Los periodistas nos debemos a nuestro público. Aunque con frecuencia lo olvidemos, nuestra meta final es —o debería ser— informar a alguien. ¿De qué sirve gritar un teaser al vacío, donde solo habita el silencio?La pérdida sistemática de audiencias y credibilidad en los medios masivos es una alerta global, y México encabeza los focos rojos. El Digital News Report 2026 del Instituto Reuters —el estudio más ambicioso del mundo sobre consumo informativo— documenta que la confianza en las noticias tocó su nivel más bajo en una década: apenas 37% de las personas dice confiar en ellas la mayor parte del tiempo. En México la erosión es una bomba: la confianza se desplomó de 49% en 2017 a 36%, mientras seis de cada diez personas (66%) ya se informan por redes sociales y la televisión, que hace una década dominaba, cayó al 34%. A esto se suma que casi cuatro de cada diez admiten que evitan las noticias porque les afectan el ánimo, y que en nuestro país el 39% ya se informa con creadores e influencers antes que con nosotros.

Quizá no hemos entendido que nuestro trabajo pierde gran parte de su valor si se queda en una caja de resonancia que repite hasta el hartazgo la misma cantaleta incomprensible, condenada a vagar sin un destinatario fijo. Los periodistas estamos empezando a convertirnos en nuestra propia audiencia y olvidamos al público, que debería ser la razón primordial de nuestro oficio.

Para nadie es un secreto que la Cuarta Transformación tiene un corazón que late con sueños de control y autoritarismo, y que a varios de sus cuadros más radicales les encantaría ver un régimen de censura calcado de las dictaduras que admiran: la cubana, la venezolana o la iraní.

Sin embargo, lo novedoso es que ahora sí podrían avanzar considerablemente en su propósito gracias, justamente, al desinterés de la población en los valores democráticos.

La censura, evidentemente, no llegará de la noche a la mañana: el proceso es sutil y sistemático. Genera un efecto de autocontención para inhibir la libre expresión, para reducir la programación noticiosa a la lectura de boletines, las declaraciones de funcionarios y las entrevistas pactadas. Apretar poco a poco.

Y si nos censuran, ¿qué? ¿Saldrá una sociedad iracunda, indignada o contrariada a reclamar por la censura de quien nunca la escuchó? ¿Alguien nos extrañará? Más allá del mentado círculo rojo, ¿a alguien más le importará?

La respuesta incómoda es que quizá no. Y esa —no la 4T— es la verdadera emergencia.

La mejor defensa contra la censura no es una ley ni un amparo: es una audiencia que nos defienda porque nos necesita. Reconquistémosla. Volvamos a explicar por qué es importante algo para nuestra sociedad, volvamos a trabajar para la gente y no para una decadente clase política.

Un periodismo que la sociedad haga suyo no se apaga fácilmente.

El que nadie extraña, en cambio, se apaga solo.

Y de ese silencio no podremos culpar al poder: lo habremos firmado nosotros.

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