De la exclusión a la paridad

Leticia Bonifaz Alfonzo

Esta semana estuvo colmada de conmemoraciones en el 68 aniversario del voto de la mujer en México. Llegamos a esta fecha con paridad en el Congreso de la Unión después de una larguísima lucha.

¿Por qué las mujeres estuvimos excluidas de los espacios de toma de decisiones? Porque los hombres decían que no estábamos preparadas para hacerlo, porque no estábamos informadas ni capacitadas. Lo decían los mismos que habían negado el derecho a la educación a las mujeres. Lo público era el espacio del hombre y lo privado el ámbito de la mujer. Ahí podía reinar y ser dueña y señora. Traspasar los límites era una afrenta.

De mujeres excepcionales y asiladas, el movimiento sufragista comenzó a ser plural y de masas. En él participaron algunos hombres que hoy llamaríamos aliados. Nueva Zelanda fue el primer país en otorgar el derecho al sufragio en 1893. Le siguieron los países escandinavos.

En México, una mujer excepcional, ha sido identificada como la primera que trajo a la discusión pública el tema del sufragio. Se trata de la guerrerense Laureana Wright, hija de estadounidense y mexicana. Su espacio de difusión fue la revista Violetas del Anáhuac a la que se sumaron otras mujeres, principalmente maestras.

Formalmente, el derecho al sufragio aparece en las demandas del Congreso Feminista de Yucatán en 1916. A finales de ese mismo año, se reunió el constituyente en Querétaro y, aunque no hubo constituyentes mujeres, la interpretación de Hermila Galindo iba en el sentido de que, si el derecho se otorgaba a los mexicanos, en el genérico estábamos incluidas las mujeres. Por ello, participó como candidata a diputada —sin lograr el triunfo— en un distrito de la capital de la República. Nadie le impidió participar y con ello parecía que la interpretación de Doña Hermila era compartida por las autoridades electorales de entonces. La yucateca Elvia Carrillo Puerto fue diputada local en 1923 y la chiapaneca Florinda Lazos León en 1926. Aunque parecía que el camino estaba abierto, una interpretación gramatical la cerró. Por ello vino la solicitud al General Cárdenas de que expresamente se pusiera en la Constitución que la mujer mexicana tenía derecho al voto. La reforma constitucional se frenó en el último momento y el movimiento sufragista mexicano sufrió un revés del que tardó en reponerse.

Margarita Robles de Mendoza insistía en que no era necesaria la reforma constitucional y que, con una interpretación abierta, se podía permitir que las mujeres votaran. En una entrevista narrada por ella misma, hace constar que el Presidente Portes Gil coincidía en el punto. El resto ya lo sabemos: el derecho se fue otorgando poquito a poquito con la reforma a nivel municipal de Miguel Alemán y después para todo el país con Ruiz Cortines.

Aunque el derecho se otorgó y las mujeres comenzaron a participar desde 1955, el número de candidatas era escaso y aunque con los años comenzó a incrementarse, se llegó a un punto en el que hubo que considerar acciones afirmativas, después cuotas y, al final, las reglas de paridad que hoy tenemos.

Pareciera que ya llegamos adonde queríamos después de esfuerzos de generaciones empujando y pasando la estafeta; sin embargo, todavía hay actitudes de menosprecio de las capacidades y de presencia del soterrado “pacto patriarcal” que, como el dinosaurio de Monterroso, sigue ahí. Es mucho lo avanzado, sin duda, pero no es momento de bajar la guardia.
 

Experta Comité CEDAW/ONU.
@leticia_bonifaz

 

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