Por: Luis Durán*
Un joven que hoy entra a la secundaria probablemente seguirá formando parte del mercado laboral alrededor del año 2070. Es imposible saber qué profesiones existirán entonces o qué nuevas actividades, que hoy ni siquiera imaginamos, ocuparán a millones de personas. Pero algo sí sabemos: el mundo para el que estamos educando a nuestros jóvenes será radicalmente distinto al que nosotros conocimos.
La inteligencia artificial está acelerando esa transformación. Sistemas disponibles hoy pueden escribir, programar, traducir, analizar enormes cantidades de información y producir imágenes o videos en segundos. Actividades que hace pocos años parecían reservadas al talento humano ya pueden realizarse, al menos parcialmente, mediante una computadora. El Foro Económico Mundial estima que hacia 2030 cerca del 40% de las habilidades que hoy utilizamos en nuestros trabajos habrán cambiado. Calcula también que las grandes transformaciones económicas y tecnológicas desplazarán 92 millones de empleos, pero crearán alrededor de 170 millones nuevos. Las revoluciones tecnológicas no necesariamente destruyen el trabajo. Lo transforman. Por eso quizá estamos haciendo la pregunta equivocada cuando discutimos si la inteligencia artificial nos quitará nuestros empleos. La pregunta importante es otra: ¿qué capacidades necesitará una persona para seguir siendo valiosa en un mundo en el que las máquinas pueden hacer cada vez más cosas? Necesitaremos mayores capacidades tecnológicas. Entender la inteligencia artificial y aprender a trabajar con ella será cada vez más importante. En México, las ofertas de empleo que requieren habilidades relacionadas con IA pasaron de 33 mil en 2024 a 68 mil en 2025.
Pero sería un error pensar que la solución consiste simplemente en enseñar programación o llenar las escuelas de computadoras. Paradójicamente, mientras más capaces sean las máquinas, más valiosas serán algunas capacidades profundamente humanas: el pensamiento crítico, la creatividad, la solución de problemas, el criterio, la comunicación, la empatía y el liderazgo.
Y quizá, por encima de todas ellas, la capacidad de aprender permanentemente.
Durante buena parte del siglo XX estudiábamos durante los primeros veinte o veinticinco años de nuestra vida y utilizábamos esos conocimientos durante las siguientes cuatro décadas. Ese modelo está desapareciendo. Quien hoy inicia su vida profesional tendrá que aprender, desaprender y volver a aprender muchas veces. Para México, esta transformación representa una enorme oportunidad, pero también un riesgo. Nuestros jóvenes llegan a ella con importantes rezagos. En la última prueba PISA, sólo 34% de los estudiantes mexicanos de 15 años alcanzó al menos el nivel básico de competencia en matemáticas, frente a 69% en promedio entre los países de la OCDE. En lectura lo consiguió 53%, contra 74%. No son simplemente estadísticas educativas. Son una advertencia sobre nuestra capacidad futura para competir. La inteligencia artificial puede convertirse en uno de los mayores democratizadores del conocimiento de nuestra generación. Un joven en Oaxaca o Chiapas puede tener desde un teléfono un tutor de matemáticas disponible a cualquier hora, practicar otro idioma, aprender programación o acceder a una parte enorme del conocimiento acumulado por la humanidad. Pero también puede ocurrir lo contrario. Quienes tengan una buena educación, sepan pensar, formular preguntas y utilizar estas herramientas podrán multiplicar enormemente sus capacidades. Quienes carezcan de esos fundamentos corren el riesgo de quedarse todavía más atrás.
La nueva brecha digital no será solamente entre quienes tengan acceso a la tecnología y quienes no. Será entre quienes sepan utilizarla para ampliar sus capacidades y quienes simplemente sean usuarios pasivos de ella. Éste debería ser uno de los grandes temas de la educación mexicana. Nuestra discusión continúa demasiado concentrada en planes de estudio, libros de texto, sindicatos y disputas ideológicas. Todos pueden ser temas relevantes. Pero existe una pregunta más elemental: ¿estamos preparando a nuestros niños para el mundo en el que realmente van a vivir? La responsabilidad no corresponde solamente al gobierno. Las universidades tendrán que replantear qué enseñan y cómo lo enseñan. Las empresas tendremos que aceptar que capacitar permanentemente a nuestros colaboradores será una necesidad. Y cada uno de nosotros tendrá que asumir una responsabilidad cada vez mayor sobre su propio aprendizaje. No sabemos cuáles serán los empleos del futuro ni exactamente qué podrá hacer la inteligencia artificial dentro de diez o veinte años. Tampoco necesitamos adivinarlo. El niño que hoy entra a la secundaria necesita que le enseñemos a pensar, aprender, cuestionar, comunicarse, adaptarse y utilizar inteligentemente las herramientas que tendrá a su disposición. Porque quizá la habilidad más importante en el mundo que viene no será cuánto sabemos, sino qué tan rápido somos capaces de aprender aquello que todavía no sabemos.
No podemos saber cuáles serán los empleos del futuro. Pero sí podemos decidir si nuestros jóvenes estarán preparados para ocuparlos.
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