En el Día de las Niñas y los Niños, México se llena de globos, sonrisas y discursos que prometen proteger a la infancia. Pero hay una verdad que no cabe en ninguna celebración: en este país, ser niña sigue implicando un riesgo mayor.Y no, no es percepción, no es exageración. Es un patrón. Desde antes de nacer, muchas niñas ya llegan con una desventaja. Todavía hay quien piensa que una niña “es más complicada”, “más vulnerable”, “más costosa”. Como si su vida viniera con una advertencia. Como si fuera un problema que hay que cuidar más que una vida que hay que respetar.
Esa idea no es menor. Esa idea es el inicio. Porque la violencia contra las niñas no empieza con un delito. Empieza cuando como sociedad decidimos que su vida vale distinto. Y luego crece.
Más del 90% de las víctimas de violencia sexual infantil en México son niñas. Noventa por ciento. No son casos aislados. No es mala suerte. Es una constante.
Y lo más grave no es solo que ocurra. Es que hemos aprendido a vivir con ello.
Hemos normalizado lo inaceptable
Hemos normalizado que el agresor esté en casa. Que sea familiar. Que sea cercano.
Hemos normalizado que cuando una niña habla, lo primero que reciba sea duda. No protección. Duda.
Y mientras se duda, la violencia sigue. Mientras se minimiza, el daño crece. Mientras se “analiza”, una niña aprende que su voz no basta.
Pero hay algo todavía más grave: el morbo.
Vivimos en una sociedad que no solo tolera la violencia, la consume. La comparte. La viraliza.
Convertimos el dolor en contenido.
Videos de feminicidios circulando sin límite. Imágenes de niñas y mujeres asesinadas replicándose sin pudor. Audios, escenas, detalles que no informan: invaden.
Eso no es información. Eso es violencia.
Y mientras no lo nombremos así, lo vamos a seguir permitiendo.
La violencia contra las niñas no se sostiene sola.
Se sostiene en cada “no es para tanto”.
En cada “mejor no te metas”.
En cada vez que alguien decide mirar hacia otro lado.
Se sostiene en nosotras y nosotros como sociedad.
Por eso esto no se resuelve solo con leyes o discursos. Se resuelve cuando se deja de justificar lo injustificable. Cuando se deja de consumir el dolor ajeno. Cuando se entiende que el silencio también es una forma de complicidad.
Hoy hay niñas viviendo violencia. Ahora mismo.
No es una cifra. Es una realidad que está ocurriendo mientras leemos esto. Y frente a eso, no hay celebración posible.
Porque mientras una niña tenga que volverse fuerte para sobrevivir a lo que los adultos no quisieron enfrentar, no estamos avanzando. Estamos fallando.
Y hay una línea que ya cruzamos hace tiempo: la de normalizar lo anormal.
Esa es la verdadera crisis.
Si hoy pudiera sentarme frente a la niña que fui, no sabría qué decirle.
No sabría cómo explicarle que el mundo que imaginaba no es el que muchas niñas están viviendo.
Que hay cosas que tendría que aprender demasiado pronto: a desconfiar, a cuidarse, a leer el peligro en lugares donde debería haber tranquilidad.
No sabría cómo decirle que crecer, para muchas, no significa descubrir el mundo… sino aprender a sobrevivirlo.
Y tal vez lo más difícil sería mirarla a los ojos y admitirle esto: que no fue el mundo el que cambió, fuimos nosotros los que nos acostumbramos.
Nos acostumbramos a escuchar historias y seguir.
A ver violencia y desplazarnos.
A indignarnos un momento… y después olvidar.
Hasta que dejó de doler lo suficiente.
Y ese es el verdadero problema: no solo la violencia, sino la capacidad que desarrollamos para vivir con ella sin rompernos.
De niña pensaba que crecer iba a ser descubrir el mundo. No que iba a ser aprender a temerle. No que iba a ser medir cada paso, cada palabra, cada espacio.
A mi yo de niña le prometieron un mundo seguro. Hoy sé que ese mundo nunca llegó.
Porque aquí crecer como mujer no es un derecho garantizado: es una resistencia diaria. Y no hay nada más grave que haber convertido la supervivencia en destino.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

