Hace no mucho reflexionaba sobre esta sensación de que los días no me rinden. O no como yo quisiera. Algo que cada vez se ha vuelto más frecuente en mí. Y cómo podría no sentirme así cuando paso más de dos horas del día tratando de navegar un mar de autos. A veces por Periférico, a veces por Churubusco, por Reforma o, menos frecuente, pero también por Constituyentes. Por cualquier ruta que pudiera restar un par de minutos al viacrucis que es tratar de llegar de un lado a otro en la Ciudad de México. Una historia que se repite prácticamente a cualquier hora del día, casi cualquier día de la semana, y cuyo común denominador son las deficiencias de movilidad.

En la Ciudad de México, una persona tarda en llegar de su casa a su lugar de trabajo un promedio de 52 minutos en automóvil privado y 71 minutos en transporte público (CEPAL, 2023). Estos excesivos tiempos de traslado se suman a una larga lista de ineficiencias a las que todos los habitantes de la ciudad, por lo menos una vez, nos hemos enfrentado, ya sea en auto, bicicleta o moto, en transporte público, caminando o incluso al intentar salir o volver a ella en avión. Las soluciones más recientes han sido insuficientes o rápidamente rebasadas porque, en su mayoría, buscan resolver la coyuntura, cuando la movilidad es, esencialmente, un problema estructural.

En las ciudades solemos satisfacer muchas de nuestras necesidades. Desde su creación y conforme se fueron modernizando, se centralizó el acceso a servicios y también algunas de sus funciones productivas (Fernández, 1993). De aquí que iniciaran los movimientos de personas de su lugar de origen a alguna ciudad: la urbanización (ONU, s.f.). Actualmente, más de la mitad de la población mundial está concentrada en alguna ciudad (ONU, 2025). En México esto no es distinto. La brecha entre la Ciudad de México y Colima, el estado menos poblado del país, es de alrededor de 8.4 millones de personas (INEGI, 2020).

Las grandes concentraciones de población, junto con la desmedida y desigual expansión de los centros urbanos hacia las periferias, llevan a incrementar la conflictividad social. Detrás de este conflicto constante está la ingobernabilidad, que propicia un clima favorable para el florecimiento del desorden y la violencia (Fernández, 1993). Esto termina por dificultar la convivencia y, entonces, aparecen problemáticas que se vuelven constantes en la vida de los habitantes, como la movilidad.

El acondicionamiento de la Ciudad de México para el Mundial 2026 es un buen ejemplo de solución coyuntural. No está mal. Pero no resuelve la movilidad. Las obras han entorpecido el tránsito diario de manera brutal. Personalmente, he pasado de hacer máximo 80 minutos de casa al trabajo a no menos de 100 en los mismos 18 km. El “Plan Ciclista 2025-2030” es otro ejemplo. Buscar alternativas al uso del automóvil no está mal. Pero 300 km nuevos de ciclovías no son un incentivo suficiente para bajarse del auto y subirse a la bici en una ciudad que sigue siendo hostil.

Las deficiencias de movilidad ocasionan importantes pérdidas de bienestar social. El tiempo es una de ellas, quizá la más evidente. Mientras persista esta lógica de resolver lo inmediato por encima de lo importante, el costo de oportunidad de trasladarse en la Ciudad de México seguirá siendo creciente. Y seguirá siendo inevitable perder el tiempo.

@JosePabloVinasM

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