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Conversación en el Palacio, salón de la Tesorería

Luis de la Calle Pardo

-¡Gracias por venir, doctor Actón! Te recibo en el salón de la Tesorería ya que al rato viene a cenar un grupo importante de diputados de Morena.

-Es un honor estar de regreso en Palacio Nacional, señor Presidente, respondió su iconoclasta amigo economista Raúl Actón. Más aún que me reciba en el teatro de las mañaneras y corazón de su gobierno. Paradójicamente construido bajo instrucciones porfiristas de José Ives Limantour. Cuentan que su fantasma aparece de vez en cuando en el recinto.

-Desde este estrado, querido Raúl, he podido mostrar al pueblo de México que lo peor de la pandemia y su crisis económica ha finalmente pasado. Estamos de regreso en la senda de la recuperación y del crecimiento. El paquete que presentó la Secretaría de Hacienda al Congreso hace tres semanas así lo muestra.

-Yo no sería tan optimista, Presidente. Una cosa es dar ánimos a la población en pronunciamientos públicos, otra no considerar que vienen meses, quizá incluso años, muy difíciles.
-¿Cuáles son tus fuentes para decir esto? Todos los indicadores han mejorado en los últimos días.

-Las de su gobierno. Esta crisis tiene tres etapas y, en el mejor de los casos, se está apenas superando la primera. Al principio, el choque que ha sufrido la economía (de todos los países) es mayoritariamente de oferta por el cierre de plantas, empresas, comercios, escuelas y otros por el confinamiento. Esto resultó en las caídas más profundas en actividad económica en los últimos cien años. Una vez terminado el cierre, el resultado es un claro rebote con tasas muy elevadas de crecimiento al partir de una base cercana a cero. El problema es que vienen dos etapas adicionales que también tendrán un impacto negativo sobre crecimiento y bienestar. La segunda es la falta de demanda en términos de consumo e inversión. La última, también dolorosa, consiste en el inevitable reajuste y reasignación de recursos entre actividades económicas, regiones, segmentos de la población. Las tres fases suceden simultáneamente, pero cada una con mayor fortaleza en su periodo respectivo.

Las cifras de comercio exterior al mes de agosto reportadas este lunes permiten explicar las fases uno y dos. Comparado con el año anterior, las exportaciones en ese mes cayeron 7.7%, cuando para el acumulado en el año la caída es de 16.6%. Esto muestra una recuperación significativa en el margen gracias al crecimiento en Estados Unidos y la capacidad exportadora de México. Muestra también la enorme importancia de contar con un ambiente propicio para que las empresas opten por invertir aquí y no en China, y para aprovechar de manera plena el programa contracíclico de nuestros vecinos del norte y del que el país carece. La recuperación de las exportaciones está todavía lejos de los niveles de 2019, y más lejos de los de 2018, pero es notable y parece tener forma de V, aunque un poco mochada; es producto del confinamiento y desconfinamiento de la exportación.

El panorama es mucho más sombrío del lado de las importaciones, que mejor reflejan la fase dos. A usted le han vendido que el superávit comercial es signo de fortaleza, pero en este caso refleja debilidad en consumo e inversión. Este agosto el superávit comercial superó 6 mil millones de dólares, el año pasado fue de sólo 775. Esto se debe a que las importaciones no se han recuperado, lo que señala la segunda fase de la crisis, la ausencia de consumo e inversión. Mire Presidente, las importaciones totales en el mes están 22% por debajo del año pasado, las de bienes de consumo 34.5%, las de bienes intermedios (clave para las exportaciones futuras) -20.4% y las de bienes de capital -19.8%. Pero la realidad es peor aún, ya que en agosto de 2019 la importación de bienes de capital ya había caído 14%. Es decir, México padecía una falta de dinamismo de inversión aún antes de la pandemia.

-No seas ave de mal agüero Actón, todo esto será pasajero una vez con la vacuna y el éxito de los programas para la base de la pirámide.

-Ojalá así fuere Presidente, pero no es apropiado suponer que la economía mejorará por sí sola, sin hacer nada para apuntalarla. Aunque la gran recesión del Covid-19 es generalizada en el mundo y entre sectores, la recuperación y regreso al crecimiento serán bastante disparejos en función de las políticas que se adopten. Recuerde que falta todavía tomar en cuenta el efecto de la tercera fase, la de reajuste y reasignación de recursos. Los choques de oferta y demanda que ha sufrido el país son muy severos y dejarán una cicatriz profunda en muchas familias y empresas. Esto implicará un ajuste de activos y pasivos, quiebres, incrementos en cartera vencida y una reasignación de recursos entre sectores y regiones cuyo impacto dependerá de los costos de transición que se enfrenten.

En este contexto las economías que funcionarán mejor serán en las que florezca la inversión, sobre todo en nuevas tecnologías y economía digital. Para compensar la destrucción de capital que dejan la crisis y la reasignación de recursos se requiere más inversión nueva para restablecer la capacidad productiva. No será fácil hacerlo ya que, por un lado, el exceso de capacidad instalada en algunos sectores, por falta de consumo, manda la señal de no invertir en el corto plazo aunque convenga en el largo, y por otro, el ambiente que se enfrenta es francamente contrario a la inversión. Sin ella, la recuperación será plana y pasarán muchos años antes de que se regrese al nivel de actividad económica de 2018.

-Nosotros no lo vemos así.

-Es lo que quedó plasmado en el documento de Criterios de política económica que presentó el 8 de septiembre. Se pronostica un crecimiento de 4.6% en 2021, que pocos analistas comparten por optimista, y luego una expansión mediocre de 2.5% hasta 2026. Pero la gráfica que más debe preocuparle no es la del comportamiento del PIB, sino la siguiente. ¿Me permite proyectarla en la pantalla de la mañanera?

 
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Aquí puede ver, Presidente, que su propio gobierno reconoce que la inversión pública como porcentaje del PIB irá cayendo durante el resto del sexenio para quedar por debajo de 2% en 2026; los niveles de inversión pública más bajos de la historia. Compare con respecto a la expectativa, ya tímida, que tenía usted en los Criterios de 2019 y 2020. Con estos niveles de inversión no será posible apuntalar ni crecimiento ni bienestar. Además, esto incluye inyecciones de presupuesto al sector energético que probablemente no generen valor agregado. El costo más grande, sin embargo, es de oportunidad: existen hoy las condiciones para recibir flujos de inversión enormes que en otras circunstancias se hubieren ido a China, así como la posibilidad de aprovechar el muy ambicioso paquete contracíclico de Estados Unidos.

-¿Y la inversión privada?

-Curiosamente, el exceso de liquidez en el mundo permite financiar hoy casi cualquier proyecto. El cielo es el límite. Pero para que esto suceda es indispensable emocionar a los inversionistas privados con certidumbre y capacidad de ejecución hoy ausentes, según dice Alfonso Romo.

Bueno, ya empiezan a llegar los diputados, quita tu gráfica por favor.

-¿Servirá chipilín?

-No, ése está reservado para los grandes contribuyentes.

-Como Limantour.

 
Twitter: @eledece

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