemos terminado de descifrar sus ventajas ni sus efectos, sus seducciones ni decepciones, su cercanía ni su intromisión, sus bondades ni sus intenciones. Son como una inmensa interrogante que nos encanta o nos acecha desde el celular.

Llegaron para abatir la verticalidad de la comunicación masiva y la hicieron horizontal. Ya todos decimos o podemos decir. Hablar, grabar, producir, proponer, preguntar. Nos comunicamos sin cesar, de ida o de vuelta. ¿Ventaja privilegiada o peligro inminente?

Queremos ser libres. Libres de enviar y recibir, de crear y consumir, de ver y de elegir. En el siglo XXI, con posibilidades casi infinitas de comunicación, no vamos a renunciar. Queremos ejercer la libertad de expresión y beneficiarnos del derecho a la información.

¿Pero… y las niñas y los niños? ¿Los adolescentes? ¿Sabrán cuidarse? Cuidarse de qué si tienen acceso a imágenes, ideas, información, diversión, cultura, música, juegos, noticias, comunidades, videos, conocimiento, historia, novedades. Más que nunca y más que nadie. Desde luego, más que los que ahora somos adultos, niños de otro tiempo. Ellos son privilegiados. Dichosos ellos.

¿Dichosos? ¿Y el ciberacoso, el ciberbullying o el grooming? ¿Y el sexting y la sextorsión? ¿Y los retos con los que quién sabe quién los desafía hasta poner en riesgo sus vidas? ¿Y la adicción al celular y a las redes, la ausencia de amigos reales, el aislamiento, la falta de sueño, la baja autoestima, la dependencia en el celular, el extravío del tiempo, la familia fragmentada, los estudios olvidados?

¿Y las noticias falsas? ¿Los discursos de odio? ¿Las amenazas anónimas? ¿Y, más grave aún, el secuestro, el reclutamiento forzoso, la trata de personas? ¿La posibilidad de pasar en un instante de la inocuidad virtual a la pesadilla real de la delincuencia?

Nadie puede minimizar estas amenazas, siempre latentes. Sabemos, intuimos, que la solución no es erradicar del mundo o del edificio o de la casa el internet o las redes. No queremos y no sabríamos cómo hacerlo.

También queremos niñas y niños libres, con acceso a información, entretenimiento, cultura, conocimientos prácticos, canciones, vocaciones, adolescentes capaces de ejercer su libertad de comunicarse y dueños de sus preferencias e intereses.

¿Cómo armonizar el derecho a la información y la libertad de expresión de nuestras infancias con la previsión y la prevención para evitar que niñas, niños y adolescentes sean víctimas de la voracidad de la tecnología o de los delincuentes del ciberespacio?

¿Es necesario limitar el acceso de los menores de 15 años, por ejemplo, a las redes sociales? ¿Es indispensable o es un exceso? ¿Benéfico o contraproducente?

A reserva de volver al tema, cabe adelantar un desafío ineludible: necesitamos asegurar el acceso de la niñez y la adolescencia a las nuevas tecnologías y a la vez debemos garantizar su integridad física, sexual, mental y emocional. ¿Podemos? Debemos.

Especialista en derechos humanos. @mfarahg

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