Han pasado casi seis años y Donald Trump todavía no acepta que perdió la elección de 2020. La noche del jueves, desde la Casa Blanca, volvió a utilizar un discurso en horario estelar para prometer una revelación definitiva sobre el supuesto fraude electoral. Anunció que presentaría evidencia. Lo que hizo fue algo muy distinto: mintió, tergiversó, confundió datos con votos, sospechas con pruebas, vulnerabilidades hipotéticas con manipulación real. E hizo daño (él sí) a la democracia de su país.
La verdad sigue siendo la misma de siempre: no hay evidencia de fraude masivo en 2020. No hay evidencia de que China haya cambiado votos. No hay evidencia de que una potencia extranjera haya manipulado la tabulación. No hay evidencia de que las máquinas hayan alterado el resultado. No hay evidencia de que millones de votos ilegales hayan decidido la elección.
No hay evidencia.
Lo que sí hay es un presidente dispuesto a repetir una mentira que ya fue derrotada en todos los terrenos posibles: en las urnas, en los tribunales, en los recuentos, en las auditorías y en las evaluaciones de su propio gobierno. Trump habló de China, pero una cosa es que existan datos públicos de votantes y otra, muy distinta, que alguien haya fabricado votos o cambiado resultados. Eso no ocurrió. Habló de máquinas, pero no presentó evidencia de que las máquinas hayan cambiado votos. Habló de interferencia extranjera, pero no presentó evidencia de que una potencia extranjera haya alterado el resultado electoral.
Entonces, ¿qué hizo realmente?
Hizo lo que ha hecho desde 2020: sembrar sospecha, construir una coartada, preparar el terreno para desconocer cualquier resultado que no le convenga en 2026 o en 2028. Para Trump, la democracia sólo funciona cuando él gana. Si gana, el sistema es perfecto. Si pierde, hubo fraude. Si pierde, hubo conspiración. Si pierde, hubo China, Venezuela, máquinas, votos falsos, jueces corruptos, medios enemigos. Siempre hay un culpable.
El discurso no fue una defensa de la democracia estadounidense. Fue otro ataque contra ella. Y también fue una advertencia: quien todavía no acepta que perdió hace casi seis años está preparando el argumento para no aceptar la próxima derrota. A final de cuentas, una democracia condicionada al capricho de un solo hombre deja de ser democracia.
Es el reflejo autoritario: no defender la democracia, sino condicionar su validez a la victoria propia. Y nosotros en México lo conocemos bien.
Periodista. @LeonKrauze

