La noche del sábado, la tranquilidad de la cena de corresponsales en el hotel Hilton de Washington se rompió de golpe. Un sujeto, armado con una escopeta y varios cuchillos, logró llegar hasta el vestíbulo del recinto donde el Presidente hacía su primera aparición en este evento.

El incidente fue contenido por el Servicio Secreto, pero el mensaje es alarmante: la seguridad del mandatario vuelve a estar en entredicho. Este suceso no es una anomalía, sino el capítulo más reciente de una década marcada por un asedio constante. La cronología es contundente y revela un patrón de vulnerabilidad preocupante.

Desde 2016, cuando Michael Steven intentó arrebatar un arma a un agente en un mitin en Las Vegas, la sombra del atentado ha perseguido al actual Presidente. A ese episodio le siguió la incautación de dos pistolas en Coachella en 2021 y, más recientemente, la tragedia de 2024: primero en Pensilvania, donde una bala hirió su oreja y cobró la vida de un asistente, y meses después en Palm Beach, cuando Ryan Routh fue detenido mientras el mandatario jugaba golf. Estamos ante un escenario donde la crispación, el fanatismo y la locura han mezclado un cóctel peligroso.

La violencia, como bien sabemos, no entiende de fronteras ni de protocolos. Lo que hoy vemos no es solo un fallo de seguridad; es el síntoma de una sociedad fracturada donde el odio ha encontrado un camino directo hacia la silla presidencial.

Diputado federal

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