No damos mucha importancia a lo que cotidianamente realizamos, creemos que siempre permanecerá igual. Nunca nos detenemos a pensar o cuestionarnos que sucederá con nuestras vidas si aquello que es “normal” se modifica y nos deja a la deriva, casi desprotegidos, ante una realidad salvaje.
Diariamente, la gran mayoría, abrimos los ojos y miramos los primeros rastros de la mañana. Nos percatamos de los colores. Observamos a los seres que amamos. Vemos el teléfono de manera sistemática. Otros leemos como una necesidad de sentirnos vivos, posar nuestros ojos sobre las hojas llenas de letras nos otorga la posibilidad de imaginar, de transformar las palabras en imágenes, de mirar más allá de la vista, ese es el poder de lectura que se apoya en nuestros ojos, oídos y hace funcionar nuestra imaginación.
La palabra es la herramienta del escritor con ella esculpe otras realidades, rescata el pasado olvidado y otorga voz a los personajes abandonados. David Toscana ha construido su obra a través de las fábulas. Imagina, inventa, relata historias que permiten al lector, concluida su lectura, preguntarse: ¿esto sucedió? Y es imposible no buscar el evento, los personajes, los territorios narrados, esto sucede con la novela El ejercito ciego (Premio Alfaguara 2026).
En 1014 el ejército búlgaro, de quince mil miembros, fue hecho prisionero y el emperador Basilio ordenó que les fueran arrancados los ojos a cada uno de ellos. En un acto de poder les perdonó la vida y los condenó a no volver a ver. La última imagen que tuvieron fue la de Mease Zásimo arrancándoles los ojos: “hay otra manera en que se ata una correa alrededor de la cabeza, pasando atrás por la nuca y adelante a la altura de las cejas. Se va apretando el torniquete hasta que la presión hace saltar los ojos. Dicen que funciona, pero es un proceso lento que nadie utilizaría en quince mil hombres.” De inmediato, el lector, vuelve a imaginar y busca la manera en que pudieron haber arrancado tantos ojos, es imposible no sentir escalofríos al imaginar el momento en que extrajeron cada ojo y la manera en qué cada uno de ellos cayó, desprendiéndose de su dueño y apagándose, terminando, así, con su función.
La fábula inicia cuando Toscana les da vida a los hombres, narra el dolor, la adaptación y cómicamente el paradero que asumió no cada uno de los búlgaros sino sus ojos. La palabra escrita les da voz y demuestra que más allá del hecho sanguinario hubo una nueva vida acompañada de la locura que implicó adaptarse a la realidad.
La novela tiene rasgos tragicómicos: “los niños se acercaban, nos pedían permiso para meter el dedo en las oquedades. Gritaban entusiasmados si cerrábamos los párpados con fuerza para atraparles el dedo.” Aquellos hombres tuvieron que resignarse y aceptar lo que su condición significaba para los demás. En un principio la novedad provocó miedo, rechazo, curiosidad. Imaginar a un ejército marchar a ciegas. La debilidad de sus pasos para no tropezar con el de enfrente o no caer al piso. El temor de quienes los miran llegar y su rostro no les dice nada, es cierto que los ojos son el reflejo del alma. Aquellos seres parecían fantasmas que deambulaban tratando de encontrar no al otro sino a ellos mismos. Sus imágenes y recuerdos vivían de manera permanente en la oscuridad.
Toscana se encuentra reflejado en Kozaro el escriba. Ambos saben que tienen que contar una historia. Entienden que es necesario que el lector del futuro conozca lo que pasó como una advertencia de las locuras a las que puede llegar la humanidad, un recordatorio que en cualquier momento podemos perder la razón. Embrutecernos en una realidad donde el destino es controlado por la maldad, las luchas cruentas por el poder y los odios irracionales. Ambos tienen la necesidad de “Escribir algo que no estuviese escrito. No viajar de un texto a otro, sino del alma al pergamino. Y que aquello que el escribiera lo copiaran los copistas y lo leyeran en los siglos venideros, y que él ya no le llamaran Kozaro el escriba ni el copista ni el amanuense, sino Kozaro el escritor, el poeta, el cronista, el historiador, el evangelista.”
David Toscana, el fabulador: reescribe la historia y le da voz a quienes no ven. Nos deja conocer el dolor que existió. Nos traslada a un espacio y tiempo que es el nuestro: doloroso, extremista y con riesgo de perder lo último que nos queda de condición humana. El fabulador nos hace sentir, nos arranca los ojos y otorga las letras de su historia para decirnos que el mundo narrado existe y es el nuestro.
Hasta aquí Monstruos y Máscaras…
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

