La esperanza, a la mitad del camino

Korina Bárcena

No habrá inflación que alcance a provocar el más ligero rasguño al ego del Presidente

Podríamos criticar al Presidente por reunir a 250 mil personas sin medida alguna de sanidad, o cuestionar el transporte y alimentación de los asistentes con cargo al erario de alcaldías y estados, muy al estilo de los mejores tiempos del neoliberalismo. Si analizamos todas las palabras usadas para celebrarse y anunciar logros venideros, encontraríamos mil formas distintas de despreciar su mitin, pero no seríamos justos; no se trata del primer evento que reunió multitudes durante la pandemia, y tampoco sería la primera vez que un presidente lanza palabreríos sin sustento.

Somos hipócritas al criticar el evento del Presidente y callar ante el GP de la Fórmula 1, el Corona Capital o cualquiera de los conciertos que ya se celebran en todo el país. Seríamos muy hipócritas y de pobrísima memoria al creer que Andrés Manuel es el único que miente, el único que agrede, el único que falla.

Es imposible ignorar el pasado remoto y el pasado reciente de nuestro México; los deseos de veneración no han sido exclusivos del líder de la 4T. ¿Que sus mensajes son los más peligrosos por abrazar a la delincuencia y provocar polarización?, no lo creo. Antes que él, otros ya nos dividieron y negociaron con la delincuencia; las palabras del Presidente están lejísimos de ser el discurso de un villano que busca destruir al país, como algunos sugieren; las de Andrés Manuel son palabras cercanas a la verdad y transparentan sus anhelos. Se trata del discurso de un hombre realmente convencido de ser el salvador del pueblo mexicano, convencido también de poseer un poder no terrenal que le ilumina para enfrentar adversidades sin planificación, herramientas ni técnica, merecedor de un lugar en el altar de las más lustradas figurillas de bronce de los héroes mexicanos.

Pero al escucharle la tarde del 1 de diciembre y todas las mañanas, resulta imposible recordar que, en el pasado, un sistema neoliberal y corrupto forjó las instituciones de Salud pública que hoy atienden a los mexicanos, en el que más de 1 millón de trabajadores del sector Salud combaten con muy poco, mas que sus manos y conocimientos, al virus mortal que mantiene en alerta al mundo; también fueron los “conservadores” los que dieron forma al sistema educativo mexicano nacido después de la Revolución, a través del cual 1.7 millones de profesores, con mucha vocación, mantienen en funciones más de 190 mil escuelas públicas en todo el país, y sí, casi la totalidad de carreteras y puentes de nuestro país fueron construidas por el mismo régimen podrido y corrupto, carreteras por las que se mueven alrededor de mil millones de toneladas anuales de mercancía y 96% de los pasajeros del país; la empresa que lleva energía a los hogares mexicanos antes ya fue dirigida por otros pillos, Bartlett no es el primero; sin embargo, son 84 años de electricidad para México.

Las instituciones NO son sus directivos, son los trabajadores los que les dan vida, el país NO es ANDRÉS MANUEL y el pueblo NO es Morena ni fue PRI o PAN. El pueblo no es bueno o malo, el pueblo es libre, libre de decidir por quién vota y cómo califica su desempeño.

A la mitad del camino, el Presidente convocó a sus fieles a celebrar la victoria irreversible, la victoria de la felicidad sobre los indicadores y mediciones globales.

Y visto así, no habrá inflación que alcance a provocar el más ligero rasguño al colosal ego del Presidente. No nos alcanzarán los muertos por Covid, colgados, decapitados y desaparecidas; tampoco los 3.8 millones de nuevos pobres y no serán suficientes los niños con cáncer sin medicamento para que al Presidente se le encienda la maravillosa chispa de la duda y, con ello, eche un ligero vistazo a los indicadores que, en todo el mundo, se utilizan para medir el desempeño de los gobiernos.

A la mitad del camino, el futuro esbozado en números es muy distinto al que dibujan las palabras, pero es el gobierno de la esperanza... y esa no podemos perderla. 

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