¿Cómo se ve una sociedad en decadencia?
Probablemente se parece bastante a esto.
Un país donde el crimen cobra impuestos mediante la extorsión, recluta jóvenes, despoja propiedades, controla territorios y mueve cantidades industriales de combustible mientras el Estado parece incapaz de detenerlo.
Un país con más de 120 mil desaparecidos y decenas de homicidios cada día, pero donde la Presidencia encuentra tiempo para investigar quién critica al gobierno en redes sociales, exhibir periodistas y discutir cómo deben comportarse los medios para “proteger” a sus audiencias.
Un Estado que pierde el control de aquello que debería controlar mientras intenta controlar aquello que debería ser libre.
Lo vemos todos los días, lo escuchamos, lo documentamos y, sin embargo, cada vez nos sorprende menos. Algo cambió en México. Ocurrió hace relativamente poco y todos podemos sentirlo, aunque todavía nos cueste ponerle nombre: la sensación de que el país se nos está saliendo de las manos. De que el deterioro avanza más rápido que nuestra capacidad para comprenderlo y cada semana aparece una nueva señal de que aquello que alguna vez habría sido excepcional empieza a formar parte del paisaje.
Por ejemplo, en días recientes todo esto ocurrió en México mientras la Presidencia estaba ocupada hablando del “chayote” y de los medios que la critican: 15 mil 311 víctimas de despojo en apenas seis meses; refinerías clandestinas operando a escala industrial; policías en Tabasco manifestándose para exigir salarios dignos; víctimas de extorsión protestando afuera de un penal para pedir que detuvieran las llamadas que salían desde su interior; y Michoacán reforzando la seguridad después de que Estados Unidos retiró a sus inspectores del aguacate, no después de años de reclamos de quienes viven ahí.
No resolvemos una crisis antes de entrar en la siguiente. Las acumulamos.
Y en medio de esa acumulación ocurre algo todavía más grave. El Estado comienza a renunciar a su razón de ser y, cuando rendir cuentas deja de ser una obligación, desaparece también el costo de no hacerlo.
Ahí comienza el cinismo.
El poder puede ofrecer explicaciones absurdas porque ha dejado de preocuparse por su credibilidad. Puede decir una cosa y después la contraria. Proclamar libertad de expresión mientras ataca periodistas. Presentarse como defensor de las audiencias mientras oculta información de interés público. Decir que no discrimina medios y explicar acto seguido cuáles reciben dinero y cuáles no. A veces el poder se exhibe solo. Solo hay que dejarlo hablar.
Pero la decadencia de una sociedad no puede explicarse solamente por el cinismo de sus gobernantes. Para que exista un político corrupto y cínico tiene que existir también una sociedad dispuesta a tolerarlo.
Y así, poco a poco, el cinismo cambia de manos.
Se necesita mucho para llevar a una sociedad hasta ese punto. El deterioro comienza con comodidad, complacencia o indiferencia. Avanza lentamente hasta que empieza a acelerarse. Lo excepcional se vuelve frecuente, lo escandaloso cotidiano y, finalmente, una sociedad puede terminar convertida en una parodia de sí misma.
Entonces llega el absurdo.
Un Estado que renuncia a sus obligaciones más elementales mientras exhibe, ya sin pudor, su veta más autoritaria. Y del otro lado, ciudadanos que empiezan a contemplar su propio deterioro con la misma dosis de cinismo: observan, se indignan por momentos, ironizan y esperan el siguiente escándalo.
Hasta que el absurdo deja de parecernos absurdo.
Una sociedad no puede permanecer indefinidamente en ese estado. La escalada del absurdo termina convirtiéndose en un punto de inflexión: o encuentra la manera de corregir el rumbo o continúa avanzando hacia su descomposición.
Lo que no puede hacer para siempre es quedarse en el limbo.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

