Mientras el lobo no estaba...

María Elena Morera

Una canción infantil muy conocida en México dice: “Jugaremos en el bosque, mientras que el lobo no está, porque si el lobo aparece, a todos nos comerá”. Un amigo usaba el juego como una metáfora sobre el uso de las Fuerzas Armadas contra la delincuencia organizada; durante años la sola amenaza de que saldrían a combatir al crimen organizado era suficiente para controlar a los grupos delincuenciales. Cuando una plaza “se calentaba” el Ejército hacía una incursión para recuperar la tranquilidad y salían cuando una aparente paz llegaba.

En aquel momento las autoridades jugaban al “si se portan mal, vendrá el lobo por ustedes”, sacaban y regresaba a las Fuerzas Armadas a contentillo. Lo que hay que decir también, es que tampoco llevaron una estrategia responsable, en la que cuando salía el Ejército debía entrar la educación, el desarrollo social y el fortalecimiento de las policías municipales. Por eso, es que esa paz no era permanente.

Dadas las condiciones actuales de violencia, impunidad e inseguridad que han persistido y se han recrudecido durante muchos años, ese lobo había hecho apariciones para alimentar la amenaza de que, de salir por completo, se concretaría la guerra contra de delincuencia organizada con todo el poder del uso de legítimo de la violencia, y que los criminales pasarían de ser un problema a ser un enemigo al que se buscaría “neutralizar”.

Hoy, el lobo está en las calles y haciendo todo tipo de funciones, y los delincuentes continúan extorsionando, secuestrando y matando. En estados como Guanajuato, Zacatecas, Morelos y San Luis Potosí, o en ciudades como Tijuana, Ciudad Juárez o Aguililla, por mencionar solo algunos lugares, el lobo dejó de representar una amenaza. Lamentablemente para las Fuerzas Armadas no infunden respeto como autoridad encargada de acabar con la delincuencia.

Basta recordar aquel episodio en la Huacana, Michoacán, en 2019 cuando un grupo armado retuvo al menos a 10 militares y logró que les regresaran sus armas o las manifestaciones contra los militares en Aguililla, también en Michoacan en abril del año pasado. Y cómo olvidar el “Culiacanazo”. Estos son solo ejemplos entre muchísimos otros de que la delincuencia le tomó la medida a “el lobo”. A tres años de gobierno, sin duda, los militares a las órdenes de López Obrador cumplieron el sueño de los criminales.

Y aun así, un gobierno que había prometido apostarle en serio a la vía civil, nos embarcó en una aventura militarista, completamente inútil en términos de seguridad, pero muy peligrosa en términos de nuestra democracia. En una postura francamente esquizofrénica, nos dicen, por un lado, que es la única vía para hacer frente a la delincuencia, y por el otro, le atan las manos.

En 2021, se registraron 33, 308 asesinatos, y la enorme mayoría de ellos quedará impune. Mientras el gobierno se convierte en una máquina por demás ineficaz de propaganda inútil, las bandas del crimen organizado siembran imágenes de terror por todo el país con total descaro: cuelgan cuerpos en los puentes, los abandonan frente a edificios de gobierno, asesinan a policías a razón de más de uno en promedio cada día, emboscan a guardias nacionales, suben todos los días videos con amenazas, torturas y ejecuciones. Y el lobo, ese que nos dicen que es capaz de todo, con una eficacia y una pulcritud de las que todos los demás somos incapaces, haciendo rondines, y cumpliendo con la consigna de que a los asesinos se les aplaca con abrazos.

El gobierno de López Obrador lleva al país a una pesadilla militarista con lo peor de todas las opciones, pues ni se combate al crimen con todos los costos que ello conlleva, ni se construyen capacidades de seguridad para el Estado, ni funcionará la ridícula idea de conciliar con asesinos.

Resultó que el famoso lobo bajo las instrucciones de López Obrador no era el lobo que temía el crimen organizado. Es el problema de abusar de las instituciones y de convertir las caricaturas en política pública.

 

(Colaboró Angélica Canjura)

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