Durante años nos quisieron vender la idea de que la soberanía era un “discurso” viejo. Una palabra incómoda. Algo “pasado de moda” frente a los intereses globales, los mercados, las plataformas digitales y los poderes internacionales que se sienten con derecho de opinar, presionar y meter las manos donde no les corresponde.

Pero hay algo que un pueblo digno jamás debe permitir: que extranjeros decidan su destino.

Y eso quedó más claro que nunca durante el periodo extraordinario en la Cámara de Diputados que terminó hace apenas unas horas. Fueron más de treinta horas de debate, tensión e intentos permanentes de sabotaje legislativo por parte de una oposición que prefirió el espectáculo, el circo y la desinformación antes que discutir con responsabilidad reformas fundamentales para fortalecer al Estado mexicano y blindar nuestra democracia frente a intereses externos.

Lo que vivimos en el pleno fue profundamente revelador.

Mientras millones de mexicanas y mexicanos esperan altura política de sus representantes, hubo quienes decidieron convertir el Congreso en un espacio de gritos, provocaciones y descalificaciones. Incapaces de sostener el debate de fondo, apostaron por el insulto como única herramienta política.

Y el nivel de violencia dirigido contra la Presidenta Claudia Sheinbaum dejó al descubierto algo todavía más preocupante.

Porque una cosa es disentir. Eso es democracia. Pero otra muy distinta es normalizar el odio y las agresiones contra la primera mujer que encabeza el Estado mexicano. Atacar de esa manera a la Presidenta no sólo refleja una profunda bajeza política; también constituye una falta de respeto hacia millones de mexicanas y mexicanos que decidieron democráticamente el rumbo del país.

Cuando se pierde la capacidad de argumentar, aparece la violencia. Y cuando ni siquiera son capaces de respetar la investidura presidencial, queda claro que el problema ya no es únicamente político: es moral.

También quedó exhibido algo más.

Hay sectores que hablan de democracia, libertad e instituciones, pero guardan absoluto silencio cuando desde el extranjero se impulsan narrativas de confrontación, presión económica o desestabilización política contra México.

Les incomoda profundamente que hoy exista una Presidenta firme, preparada y que no esté dispuesta a agachar la cabeza frente a intereses ajenos al país.

Por eso no sorprende que desde ciertos sectores de Estados Unidos —particularmente desde el entorno político de Donald Trump— resurjan discursos agresivos, amenazas veladas y narrativas que buscan retratar a México como un país incapaz de gobernarse a sí mismo. Necesitan un México debilitado para justificar el intervencionismo, la presión política y la visión racista con la que históricamente han tratado a América Latina.

Pero se equivocan.

México no es colonia de nadie. Y nuestra soberanía no está sujeta a aprobación extranjera.

Lo verdaderamente peligroso no es poner límites a la injerencia internacional. Lo peligroso es normalizar que desde otros países puedan influir en nuestras elecciones mediante dinero, campañas negras, manipulación digital, bots o estrategias de desinformación diseñadas para alterar la conversación pública y sembrar miedo en la sociedad.

Esa es la nueva forma de intervenir políticamente en los países.

Hoy las disputas por el poder ya no sólo se libran con armas o golpes de Estado. También se libran desde plataformas digitales, operaciones mediáticas y campañas coordinadas para manipular emociones y percepciones colectivas.

Y México no está exento.

Existen poderes internacionales acostumbrados a tratar a América Latina como su patio trasero político y económico. Cada vez que un país decide fortalecer su soberanía, proteger sus recursos o actuar con independencia, comienzan las presiones financieras, las campañas mediáticas y la guerra digital.

Por eso esta discusión es tan importante.

Defender que una elección pueda invalidarse ante una intervención extranjera no es autoritarismo. Es defensa nacional. Es establecer con claridad que el futuro de México sólo le pertenece al pueblo mexicano, no a Washington, no a corporaciones internacionales, no a plataformas tecnológicas y mucho menos a operaciones políticas coordinadas desde el exterior.

Porque una elección deja de ser verdaderamente libre cuando intereses ajenos tienen la capacidad de manipular la percepción pública o financiar propaganda encubierta.

Y eso fue precisamente lo que la oposición intentó minimizar durante este periodo extraordinario. Apostaron al caos legislativo, al escándalo y a la confrontación permanente porque hay sectores políticos que se sienten más cómodos obedeciendo narrativas extranjeras que defendiendo la dignidad nacional.

Pero fracasaron.

Mientras ellos gritaban, nosotros legislábamos. Mientras ellos montaban escenas, nosotros debatíamos reformas de fondo. Mientras ellos apostaban por paralizar al Congreso, nosotros asumimos la responsabilidad histórica de defender de la mano de nuestra presidenta, la soberanía democrática del país.

Y sí, eso incomoda.

Incomoda a quienes preferirían un México débil, condicionado y vulnerable a las presiones externas. Incomoda a quienes nunca soportaron ver a un país plantarse con dignidad frente a poderes que durante décadas se sintieron intocables.

Excelente.

Porque ya era hora de entender que la democracia no sólo se defiende contando votos. También se defiende impidiendo que intereses extranjeros intenten torcer la voluntad nacional.

Y si defender a México, respaldar a nuestra Presidenta y rechazar cualquier intento de presión extranjera incomoda a algunos sectores internacionales, entonces vamos por el camino correcto.

La dignidad de un país jamás debería negociarse por miedo, conveniencia, intereses personales o solo por una visa.

Diputada Federal

LXVI Legislatura

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