Los mexicanos somos así: arrojados y valientes. Nuestro rostro al mundo es la celebración, el jolgorio y la alharaca. Llegó el fin de año con sus fiestas y ¿qué hicimos?, pues lo abrazamos, lo viajamos, lo brindamos, y todo lo hicimos con los ojos cerrados. Voluntariamente, decidimos no ver la inminente llegada de la cuarta ola de la pandemia y, sin resistencia, abrimos las puertas de nuestros hogares a ómicron el omnipresente, como si se tratara de una estrategia de entrega rápida, de esas que tienen como objetivo no combatir, no retrasar el dolor.

Podríamos buscar, y tal vez encontrar, muchas justificaciones al comportamiento autodestructivo de un pueblo que entierra la tragedia, pero emerge, y sin desarrollar nuevas herramientas que lo fortalezcan se muestra dispuesto a enfrentar el porvenir. Pero ¿de qué forma podríamos entender al líder?, el  más humanista, moralista, indigenista, amoroso, el luchador social, el protegido del pueblo y casi líder espiritual, que en toda oportunidad menosprecia el peligro, el sufrimiento y la muerte. La mentira pública se  podría justificar con la estupidez, la estupidez con una condición innata, pero el arrogante desprecio por el dolor ajeno no tiene justificación que alcance indulgencia, y va más allá de toda pillería.

Encontrar oportunidad política en lo que marcaría la diferencia entre vivir o morir para una población desvela la más oscura de las ambiciones. La autoridad manejó los tiempos de la vacunación de forma obvia y cruel, dando sustento a aquella primera y desconcertante frase “como anillo al dedo”. Sí, así fue como le cayó la pandemia a la 4T.

Oscilando entre lo absurdo y el sosiego, el secretario y subsecretario de Salud montaron, condujeron y conducen, una estrategia de la que nunca quedó claro el objetivo. No sabemos si se buscó frenar contagios o acelerar el contagio de la población, reducir víctimas mortales o dejar a los pacientes a la selección natural, no afectar a la economía del país o también someterla al proceso evolutivo explicado por Darwin.

Lo que sí sabemos es que el resultado de la estrategia que se perfeccionó durante dos años es de casi medio millón de mexicanos muertos, de acuerdo con el registro del Inegi, y miles de negocios en la quiebra. Claro que la pandemia no es culpa de la autoridad; sin embargo, tenemos la certeza de que la cuarta ola no es un fenómeno natural imprevisible; se trata del comportamiento de una pandemia originada hace 25 meses a más de 13 mil kilómetros de México, que se expandió primero en Asia y Europa. Por lo tanto, esta vez, como la primera, hemos tenido la valiosísima ventaja del tiempo; la crisis sanitaria dejó de ser un desastre mundial para convertirse en una batalla y, en toda batalla, los mejores aliados son el tiempo y la estrategia. En 2020, por meses fuimos espectadores de los aciertos y errores en los que cayeron Italia, España y otros países; seguimos día a día la crónica de la fatalidad, anunciando su llegada a América, y no hicimos más que perder el tiempo; luego perdimos conocidos, amigos, abuelos, padres, changarros y hubo quien lo perdió todo.

Ómicron nos ha encontrado más pobres, más cansados, más enfermos, pero VACUNADOS, y justo eso cambiará la escalofriante cifra de mortalidad.

Estamos a tiempo de combatirlo, y aunque no hay fórmula infalible, los expertos sugieren más vacunados, más cubrebocas, más ventilación en espacios cerrados para actividades imprescindibles, más pruebas Covid, más conciencia y menos basura mañanera.

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