Hay viajes que, sin proponérselo, terminan siendo metáforas. El de la presidenta Claudia Sheinbaum a España fue uno de ellos. No por lo que dictó el itinerario oficial, sino por el escenario invisible que lo acompañó: ese territorio literario donde los molinos de viento no son paisaje, sino enemigos inventados.

En Don Quijote de la Mancha, el error no fue la valentía, sino la confusión: ver gigantes donde solo había aspas. Y algo de esa lógica marcó durante años la relación entre México y España. Desde la carta de 2019 que Andrés Manuel López Obrador envió al rey Felipe VI, la diplomacia quedó atrapada en una disputa simbólica donde el pasado se volvió agravio permanente y la historia, campo de batalla. Por eso, el encuentro con Pedro Sánchez no fue menor: cerró, por fin, un frente innecesario. Un molino menos.

El problema es que, mientras se deja de pelear con uno, se levantan otros.

La escena fue Barcelona. La cita: la Reunión en Defensa de la Democracia, un foro que reunió, entre otros, a Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Petro. Una cumbre que, más allá de su retórica, dejó ver las tensiones de un mundo donde la democracia se invoca, pero no siempre se practica de la misma manera.

Porque la presidenta viajó a hablar de democracia en un foro que presume defenderla, justo cuando en México esa palabra se ha vuelto cada vez más elástica: basta ver lo que hoy ocurre con el Instituto Nacional Electoral que enfrenta una reconfiguración que pone en entredicho su independencia; pero no es un hecho aislado, sino el eslabón más reciente de un proceso más amplio donde los contrapesos se han debilitado, las reglas se han cambiado sobre la marcha y el poder se ha ido concentrando. No ha sido un quiebre abrupto, sino un desmantelamiento gradual que conserva la forma mientras altera el fondo, como esos molinos que giran en silencio mientras cambian el paisaje.

La ironía es evidente. Defender la democracia en foros internacionales mientras en casa se debilita no suma legitimidad. Tarde o temprano, ambas narrativas terminan por encontrarse.

A eso se suma el terreno más resbaladizo: el de las afinidades ideológicas. En una cumbre de gobiernos afines, México se mueve en una línea donde la llamada política de no intervención se vuelve selectiva: se invoca para justificar silencios y se flexibiliza cuando conviene fijar postura. Así, deja de ser un principio y empieza a parecer coartada.

Mientras tanto, el vínculo más determinante para el país sigue estando al norte. La relación con Estados Unidos no es ideológica, es estructural. Y en ese tablero, cada gesto cuenta. Participar en bloques que confrontan abiertamente a Washington puede leerse no como afirmación de soberanía, sino como una apuesta de alto riesgo en un momento especialmente delicado, con la revisión del T-MEC en el horizonte.

Así, la política exterior mexicana se mueve entre molinos. Algunos heredados, como el conflicto con España; otros construidos en tiempo real, como las tensiones con sus principales socios o la ambigüedad frente a ciertos regímenes autoritarios. La diferencia es que los primeros eran fáciles de desmontar. Los segundos no.

Al final, el Quijote perdió su última batalla… y solo entonces recuperó la cordura. México aún no tiene que llegar a ese punto. Todavía está a tiempo de distinguir entre gigantes reales y enemigos inventados, entre principios y complicidades. La pregunta es si lo hará a tiempo… o si esperará, como el hidalgo, a que la realidad se imponga por la fuerza.

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios