El viernes pasado, el Centro de Control y Prevención y Enfermedades de Estados Unidos (CDC) comenzó a sugerir el uso de mascarillas como método auxiliar de prevención contra el contagio de coronavirus. En su conferencia de prensa diaria, el presidente de Estados Unidos avaló la recomendación, aunque, fiel a su costumbre, dijo que él no pensaba utilizarlas. Varios sitios en Estados Unidos han adoptado medidas similares para tratar de achatar la curva de contagio. En Los Ángeles, la segunda ciudad más grande del país, el alcalde Eric Garcetti aprovechó una de sus conferencias de prensa para demostrar la manera correcta de colocarse el cubrebocas.

Estados Unidos no es el único país en recomendar el uso de mascarillas como medida auxiliar de prevención. El doctor George Gao, que dirige el equivalente chino del CDC estadounidense, ha dicho que las mascarillas pueden ayudar a prevenir el contagio, sobre todo en la interacción con pacientes asintomáticos. Durante la epidemia, el gobierno chino, que ha logrado reducir la curva de contagio a base de medidas muy severas, estableció lineamientos claros: incluso aquellas personas con bajo riesgo de infección deben procurar cubrirse nariz y boca, aunque sea con mascarillas de tela. Para aquellos expuestos a sitios públicos donde la densidad es mayor, el gobierno chino recomienda el uso de mascarillas desechables. En Corea del Sur, uno de los países que ha tenido más éxito en su lucha por controlar el número de contagios, el uso de mascarillas en público se ha vuelto mucho más frecuente. En un sondeo reciente, 70% de los surcoreanos dijo haber adoptado su uso durante la epidemia.

El viernes pasado, el doctor Hugo López-Gatell se refirió al uso de mascarillas. Ofreció el contexto reciente en algunos países y advirtió de los límites de su uso como medida única de prevención. También apuntó el riesgo de que la población agotara las mascarillas quirúrgicas profesionales, que resultan indispensables para el personal de salud que entra en contacto con el virus. Todo esto es verdad. El riesgo de desabasto es un problema real, tanto así que varios gobiernos han tenido que racionar la comprar de las mascarillas o recomendar el uso de cubrebocas hechos de otros materiales. Está claro también que las mascarillas no son, por sí solas, un mecanismo de prevención que invalide, por ejemplo, las recomendaciones de “sana distancia” ni mucho menos de cuarentena. Lo que sí son es una medida auxiliar, una barrera más contra el virus. Al final de su explicación, el propio López-Gatell reconoció esa posibilidad e incluso sumó una recomendación específica para México. “Si está la ciudadanía en posibilidad de fabricar sus propias mascarillas – de hecho, así lo formuló como recomendación el Centro de Control de enfermedades de Estados Unidos – puede ser un elemento auxiliar de la prevención”, dijo.

Así que está claro: siempre y cuando su compra y uso no afecte el abastecimiento de mascarillas quirúrgicas para profesionales de la salud, la ciudadanía haría bien en usar cubrebocas en público, sobre todo la población en mayor riesgo de contagio o en situaciones de alta densidad. A falta de mascarillas profesionales, es posible utilizar otro tipo de cubrebocas, incluso de fabricación casera. Las mascarillas no eliminan la necesidad imperiosa de mantener distancia entre nosotros ni tampoco permiten andar por el mundo como si nada, ignorando las recomendaciones de cuarentena. Son una medida auxiliar de prevención valiosa y necesaria.

Todo esto, que es tan claro y demostrable desde la evidencia, avalado por autoridades de salud en México y el extranjero, ha provocado un debate destemplado en redes sociales. El viernes pasado publiqué una pregunta en Twitter sobre el uso de mascarillas en México. Las respuestas merecen una antología. Algunos me acusaron de malinchista por atreverme a mencionar las recomendaciones de la autoridad sanitaria en Estados Unidos, como si la CDC estadounidense fuera el único organismo en adoptar la recomendación de uso de mascarillas. Algunos en esa curiosa generación de jóvenes tuiteros sicofantes que han suspendido desde hace tiempo su capacidad de pensamiento crítico para defender al gobierno (triste destino), interpretaron mi duda pública como un desafío directo al proyecto gubernamental o a la autoridad de López-Gatell en particular, como si preguntar implicara sabotear. Hubo quien llegó al demente extremo de sugerir que una pregunta en Twitter sobre mascarillas durante una pandemia era en realidad una conspiración, parte de una aviesa campaña para debilitar a López Obrador. A tal grado hemos enfermado de polarización política que una pregunta es en automático una crítica y una crítica es necesariamente sinónimo de oposición o, peor aún, parte de un complot golpista.

Es una locura, claro, pero también es una lástima, y más en estos momentos. Nadie desea que Hugo López-Gatell o el presidente López Obrador se equivoquen en su diagnóstico de los alcances de la enfermedad y nuestras medidas de prevención. Todo lo contrario. México enfrenta un desafío cuya enormidad aún se nos escapa. El reto económico que vendrá después complicará el panorama mucho más. Para aminorar sus efectos, vale la pena adoptar todas las medidas de prevención, incluidas las mascarillas. Hágalo, querido lector. Y dejemos las teorías de la conspiración, con toda su frivolidad, para un momento de menor urgencia.

Google News

TEMAS RELACIONADOS