¿Usted se pondría una playera de apoyo a María Eugenia Campos, la gobernadora de Chihuahua acusada de "traición a la patria" por, supuestamente, dejar que agentes de la CIA desmantelaran un narcolaboratorio? Quizá la playera es demasiado. ¿Colocaría una estampita de apoyo en su coche? ¿Un cartel en su casa?
Independientemente de su respuesta, hoy sabemos que hay mucha gente que sí lo haría. No es la mayoría del país, ni de cerca, pero hay gente que lo haría con gusto y convencida del heroísmo del personaje, más allá del partido al que simpaticen.
Sin embargo, déjeme cambiar la pregunta: ¿Usted se pondría una playera de apoyo a Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa, acusado formalmente por el Departamento de Justicia de Estados Unidos de narcotráfico? ¿Del senador Inzunza, señalado por acoso y violencia sexual en México y también acusado de narco en Estados Unidos?
A menos que usted pertenezca a un sector en extremo fanático del oficialismo, supongo que la respuesta es negativa. Nadie en la 4T está pensando en organizar ninguna marcha en apoyo a los "perseguidos políticos de Estados Unidos", ni la misma presidenta, con todo y su forzada defensa a los sinaloenses vinculados al Cártel, ha puesto las manos al fuego por ninguno de ellos.
En el imaginario, Maru Campos podrá ser una traidora a la patria o una combatiente del narco asociada a Washington, pero en el mismo imaginario Rocha Moya no es ningún inocente. En una se pinta la opción de apoyarla o denostarla; pero en el otro es la maroma o la apuesta al olvido, pero jamás la lucha por su inocencia.
Lo saben bien ya en la 4T: los números comienzan a mostrar un deterioro importante. La encuesta de Enkoll, publicada ayer, registra la aprobación de Sheinbaum en 68%, siete puntos menos que en marzo y el nivel más bajo desde que asumió la Presidencia.
Hace apenas dos semanas, la medición de Lorena Becerra para Latinus fue aún más severa: 59% de aprobación frente al 80% de un año atrás, una caída de 21 puntos, con 68% de los encuestados convencidos de que las cosas se le están saliendo de control. La tendencia es inequívocamente a la baja.
Pero en la desdibujadísima oposición, en el PAN particularmente, hay una locura que raya en la psicosis: ven a la gobernadora de Chihuahua como la nueva salvadora, como el santo grial, portadora de un triunfo que solamente existe en su imaginación.
La estrategia de que la gobernadora decida comparecer ante la FGR en la Ciudad de México en lugar de Ciudad Juárez, donde fue originalmente citada, y de convertir su llegada en un evento azul, parece la primera señal de un panismo que ha despertado de un largo sueño, pero al que aún no le cae el veinte de que todo a su alrededor ha cambiado.
Campos parece más circunstancial, un golpe de suerte que ha crecido gracias al propio oficialismo que olvidó las lecciones del desafuero con López Obrador y Fox hace más de dos décadas.
La gobernadora es popular, poquito realmente aún, muy lejos de ser la efigie opositora, porque es cierto que la 4T puede estar entrando a su noche, pero eso no representa, necesariamente, que la luz haya llegado al PAN.
De Colofón.- Pero mientras la 4T se distrae con el teatro de Chihuahua y la oposición se entretiene fabricando heroínas, un estudio del Center for the Study of Democracy de Sofía —el mapeo de fuentes abiertas más completo sobre la penetración autoritaria en América Latina— revela que el verdadero problema no es si la CIA desmantela narcolaboratorios: es que Rusia, China e Irán ya usan a los cárteles mexicanos como instrumentos de su propia geopolítica.
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