La (posible) decisión de adelantar el fin del ciclo escolar en México para acomodar el calendario del Mundial de 2026 es un error grave. No se trata de un ajuste administrativo cualquiera. Es, en los hechos, la cancelación de semanas enteras de aprendizaje en un país que no puede darse ese lujo.
México arrastra décadas de rezago educativo. Los resultados académicos son insuficientes, la desigualdad educativa es brutal y millones de jóvenes abandonan la escuela antes de concluir sus estudios. En ese contexto, cada día de clase importa y cada semana en el aula representa una oportunidad —a veces irrepetible— de corregir carencias. ¿Por qué, entonces, sacrificar semanas enteras de aprendizaje para acomodar un evento deportivo?
El argumento del gobierno es revelador. Se habla de logística, de temperaturas extremas y de movilidad, pero el hecho esencial permanece: se alterará el calendario escolar nacional para facilitar la organización de un Mundial que se jugará en tres ciudades en detrimento de miles de municipios y millones de niños. Sugiere que el tiempo educativo es flexible, negociable, reducible, que la escuela puede adaptarse a cualquier prioridad coyuntural, incluso en un país donde la educación debería ser prioridad absoluta. ¿Hay peor señal?
Pero el problema no es solo académico. Para millones de familias mexicanas, la escuela cumple también una función elemental de cuidado. Es el lugar donde los hijos están mientras los padres trabajan, una estructura de protección cotidiana sin la cual la vida económica de millones de hogares simplemente no funciona. Al cerrar las aulas semanas antes de lo previsto, el Estado no solo interrumpe el aprendizaje: traslada un problema inmenso a las familias.
¿Quién cuidará a los niños durante esas semanas adicionales? ¿Con qué recursos? ¿Con qué tiempo? La respuesta, para demasiados mexicanos, será inescapable: nadie. Habrá padres obligados a faltar al trabajo, familias que perderán ingresos y niños solos en casa durante jornadas enteras. Y claro: habrá menores que terminarán incorporándose a actividades laborales informales en un país donde el trabajo infantil sigue siendo una realidad.
Todo esto ocurre, además, con una improvisación alarmante. Al final, la ocurrencia revela uno de nuestros problemas más profundos: los gobiernos desenmascaran sus prioridades en lo que están dispuestos a sacrificar.
Desde hace tiempo ha quedado claro que la deuda en educación de calidad será uno de los legados más amargos de este proyecto de gobierno. En el fondo, se trata de un atentado contra las posibilidades de desarrollo de millones de mexicanos, justo en el momento en que la inteligencia artificial redefine —y amenaza— el futuro del trabajo. Que en ese contexto el gobierno opte por recortar el calendario escolar no solo es un error: es una decisión incomprensible.
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