El 7 de marzo, doce mandatarios de América Latina y el Caribe acudieron al Trump National Doral, un resort y campo de golf propiedad de Donald Trump en las afueras de Miami, para la inauguración del Escudo de las Américas (Shield of the Americas), una coalición militar enmarcada en lo que la propia Casa Blanca llama la Doctrina Donroe —la versión trumpista de la Doctrina Monroe para el siglo XXI. El encuentro no fue en una sede de gobierno ni en un foro multilateral: fue en un negocio privado del presidente de Estados Unidos. El mismo Doral que será sede del próximo G20.

Asistieron los presidentes de Argentina, Bolivia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, Trinidad y Tobago, y el presidente electo de Chile, José Antonio Kast. No asistieron los mandatarios de las tres economías más grandes de la izquierda latinoamericana: Brasil, México y Colombia.

Trump abrió la cumbre hablando de la guerra con Irán, no de América Latina. Dijo que el mundo había “atestiguado el poder supremo de Estados Unidos”. Bromeó con que no aprendería “su maldito idioma” porque no tenía tiempo. Ofreció misiles a los mandatarios como quien ofrece sobremesa. Mientras tanto, los doce líderes permanecían sentados, sonrientes, esperando su turno para la foto grupal, genuflexos, asintiendo, posando y aplaudiendo.

En México se cuestionó que Sheinbaum no asistiera. Verla sometida al mismo trato que recibieron Milei, Bukele o Asfura —sentada en el club de golf de un presidente que ofrece misiles entre risas y se niega a aprender el idioma de sus invitados— habría enviado una señal de sometimiento total. Habría desarmado cualquier margen de negociación con Estados Unidos, justamente cuando México es su principal socio comercial: 872 mil millones de dólares en intercambio durante 2025, el 15.6% del comercio total estadounidense, por encima de Canadá y de China.

Pero ahora viene Barcelona.

Este viernes, la presidenta viaja a España para participar en la Global Progressive Mobilisation (GPM), lanzada por el presidente del gobierno español Pedro Sánchez y el exprimer ministro sueco Stefan Löfven, con el respaldo de Lula da Silva, y promovida por el Partido de los Socialistas Europeos, la Internacional Socialista y la Alianza Progresista.

A Barcelona acudirán al menos ocho jefes de Estado y de gobierno: Sánchez, Lula, Petro, Orsi, Ramaphosa de Sudáfrica, la primera ministra de Barbados, António Costa como presidente del Consejo Europeo, y Sheinbaum. La plataforma se define como una alternativa a las fuerzas conservadoras y de extrema derecha. Es difícil no pensar en Trump antes que en nadie.

La GPM no es un foro económico, no es una cumbre de inversión, no es una negociación comercial. Es una trinchera ideológica. Lo cual no la invalida, pero obliga a medir las consecuencias.

Si la primera salida relevante de Sheinbaum al mundo se limita a una plataforma ideológica —por legítima que sea—, el riesgo es que resulte más perjudicial que el ostracismo de López Obrador, la presidenta elige bando. Y elige un bando que confronta directamente al vecino con el que México intercambia más de dos mil millones de dólares diarios.

¿Volteará Trump a ver lo que ocurra en Barcelona? Todo indica que sí. Sánchez se ha convertido en el líder europeo más incómodo para Washington en el contexto de la guerra contra Irán. La GPM es, en la práctica, una respuesta articulada al trumpismo global.

No todo México es de izquierda ni progresista. Pero, sobre todo, México es una economía que no puede darse el lujo de que sus relaciones internacionales se limiten a la afinidad ideológica: Ni las de la derecha servil del Doral, ni las de la izquierda simbólica de Barcelona.

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