Hoy quiero hablar de la Ciudad de México, de su gente y sus problemas. De la gran urbe progresista, emprendedora y llena de oportunidades en la que vivimos más de nueve millones de habitantes, en la que laboran millones de trabajadores empeñosos y de estudiantes de todos los niveles que buscan superarse. De la capital de un gran país lleno de posibilidades y desafíos. De una ciudad plena de historia e identidad que presumimos con orgullo, pero de la que ocultamos sus insuficiencias y pasamos por alto los defectos de quienes habitamos en ella y de las cicatrices que nos acompañan.

La Ciudad de México, la de “los olvidados” que coincide con la “de los palacios”, le ha dado a México ejemplos extraordinarios de solidaridad y desprendimiento. Esto se puede demostrar con los numerosos casos de participación de la población en auxilio de quienes aquí, o en otros sitios, resultan afectados por los imponderables de una desgracia producida por las fuerzas de la naturaleza: un terremoto o un huracán, por ejemplo.

Nuestra Ciudad, la que fue “la región más transparente” y resorte esencial de los cambios políticos; la que de los años sesenta para acá ha impulsado la democracia y la lucha por los derechos humanos; la que ha sido punta de lanza en la transformación del país y en la que se han anticipado muchas transformaciones sociales: esa gran ciudad debe ser repensada por sus autoridades, pero en especial por sus habitantes.

Se que muchos quieren escapar de la dura realidad cotidiana con los efectos del futbol, de nuestra selección, del mítico “Estadio Azteca”, que ya no se llama así. Por desgracia, más pronto que tarde tendremos que regresar a la realidad y saber que, cuando despertemos, los dinosaurios estarán ahí. Ahí estarán los graves asuntos de la pobreza, la desigualdad y la exclusión, lo mismo que los del transporte, la vialidad y la inseguridad. Los baches, las inundaciones, los ajolotes, las construcciones irregulares y la tala seguirán presentes.

Las violaciones de los ciudadanos a los ordenamientos y la displicencia de las autoridades y su falta de convicción para aplicar la ley no se habrán modificado. Regresaremos al convenio implícito entre gobierno y población de “no te metas conmigo y yo no lo hago contigo”. No hay razón para que regresen, entre todos, el civismo, las buenas maneras, la cordialidad y el sentido de comunidad. Requerimos hacer un alto y dar un giro radical.

El cambio deberá impulsarse desde la sociedad. La autoridad se siente cómoda con el estado de cosas y no tomará la iniciativa. Los políticos seguirán calculando lo que les conviene y sus partidos harán lo mismo de cara al próximo proceso electoral. Para ellos, el objetivo es ganar el poder, no buscar la solución de los problemas colectivos. Para ellos se trata de conservar el “aparato” y los recursos millonarios que les proporcionan las prerrogativas. Los dueños de los partidos dispondrán, en los cuatro años siguientes, de miles de millones de pesos que buscarán incrementarlos.

En la sociedad, vamos tarde y no existe organización. Faltan liderazgos, convocatoria y método, pero en especial determinación. En menos de un año veremos con pesar que mayormente nada cambió. Así será si no hacemos algo muy pronto y un ciclo se habrá perdido. El cambio no iniciará en 2030, empieza ahora, en la Ciudad de México y comienza por la disposición a hablar; por proponer, eliminar la polarización y respetar la pluralidad; por ver hacia adelante, movilizar a la gente y actuar solidariamente. Esa es nuestra tarea.

Exrector de la UNAM. @JoseNarroR

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