El ser mexicano tiene un cariz camaleónico, no importan las adversidades ni las desilusiones vividas años antes, cada mundial, irresolublemente, reaparece la ilusión de llegar más lejos del cuarto partido.
La afición de México es ejemplar no solo por su ingenio sino por la capacidad que tiene de tomar las principales avenidas, inventar porras, volar por el aire, bailar, mojarse y resistir. La manera apasionada como se vive cada partido es la oportunidad de ver reflejado, en cada pase, gol, falta, esas ganas que se tienen de ser. La necesidad de rebasar los límites autoimpuestos, de demostrarse y demostrarle a los otros que es posible ir más allá del quinto partido. La ilusión aparece y nada frena los sueños construidos en el imaginario colectivo.
México contra Ecuador estaba llamado a ser un partido cerrado, donde nuestra selección sufriría para avanzar, los equipos de Conmebol, históricamente, se le han complicado a los de CONCACAF. Había quienes pensaban que se llegaría a los tiempos extras y quizá a los temidos penaltis. Pero el juego perfecto de la selección se vio enmarcado con los goles memorables de Julián Quiñones y Raúl Jiménez y el estilo vertiginoso y desafiante de Gilberto Mora. Después de cuarenta años se logró rebasar el cuarto partido. Sin recibir gol. Con cuatro partidos ganados y desplegando un juego inteligente y convincente.
El histórico Estadio Azteca ha sido el escenario de las ilusiones. El espacio donde millones concentramos nuestra atención y apelamos al pasado que favorece a nuestra selección. Las miles de personas que entonan “Cielito lindo”, gritan: ¡México, México! son el combustible de una selección que no ha bajado la guardia, pelea todas las pelotas y no deja de intentar.
Como van las cosas es imposible no ilusionarse. Se juega buen futbol. Un equipo joven, que no solo tiene talento sino también otra mentalidad, una que ha dejado atrás los fantasmas que nos atormentaban. No piensan en el quinto partido, únicamente, aspiran a llegar más lejos. No es casual que sea un equipo joven, con metas más grandes. Jóvenes que sueñan con jugar en Europa, que aspiran a alcanzar a sus ídolos, Messi o Cristiano Ronaldo, a quienes podrían enfrentar. Como si esto no fuera poco el hecho de que los partidos se jueguen en México y de seguir avanzando en Estados Unidos nos hace tener una localía que dará ventaja. México tiene la mejor afición. La más fiel y cálida. La que grita como ninguna porque en ese grito expulsa todos los sentimientos, frustraciones e ilusiones contenidas por años.
Una frase breve y concisa que hemos repetido una y otra vez estos días: ¿Y si sí? Nos planteamos de manera positiva que es probable. Que la única meta se encuentra en nuestra mente. Ese “sí” afirma la aspiración de alcanzar la gloria, de escribir un nuevo capítulo que demuestre que es posible competirles a las potencias mundiales y sacudirnos el peso de la historia. Demostrar que el pasado es enseñanza pero no tenemos por qué repetirlo de manera infinita, vencer esos fantasmas ha empezado por el lenguaje el “sí” ha cambiado al “ya merito”, al “me conformo con el quinto partido”. Nos sentimos capaces de llegar más lejos y estos jóvenes seleccionados han demostrado que el único límite está en la mente.
Al ¿Y si sí? Muchos podrán preguntarle: ¿y porqué sí? Y se le tendrá que responder: Porque se quiere, se puede y se va a lograr, y el domingo el Estado Azteca será el escenario donde una nación entera vera que el mexicano puede llegar hasta donde se lo proponga y que el único límite ha estado siempre en nuestra mente.
Hasta aquí Monstruos y Máscaras…
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