“¿Qué vidas son consideradas dignas de duelo y cuáles pueden desaparecer sin alterar el orden de las cosas?” La pregunta atraviesa buena parte de la obra de Judith Butler y resulta incómodamente pertinente para México en vísperas del Mundial de 2026. Hay vidas cuya pérdida sacude a una comunidad, moviliza autoridades y ocupa titulares. Hay otras que se consumen en silencio, lejos de las cámaras, fuera de las estadísticas que conmueven y de las conversaciones que importan. En esa zona de invisibilidad viven miles de niñas y niños mexicanos expuestos a una de las formas más crueles de violencia: la explotación sexual.
Los patrocinadores que invierten millones, los medios que tienen el monopolio de las transmisiones, las autoridades deportivas de cada país, bien podrían invertir un diminuto porcentaje de sus dineros en prevenir la explotación sexual y difundir protocolos para evitarlo.
Arrancó la Copa del Mundo y México volvió a hacer lo que mejor sabe hacer frente a la incertidumbre: aferrarse a una alegría colectiva. Durante semanas hablaremos de selecciones, estadios, derrama económica, turismo y ceremonias. Las ciudades sede se preparan para recibir millones de visitantes y el gobierno aspira a mostrar al país como una potencia organizadora capaz de estar a la altura del evento deportivo más importante del planeta.
La fiesta es legítima. La omisión no. Los Mega Eventos Deportivos generan mucho más que espectáculo. Mueven personas, dinero, infraestructura, consumo y flujos masivos de población. También crean condiciones propicias para mercados clandestinos que prosperan precisamente donde convergen el anonimato, la euforia, la desigualdad y la impunidad. Entre ellos, la explotación sexual de niñas, niños y adolescentes.
Los datos son difíciles de ignorar. La Organización Internacional del Trabajo estimó en 2021 que 6.3 millones de personas viven en condiciones de explotación sexual comercial forzada. Una de cada cuatro víctimas es menor de edad. No se trata de una tragedia lejana. Entre 2015 y mayo de 2022, casi mil ochocientos menores fueron identificados como víctimas de trata en México. El Estado de México y Nuevo León, entidades vinculadas a la organización mundialista, figuran entre las zonas con mayores registros.
La experiencia internacional muestra una dinámica particularmente perturbadora. El problema no radica únicamente en quienes viajan buscando víctimas. Con frecuencia aparece otro fenómeno: individuos que llegan atraídos por el evento deportivo y que, al encontrarse en entornos donde el abuso parece tolerado, cruzan límites que jamás habrían cruzado en sus comunidades de origen. La corrupción, la ausencia de vigilancia efectiva y la percepción de impunidad terminan haciendo posible lo que en otras circunstancias parecería impensable.
Un estadio lleno. Un hotel saturado. Una zona turística desbordada. Una aplicación de transporte. Una plataforma digital. Una fiesta improvisada. Espacios diseñados para la convivencia pueden convertirse en eslabones de una cadena de explotación cuando nadie está preparado para detectarla.
Brasil dejó una lección que debería perseguirnos. Durante el Mundial de 2014, muchas de las niñas y niños explotados sexualmente ni siquiera eran identificados como víctimas. La pobreza, la marginación, el abandono y el racismo habían hecho su trabajo mucho antes de que comenzara el torneo. Eran invisibles antes de ser explotados y siguieron siendo invisibles durante la explotación. La violencia encontró el terreno perfectamente preparado por la indiferencia.
Hay otro elemento aún más doloroso. Algunos menores no reconocen lo que viven como una agresión. Han crecido en contextos donde el abuso forma parte de la normalidad. Otros perciben los intercambios económicos asociados a la explotación como una forma de supervivencia. Algunos incluso desarrollan vínculos afectivos con quienes los controlan. Nada de eso reduce la gravedad del delito. Al contrario. Demuestra el nivel de vulnerabilidad en el que se encuentran.
México posee leyes, protocolos y tipos penales suficientes para combatir la trata de personas. Lo que escasea es la capacidad para aplicarlos de manera consistente. Faltan policías capacitados, agentes migratorios entrenados, coordinación institucional y mecanismos eficaces para involucrar a hoteles, transportistas, plataformas tecnológicas y prestadores de servicios. Faltan ojos donde hoy hay puntos ciegos.
Dentro de algunos años recordaremos los goles, las eliminaciones sorpresivas y las imágenes espectaculares de los estadios. Habrá documentales, balances económicos y estadísticas de audiencia. Lo que probablemente no aparecerá en las memorias oficiales serán los nombres de las niñas y los niños que pudieron convertirse en víctimas durante el torneo.
Y sin embargo, ahí debería estar la verdadera medida del éxito. Porque una sociedad se define menos por la magnificencia de sus celebraciones que por aquello que decide proteger cuando todos están mirando hacia otro lado. Porque el Mundial terminará en unas semanas, pero las consecuencias de nuestra indiferencia pueden acompañar a una víctima durante toda la vida.
@MaiteAzuela
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