Un evento como el Mundial de fútbol permite un desahogo de mil frustraciones. Hay algo que sale en cada grito de gol y en la euforia colectiva. Son gritos catárticos. La palabra katharsis se usaba desde Grecia para hablar de limpieza o purga. Implica la purificación de emociones intensas a través de una experiencia colectiva. Esta vez hubo catarsis en los estadios, pero mucha más en las calles inundadas de gente que hizo de todo, se apropió de la ciudad, de los monumentos y hasta de la lluvia.

En Aztlán estuvieron borradas las fronteras. Deidades escandinavas dialogaban con Tláloc con el grito en el remo vikingo, Tláloc hacía su propia catarsis en el cielo capitalino que fue el espacio en el que la gente era lanzada por los aires con el coro de “quiere volar”. Volaron coreanos, alemanes, sudafricanos, ingleses y la fiesta se armó a partir de la mínima provocación. En realidad, nunca hemos necesitado de muchos pretextos para despertar nuestro ánimo festivo, pero el Mundial es un mega aliciente.

La catarsis derivada de la fiesta no nos viene mal en una sociedad ayuna de glorias. Hacen falta alegrías, aunque sean efímeras, que vengan con los pases de Morita, con los paradones del Tala o en los goles de Quiñones, quien guiado por Chavela, ostenta su mexicanidad a los cuatro vientos.

En la euforia mundialista se refuerzan las nacionalidades pero, al mismo tiempo, se crea un amasijo en el que es irrelevante el color de la piel, el idioma y el origen. Nación, nacionalidad, patria, patriotismo se vuelven términos relativos. Las migraciones sobre todo de África a Europa cambiaron la composición de las escuadras. Parecería que las habilidades en la cancha pueden, finalmente, terminar con la discriminación ancestral, pero no. Esta se sigue dando dentro y fuera de la cancha. La FIFA tuvo que crear un nuevo símbolo para denunciarla poniendo los antebrazos cruzados sobre la cabeza. Tuvo que incluir la tarjeta roja de expulsión para un jugador que se acerca a otro con la mano sobre la boca porque puede que, al cubrirse, busque evitar que se le lean los labios.

En ya lejanos tiempos, nuestro Hugo fue discriminado en España. Él respondía con goles. Así lo hacen las grandes estrellas. En cada casa, en cada escuela, en cada espacio de juego varios de los grandes jugadores o sus familias todavía han experimentado actos de racismo. No son cosa del pasado. Emergen con gran facilidad y desde el fondo del alma. Ahí está el ejemplo de la senadora paraguaya Celeste Amarilla y sus ataques a Mbappé. Después de borrar sus posts, todavía le exige disculpas e inventa una falsa violencia de género. Ella misma, que estudió en escuela francesa, reconoce haber sido discriminada por ser mestiza.

El Mundial se va, pero deja su impacto en el tiempo. El mensaje más potente que un disparo de Haaland es el que queda en las infancias. Lo que ellas y ellos registran, lo que les queda de propósito y meta, lo que van a repetir y lo que no. Con sus ojos siguen las jugadas, pero su mente es permeable al ambiente completo de su casa y fuera de ella. El Mundial tiene efectos catárticos en el mundo adulto, pero también deja profunda huella en niñas y niños que aprovechan para renovar sus sueños. Es con ellas y con ellos que hay que seguir trabajando en el mundo deseable que, con tanta frecuencia, a los adultos se nos va de las manos.

Catedrática de la UNAM @leticia_bonifaz

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