Si realmente queremos hablar de paz y seguridad en México, creo que necesitamos empezar por una conversación que durante mucho tiempo hemos dejado de lado: la salud mental y la regulación emocional. Con frecuencia, el debate público se centra en las consecuencias visibles de la violencia, pero rara vez profundiza en aquello que la origina.
Creo que como país hemos postergado demasiado esta conversación. Invertimos poco en salud mental, la seguimos viendo como un tema secundario y, en muchos casos, incluso como un lujo. Pero los datos dejan claro que no lo es. Es una necesidad urgente y, más aún, una condición básica para aspirar a una sociedad más segura.
No es una suposición. Los datos lo respaldan. De acuerdo con la ENVIPE 2024 del INEGI, el 60.7% de las y los mexicanos considera la inseguridad como su principal preocupación. Al mismo tiempo, sabemos que la mayoría de los adolescentes que cometen delitos graves crecieron en contextos marcados por la violencia. Y si miramos la salud mental, el panorama es igual de contundente: el 28.6% de la población vive con algún trastorno, principalmente depresión y ansiedad. Sin embargo, estos padecimientos representan el 12% de la carga de enfermedad del país, mientras que solo el 2% del presupuesto en salud se destina a este rubro, y menos del 20% de quienes lo necesitan recibe atención.
Con esos números sobre la mesa, me parece difícil seguir viendo la violencia como un problema aislado de la salud emocional. Para mí, están profundamente conectados.
A lo largo de cuatro décadas trabajando en distintos entornos —escuelas, comunidades, espacios laborales— he visto algo que se repite: cuando las personas no tienen herramientas para reconocer, nombrar y regular lo que sienten, esa tensión encuentra salida de otras formas. A veces es ansiedad, a veces es silencio, y otras veces, lamentablemente, es violencia.
Por eso creo que necesitamos empezar mucho antes. No cuando el problema ya explotó, sino en la raíz. En la infancia. En la vida cotidiana. En los espacios donde se forman los vínculos. He visto cómo, cuándo se crean entornos que priorizan la calma, la conciencia y la conexión —como sucede en espacios diseñados para ello, incluidas las aulas de paz—, algo cambia. No de manera mágica ni inmediata, pero sí sostenida: las personas comienzan a relacionarse distinto consigo mismas y con los demás.
Estoy convencida de que no vamos a resolver esta crisis únicamente con más vigilancia, más castigos o más medidas reactivas. La violencia no empieza en la calle; empieza mucho antes, en la forma en la que gestionamos lo que sentimos, en los entornos en los que crecen niñas y niños, y en la capacidad —o incapacidad— que tenemos como sociedad para acompañar esas emociones.
También creo que hay una responsabilidad compartida. No todo recae en las instituciones. Las familias, las escuelas, las comunidades y cada una de nosotras y nosotros tenemos un papel en cómo gestionamos nuestras emociones y en qué tipo de entornos construimos.
Hablar de seguridad en México se ha vuelto parte de la conversación diaria. Está en las noticias, en las calles y, sobre todo, en la forma en la que vivimos. Pero hay algo que, desde mi perspectiva, sigue fuera del centro del debate: la salud mental y la regulación emocional como piezas clave para entender —y transformar— la violencia que enfrentamos.
No se trata de romantizar soluciones ni de pensar que una sola herramienta va a resolver un problema estructural. Sería ingenuo. Pero también sería un error seguir ignorando el papel que juega la salud mental en todo esto.
Si realmente queremos hablar de paz, tenemos que empezar por ahí. No desde el discurso, sino desde lo cotidiano. Desde cómo escuchamos, cómo reaccionamos, cómo acompañamos. No es el camino más rápido ni el más visible, pero sí, creo, uno de los más necesarios.
Por un México más consciente.
Fuentes: ENVIPE 2024 (INEGI), Índice de Paz México 2025 (IEP), REDIM, La Jornada, Save the Children (2026), comunicados oficiales y datos propios de Fundación Medita México.
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