Con perplejidad hemos sido testigos de un cambio que añorábamos y que votamos, pero que no magnificamos, y es que aunque hayamos leído u oído del “eterno retorno” no ha permeado en nuestro entendimiento del mundo y su evolución, la concepción de la vida como un proceso de patrón recurrente en el que suponemos la línea del tiempo corre como un espiral, repitiendo conductas que, aunque en circunstancias distintas, sigue los pasos del proceso anterior.

El Antiguo Testamento, Séneca, Polibio, Nietzsche o Maquiavelo, “riduzione ai principi”, plantean una teoría interpretativa de la historia universal que contempla rasgos generales de las civilizaciones y sus respuestas a estímulos.

El historiador británico Arnold J. Toynbee plantea que todas las civilizaciones (como origen de las naciones), después de su nacimiento, viven una etapa de crecimiento, caracterizada por la división de la sociedad. La mayoría no creadora constituye una masa impresionable que sigue por mímesis la senda de los líderes, pero es el estímulo y respuesta el que promueve el ascenso o declive de las sociedades. La fuente de acción está en los individuos que forman una minoría creadora, la cual difunde sus hallazgos al conjunto de la sociedad. Según Toynbee, las civilizaciones pueden colapsar al perder la capacidad de respuesta ante nuevos estímulos, dando paso al dominio de una minoría despótica que buscaría corregir la situación con recursos caducos o inútiles, recurriendo a la búsqueda radical de una utopía o el regreso a la situación previa a la crisis.

Atendiendo la concepción filosófica de los periodos cíclicos, absolutamente nada de lo que ha sucedido desde diciembre de 2018 debería sorprendernos. No necesitamos ganar el desprecio del Presidente por tener maestría o doctorado para hacer un breve repaso a la historia que nos demuestra que el Mandatario no es un enviado divino ni cumple profecías mesiánicas, simplemente viaja con la inercia del ciclo de la vida política del país.

Prueba de ello fueron las pasadas elecciones, ejercicio democrático que ha golpeado directo en el corazón de su movimiento, que, como advierte la bitácora del poder, caería en la basiquísima trampa del espejismo de la inmortalidad.

Como candidato, la constante referencia a Benito Juárez era casi tan atractiva como el oaxaqueño en los libros de texto de la SEP, pero siempre fue una advertencia. Al convertirse en Presidente, sus decisiones fueron trazando el camino del líder que en la fascinación por el poder a menudo cruza esa delgada línea que separa a la razón del resto de los delirios, emociones, aficiones y vaguedades que conforman nuestra psique; cayendo en un egocentrismo desmesurado acechado siempre por la manía persecutoria; todos ellos, rasgos que definieron a otros líderes mundiales.

Los resultados electorales de la Ciudad de México y la Cámara de Diputados muestran un movimiento importante en el ciclo del obradorismo; al convertirse Morena en el partido político que perdió más alcaldías y escaños, no es difícil imaginar que la manzana que madura primero, también cae primero.

Democráticamente, los habitantes de la Ciudad de México han sido los primeros en saltar a la izquierda, y tras 25 años de relación la han roto abruptamente, dejando al partido del Presidente con la mitad de las alcaldías. A otro ritmo como en todo, los estados que mantienen gobiernos priistas o panistas se han dejado seducir por la esperanza y han dado su primera oportunidad a Morena.

La capacidad de respuesta de la sociedad mexicana es la que definirá la longevidad del ciclo del obradorismo en México, porque una vez en movimiento, lo seguro es que regresa al origen.

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