Una de las grandes tentaciones en las que puede caer una mujer o un hombre en el poder es creer que la ciudadanía les regaló la ciudad o el país para el que fueron electos como gobernantes. Así actúa la izquierda mexicana: creen que el país o la ciudad es de su propiedad y de nadie más, ni siquiera de quienes votaron por ellos.
México ha sido testigo —y víctima— del sentido patrimonialista del poder que caracteriza a Morena. El ejemplo lo puso el propio López Obrador: cambió la residencia oficial del presidente, desvió los fines para que fueron expropiados determinados inmuebles, como no le parecía el aeropuerto lo destruyó; como quería un tren de pasajeros, destruyó la selva. Hay múltiples ejemplos de una manera de gobernar marcada más por los caprichos que por el interés público.
Entre las más fieles seguidoras de esa lógica patrimonialista y del propio expresidente se encuentra Clara Brugada. Basta observar la forma en la que se ha comportado al gobernar la Ciudad de México. Lo vemos todos los días. Hace unas semanas comenté aquí el proyecto del nuevo Plan General de Desarrollo de la Ciudad de México y su intención de crear su propia estructura paralela de gobierno; después vinieron las intervenciones en parques y espacios públicos, reduciendo áreas verdes con nuevas construcciones; y ahora, en el colmo del complejo de dueño ha decidido pintar de lila toda la capital.
Al gobierno de Morena en la Ciudad de México parece no importarle la opinión de los vecinos. Las calles se sienten como territorio del gobierno y no de los ciudadanos: se instala infraestructura para nuevas líneas de Cablebús en calles cerradas sin importar qué digan los vecinos y no se toma la molestia en avisarles; no les importa a quién afecte; se tolera el crecimiento del comercio ambulante. Hoy las decisiones se toman desde el poder.
Desconozco quién dijo la frase tan acertada: “Clara Brugada cree que está pintando su cuarto”. Es cierto. La izquierda mexicana cree que los bienes públicos son de su propiedad y decidió que la Ciudad de México era como “su cuarto”, le pareció que color lila se iba a ver bonito. No quiero ni imaginarme cómo surgió la idea y cuánto se le pagó a quien diseñó tal genialidad y a quién le están comprando la pintura.
Mientras tanto, el Metro sigue acumulando fallas, accidentes y suspensiones del servicio. No pueden revisar las obras por las que se inunda la ciudad; no pueden revisar el drenaje ni proteger a los habitantes y a las familias de la Ciudad de México. Pero eso sí… venga la pintura que me gustó: el lila (o el morado claro).
La crítica no es al color lila ni mucho menos al Ajolote (que sí me gusta). Lo que es absurdo es que hace 8 años sabíamos que la Ciudad de México sería sede del Mundial y a un mes del episodio deportivo deciden mediante la improvisación de último momento “embellecer” la ciudad porque “vienen las visitas”. Lo más grave es que las decisiones se toman con base en la estética personal o partidista, dejando a un lado obras verdaderamente necesarias y, por si fuera poco, ignorando los estándares internacionales de urbanismo.
A diferencia de Clara Brugada y su visión superficial de gobierno, hay administraciones que han entendido que gobernar implica resolver problemas reales. La gobernadora de Chihuahua -Maru Campos- decidió combatir valientemente al crimen organizado, crear las estancias infantiles, establecer un programa de nutrición para las familias. Bienaventurados Chihuahuenses, que se levantan todos los días con una gobernadora que gobierna y que ve en Chihuahua una responsabilidad y no un objeto de su propiedad.
Diputada federal. @Mzavalagc

