Don Raúl, mexiquense de 59 años, y su esposa Zoyla, de 50, también oriunda del Estado de México, tenían tres años viviendo en la azotea de un edificio de Polanco. Dormían en un cuartito sin ventanas de tres por dos metros y medio, con una cama y una pequeña repisa como único mobiliario posible en ese diminuto espacio. El hombre, portero del condominio, desfallecía: en el oxímetro saturaba un inaudito 29% de oxigenación, cuando lo normal es tener arriba de 90%.

El video de ese día, que todavía conservo, marca que eran las 16:57 del 9 de julio del 2020 cuando llegué al lugar acompañando a tres paramédicos. Poco antes, en la radio de la ambulancia de la Cruz Roja, escuchamos que había un código blanco, una emergencia por un enfermo Covid-19. Eso buscábamos.

Don Raúl, que ya casi no hablaba, tenía tres días sintiéndose muy mal hasta que, ante la insensibilidad de sus patrones, y desesperado porque apenas conseguía respirar, le rogó a su mujer que pidiera auxilio. No lo había hecho antes porque en la tele, narraba su esposa, “Gatell” había dicho desde meses atrás que la gente no debía saturar los servicios médicos. Que nadie fuera a los hospitales salvo en caso de emergencia. Muy tarde. Don Raúl, sentado en el borde de la cama, siempre mirando hacia el piso, jadeaba incesantemente. Intentaba extraerle un pedazo de aire a la vida. O a la muerte.

-¿Cómo se siente? –pregunté.

-Muy… débil… Me… cuesta… trabajo… hablar.

-No tengas miedo, amigo, te tengo que llevar al hospital para que te den tratamiento adecuado… -lo calmaba un miembro de la Cruz Roja, después de revisar sus signos vitales y ponerle oxígeno suplementario.

-Ok… Me encomiendo… a Dios… y a ustedes… -respondía.

No era diabético, no era hipertenso, no era asmático. No era obeso, ni siquiera gordo. Era un hombre cualquiera que decía no tener idea de cómo se había contagiado aunque, en plena época de aceleración de contagios, no usaba cubrebocas. Lo mismo de antes: argumentaba que en la tele, en las conferencias sobre la emergencia, él y su esposa habían oído que la mascarilla no era necesaria ni indispensable, “que no estaba probada su utilidad”. Era aquel temerario e irresponsable sonsonete repetido a lo largo de los meses y las tardes por el Dr. Hugo López-Gatell, durante las conferencias vespertinas transmitidas desde Palacio Nacional.

El primer paramédico en atender a don Raúl salía del cuartito para hablar con un compañero suyo que recién se incorporaba. “Está grave. Su pulso es rápido pero débil. Su corazoncito está empezando a fallar.”

A las 17:41 don Raúl ya estaba en la ambulancia.

-¿Cómo está, doña Zoyla? –le pregunté a su esposa antes de que ella y yo subiéramos al vehículo.

-Emocionalmente, mal. Mal-mal. Preocupada. Ya no sé qué pensar. Tengo mucho miedo. Confío mucho en que Dios me devuelva a mi esposo… -se aferraba a lo inasible, tatuada en su rostro una dolorosa expresión de espanto.

Por aquellos días, a veces los conductores de las ambulancias podían tardar horas en recibir luz verde para dirigirse a un hospital, ya que no siempre había camas disponibles, pero esta vez hubo suerte: a las 18:14 se desocupó un lugar, arrancamos, y la ambulancia nos llevó al Hospital Venados del IMSS, en La Portales.

Antes de que ingresaran en camilla a don Raúl y nos despidiéramos, le vi una mirada profunda, extraña, casi serena. Le pregunté qué pensaba. Hablaba mejor por el efecto del oxígeno. “¿Qué pensaba? Que porqué me pasó a mí. Je (hacía una mueca amarga). Pero ni modo, así es la vida, ¿verdad? Siento preocupación, pero angustia no. A echarle ganas.”

Don Raúl le echó ganas, luchó, pero murió unos días después. Dejó una viuda sin trabajo y una huérfana de 14 años.

Hace una semana la Organización Mundial de la Salud puso fin a la emergencia sanitaria a causa del coronavirus. Eso no quiere decir que el muy agresivo SARS-CoV-2 haya desaparecido sino que, gracias a las vacunas, los casos letales de Covid-19 han disminuido considerablemente. El virus se quedará entre nosotros y es de esperar que cualquier ciudadano de México pueda contar con un refuerzo anual, como sucede con el caso de la inyección para controlar la influenza durante las temporadas invernales.

Pero, ¿cuánto le ha costado al país esta pandemia? No lo olvidemos nunca: muchísimo. El equivalente a las butacas llenas de muertos en cinco estadios Azteca: 505 mil 746 personas fallecidas hasta el 30 de enero pasado, de acuerdo a las cifras de la Secretaría de Salud sobre exceso de mortalidad en México, que incluyen 331 mil 365 muertes causadas directamente por la Covid-19 y 174 mil 381 asociadas a esa misma enfermedad.

Por otro lado, si uno revisa los datos del INEGI justamente acerca del exceso de mortalidad por todas las causas que hubo en el país entre enero de 2020 y septiembre de 2022, se trata de un total de 793 mil 625 personas fallecidas. De esa cantidad, si tomamos el porcentaje de 77.7% que el gobierno federal ha estimado para las muertes excedentes asociadas a Covid-19, en realidad se trataría de 616 mil 646 personas las fallecidas por esa enfermedad.

¿Con qué cara se ha presentado a pontificar estos días el subsecretario López-Gatell? ¿Con qué cara afirma en una conferencia mañanera que el gobierno federal gestionó bien la pandemia, si muchos de sus mensajes contradictorios sin duda provocaron confusión, malas decisiones entre muchos mexicanos y muertes en miles de familias?

Qué cara tiene para seguir cobrando su sueldo y perorar mentiras luego de 500 mil Raúles y Zoylas, después de 600 mil familias rotas.

¿Cómo duerme este señor? No dudo, ni tantito, que muy bien.

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