Si algo hemos aprendido en los últimos años es que el orden internacional puede cambiar en una sola semana. Y esta amenaza con ser una de esas. Entre las negociaciones de Estados Unidos con Irán, las tensiones con Israel y una cumbre del G7 atravesada por desacuerdos, las principales potencias llegan a una cita decisiva en medio de una pregunta que hace apenas una década habría parecido absurda: ¿quién necesita más a quién, Estados Unidos a sus aliados o sus aliados a Estados Unidos?
Después de meses de guerra y amenazas sobre el Golfo Pérsico, Donald Trump llega a la reunión del G7 en Francia con un inesperado triunfo político: un acuerdo preliminar con Irán que, si sobrevive a los próximos días, podría aliviar a una economía mundial golpeada por la incertidumbre y los altos precios de la energía. Pero los acuerdos en Medio Oriente rara vez fracasan por falta de firmas; suelen naufragar por exceso de actores.
El documento apenas representa el inicio de una negociación mucho más compleja. Los sectores más radicales dentro de Irán ya denuncian cualquier concesión como una humillación, mientras Israel continúa siendo el factor más impredecible de la ecuación. La historia reciente demuestra que una tregua entre Washington y Teherán no equivale necesariamente a una tregua para la región.
En ese contexto arranca la reunión del G7. Un encuentro que buscará evitar un nuevo espectáculo diplomático después de que Trump abandonara prematuramente la cumbre del año pasado. Incluso la agenda fue diseñada cuidadosamente para minimizar fricciones y mantener al presidente estadounidense en la mesa hasta el final.
Pero lo que se verá en Francia será un Occidente menos homogéneo y mucho más transaccional. Sobre la mesa estarán las diferencias que hoy atraviesan a la alianza: mientras Europa sigue viendo a Rusia como la principal amenaza y reclama mayores garantías de defensa para su seguridad, Washington ha desplazado su atención hacia Irán y China, a la vez que exige que sus aliados asumir una mayor parte de los costos. Y mientras sus líderes intentan ponerse de acuerdo sobre cuáles son las amenazas más urgentes y quién debe asumir el precio de enfrentarlas, sus adversarios observarán con atención las grietas de una alianza que durante décadas pareció indestructible.
Paradójicamente, el principal beneficiario político de esta semana podría ser el propio Trump. Si el acuerdo con Irán se consolida y los mercados recuperan la calma, llegará fortalecido y con argumentos para exigir una mayor alineación de sus aliados. Pero si las negociaciones fracasan o Medio Oriente vuelve a incendiarse, quedará en evidencia el inicio de algo más peligroso: un mundo con alianzas formales, pero vaciadas por dentro. Con tratados que se invocan, pero no se respetan. Donde las normas existen, pero no disuaden.
Por eso, quizá la gran incógnita de esta semana no sea si habrá paz entre Estados Unidos e Irán. La verdadera pregunta es si estamos presenciando una crisis más o el nacimiento de un nuevo orden internacional, uno todavía incierto, todavía incompleto, pero cada vez más visible.
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