El acto inaugural del Mundial 2026, el 11 de junio, convirtió a México en el epicentro de una pasión que congrega a más de la mitad del planeta: se estima que la final de este torneo será vista por más de 1,500 millones de personas en más de 190 países, mientras que los 48 partidos disputados en las tres naciones sede —Estados Unidos, Canadá y México— acumularán una audiencia televisiva superior a los 5 mil millones de espectadores. Un evento de esta magnitud es también un espacio de amplia proyección donde la política global se filtra entre las gradas y los reflectores.
El Mundial ofrece a México la oportunidad de proyectar su riqueza cultural, su vocación hospitalaria y la solidez de sus instituciones. No obstante, también atrae a actores interesados en capitalizar la atención internacional: desde movimientos sociales legítimos hasta grupos de presión cuyas agendas se ocultan en la marea de la protesta. La experiencia reciente de América Latina muestra que en Brasil 2014, el país organizó un Mundial aplaudido en lo deportivo, pero que se utilizó también para afectar la imagen del gobierno del Partido de los Trabajadores al exterior.
Hoy, México vive movilizaciones gremiales y sociales legítimas que expresan demandas justas; sin embargo, algunas son amplificadas —y en ocasiones distorsionadas— por grupos opositores al proyecto de transformación encabezado por la Presidenta de la República. En el contexto del Mundial, estas tensiones adquieren mayor visibilidad. El propósito al exaltar estas demandas es generar una narrativa de inestabilidad que, frente a las agencias internacionales y los mercados, adquiera un costo político para el gobierno de México.
Días previos a la inauguración de la Copa Mundial de Fútbol, se localizaron 59 artefactos explosivos en un autobús que trasladaba personas hacia la Ciudad de México que participarían en una manifestación. Estos sucesos pretenden orillar a las autoridades federales a adoptar medidas de contención, para proyectar, ante la opinión pública internacional, una imagen de uso de la fuerza que afecte el desarrollo y la percepción del evento deportivo y por supuesto la imagen del gobierno.
Ante ello, la titular del Ejecutivo Federal ha establecido una postura determinante. En sus conferencias matutinas ha reiterado: "No habrá represión” y además ha delineado una estrategia basada en diálogo para atender las demandas. Es clara la autoridad moral ejercida por nuestra Presidenta, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, quien ha actuado con prudencia política, diálogo institucional y contención sin estigmatización.
Desde el Legislativo hemos acompañado esa postura, el 10 de junio todas las fuerzas políticas con representación en la Comisión Permanente del Congreso de la Unión firmamos un Acuerdo que incluye el compromiso de abstenerse de cualquier declaración que incite a la confrontación, y el exhorto a las autoridades federales y locales a garantizar los derechos de manifestación sin afectar el desarrollo del torneo.
El Mundial es una competencia deportiva y una ventana al mundo. La respuesta a las peticiones genuinas no consiste en cancelar las protestas ni en militarizar las calles, sino en mostrar que nuestras instituciones son robustas para convivir con el disenso. La grandeza de una nación se mide por su capacidad para celebrar en paz mientras resuelve su agenda interna con diálogo. Cuidemos esta fiesta deportiva. Cuidemos a México.
Presidenta de la Mesa Directiva del Senado

