Estos meses futboleros y veraniegos resultarán definitorios no sólo para el sexenio de la presidenta Claudia Sheinbaum sino para Morena como partido político. No por el papel de la selección que con mucha suerte llegaría a cuartos de final, sino por la necesidad de decantarse en materia política, económica e institucional.

La cuarta transformación del presidente López Obrador resucitó al nacionalismo revolucionario en su versión autoritaria. Pareciera una reacción a la apertura de energía a la participación privada nacional y extranjera y a los contrapesos de la división de poderes, de los órganos reguladores y de la democracia electoral. Lo que realmente le molestaba del periodo neoliberal, como le decía, era precisamente la compartición del poder y la competencia energética.

El nacionalismo revolucionario es anacrónico y no servirá mucho tiempo a Morena como modelo para consolidarse como partido político. Tampoco a la presidenta para lograr un sexenio exitoso y sentar las bases para una socialdemocracia más afín a sus aspiraciones ideológicas. México es ahora un país de una profunda complejidad para poder ser manejado en reuniones centralizadas de seguridad en la mañana, para que las decisiones de inversión se tomen en Palacio Nacional, para solucionar los obstáculos permisionarios o reglamentarios uno por uno, para que Pemex sea la locomotora de la economía, para que un solo partido político represente legítimamente el crisol de puntos de vista heterogéneos de una sociedad diversa.

El socialismo autoritario tampoco. En una reveladora declaración el presidente brasileño Inacio Lula da Silva esta semana: “Nunca fui de izquierdas”, dijo Lula durante una conversación con la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, y el canciller alemán Friedrich Merz. “El mundo no está a la izquierda. El mundo sigue el camino del centro. Esa es la verdad”. Más aún, el derrumbe de Venezuela muestra que, si se asfixia al resto de la actividad económica, la ordeña de una generosa renta es insuficiente para la sustentabilidad económica y política de un gobierno aun si PDVSA era mucho más grande, en términos relativos, que Pemex. El de Cuba, que el modelo socialista sin un sector privado dinámico es utópico y empobrecedor, aunque por muchos años haya sobrevivido por mecenazgos externos que México nunca tendría y menos aceptaría.

Así, las opciones reales se reducen a seguir con el nacionalismo revolucionario autoritario tabasqueño que condenaría a Morena a durar mucho menos que el PRI en el poder o a aspirar a un modelo socialdemócrata con viabilidad de mediano y largo plazo. Amén de la definición ideológica, la viabilidad es también un asunto de finanzas públicas.

Aun si Pemex fuera eficiente y competitivo, no cuenta con la suficiente envergadura para sostener unas finanzas públicas con una trayectoria de gastos inerciales insostenible sin una economía altamente exitosa. Pemex es incapaz de llevar a cabo todo lo que se le pide sin desangrarse irremediablemente. En lugar de concentrarse en el eslabón aguas arriba donde podría ser eficiente, competitivo y maximizar su renta petrolera, tiene que dedicar escasos recursos en eslabones medios y bajos en los que pierde a raudales. Desde la petroquímica básica hasta la gasolina, la empresa productiva del Estado es ordeñada por sindicatos, la clase política, proveedores, gobiernos, clientes y otros más. Sin competencia en estos eslabones siempre existirá un buen pretexto para mermar sus recursos ya que “no puede perder”; de hecho, sólo dejará de hacerlo cuando la competencia lo transforme.

Pemex no tiene tamaño para ser locomotora de la economía, pero sí su lastre. Las transferencias presupuestarias que recibe reducen la capacidad de inversión del gobierno en infraestructura hospitalaria, educativa, de transporte, programas sociales y otras. Su falta de éxito en los eslabones medio y bajo condenan a los estados del sur a crecer poco. Si se permitiera la inversión privada en hidrocarburos y petroquímica, el sur vería cuantiosas inversiones en los sectores precursores que forman la base para la integración vertical en la manufactura, y para el cumplimiento de las reglas de origen del Tratado México, Estados Unidos, Canadá (T-MEC). Sin la contribución del sur, el crecimiento promedio de México será siempre modesto, por debajo de su potencial. El nacionalismo revolucionario energético en hidrocarburos condena al rezago económico a la región que hizo posible la cuarta transformación.

Es revelador que Pemex acuda ahora a Petrobras para de la compañía brasileña, con mucha más corta historia, cómo tener éxito en la exploración marítima y en procesos petroquímicos. No es coincidencia que el éxito de Petrobras se dé en un mercado en que enfrenta competencia y no tiene el monopolio: Brasil.

El caso de CFE es distinto al no tener los problemas financieros y actuariales de Pemex, pero tampoco tendrá los suficientes recursos para los volúmenes de electricidad que requiere una economía moderna y exitosa, en el contexto de la inteligencia artificial y la necesidad de cumplir con las reglas de origen. En su caso, la concentración debería ser en aguas medias (transmisión) y bajas (distribución), tanto de electricidad como gas natural, en que es altamente rentable y permitir la inversión privada sin restricciones ni discriminación, mixta y ciento por ciento, en generación.

El éxito económico dependerá no sólo de que el ambiente sea propicio a la inversión sino de que haya competencia. Se requieren ambas condiciones. Para lograrlas es indispensable un trato igualitario, no discriminatorio en los ámbitos legal, reglamentario y permisionario por parte de los gobiernos. El mercado de energía juega un papel fundamental por el simbolismo que implica y por ser insumo esencial para la integración vertical de cadenas productivas e integración geográfica de las diversas regiones del país.

La opción socialdemócrata es plenamente congruente con una economía dinámica si logra conciliar la igualdad en el respeto (incluido al derecho ajeno y por lo tanto el Estado de Derecho), con el compromiso a favor de la democracia electoral, liberal y participativa, con finanzas públicas sustentables pero suficientes para sufragar la inclusión a través de la inversión en infraestructura que permita el intercambio, en salud y en educación para el desarrollo personal y el salto cualitativo en la productividad que se requiere.

El nacionalismo revolucionario mexicano ya no cuenta con Cuba ni Venezuela a su izquierda en el espectro político como justificación para su supervivencia, ni como argumento, endeble, para la defensa de la soberanía. Ésta será sólida sólo con un país económicamente exitoso y de leyes. Tiempo de definiciones.

X: @eledece

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