El T-MEC no parece estar a punto de morir, pero tampoco parece estar del todo vivo. La medicina por administrar va más allá de lo técnico y de las repercusiones económicas y se centra, al parecer, en pura voluntad política.

Hoy, 1 de julio, comienza la revisión conjunta del acuerdo y los socios definirán si extienden su vigencia por 16 años o si dejan correr el plazo original, con revisiones anuales. Hace poco Ebrard buscó atemperar los ánimos: en el peor escenario, dijo, el tratado seguiría vigente al menos diez años. Tiene razón ¿Pero a qué costo?

Para una empresa automotriz, por ejemplo, 10 años pueden parecer mucho en la política, pero poco en la inversión. Una planta no se construye con declaraciones tranquilizadoras, sino con electricidad, reglas de origen estables, aduanas previsibles y certeza jurídica. Si la revisión se vuelve anual, el mensaje sería claro: América del Norte seguirá integrada, pero bajo amenazas constantes de renegociación.

Trump ya puso los límites que no está dispuesto a que sus socios comerciales crucen. En la segunda ronda bilateral con México se habló de reglas de origen, seguridad económica, agricultura, trabajo, acero, aluminio y autos. Sin embargo, el trasfondo se mantiene: Estados Unidos quiere asegurarse de que los beneficios del tratado se queden dentro de la región y no funcionen como puerta trasera para insumos de China. Esa preocupación pesa más porque la política industrial estadounidense dio un giro proteccionista y porque la competencia china en autos eléctricos, acero, baterías y tecnología ya no puede ignorarse.

México debe entender este cambio sin sobreactuar. No le conviene presentarse como víctima de Trump ni como simple maquiladora disponible. Su carta más fuerte es demostrar que puede ser el socio indispensable de la seguridad económica norteamericana. Para eso no basta con presumir mano de obra barata y calificada, fronteras y tratados. Se necesita trazabilidad real en cadenas de suministro, combate a la triangulación, energía suficiente y una política industrial que aumente el contenido regional sin encarecer la producción.

El error sería creer que la defensa del T-MEC consiste en repetir que el comercio con Estados Unidos es enorme y, por lo tanto, difícil de eliminar. Lo que se va a discutir es quién captura el valor de ese comercio. Si México quiere ganar la revisión, debe llegar con una agenda propia: más proveeduría mexicana, más integración regional, más cumplimiento laboral, energía limpia y confiable, y menos dependencia de insumos asiáticos en sectores estratégicos.

El T-MEC fue diseñado como tratado comercial, pero la revisión de 2026 lo está convirtiendo en un instrumento geopolítico. Ya no se trata solo de vender más autos, aguacates o pantallas. Se trata de decidir si Norteamérica puede competir como bloque frente a China sin romper su propia lógica de integración.

Por eso el mensaje para México debería ser menos triunfalista y más exigente. Que el T-MEC siga vivo no alcanza. Un tratado vivo, pero débil, puede ser tan costoso como no tener un tratado en lo absoluto. La prioridad no debe ser solo extenderlo 16 años, sino evitar que cada año se convierta en una nueva subasta de incertidumbre. México tiene geografía, mercado y capacidad exportadora. Ahora necesita algo más difícil: credibilidad.

VP/Co-Director de Inversiones en Franklin Templeton México

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