Apertrechada. La escuché en mi niñez hermosillense y nunca pensé que tantas décadas después me ayudaría esa frase coloquial a entender el actual trance de la presidenta Sheinbaum. “Se le vino el mundo encima”, se afirmaba de alguien a quien se le acumulaban todos los problemas y contratiempos imaginables en un periodo corto. Una enfermedad, una muerte, un accidente automovilístico, la pérdida del empleo, la bancarrota, la sequía, la helada, la destrucción de la cosecha o el desplome de su precio en el mercado. Pero a la presidenta Sheinbaum se le vino encima esta semana otro mundo, el mundo exterior. Y lidiar con esto conlleva un alto grado de dificultad para quien ha sido formada en un régimen apertrechado hacia adentro, con su monopolio del poder, de todos los poderes, incluyendo el control de la conversación pública a través del comando de cada vez más medios y redes, con la voz casi única de la mañanera.

Bienvenida a la realidad. Apenas de regreso de Barcelona, donde comprometió a México en una suerte de ‘internacional populista’ de gobernantes de España y Latinoamérica y acuerpada por una intensísima propaganda local, pero compartiendo con sus socios duras críticas dentro y fuera del país, la presidenta Sheinbaum llega ahora a la realidad. Es la realidad de un mundo del que no puede escapar ni el más confiado autócrata, tanto en el sentido de quien controla hasta la última decisión de su país, como en el sentido del gobernante de un país que supone aislado de las variables del exterior y de la supervisión internacional.

Lenguajes de pocos amigos. Un ejemplo. El representante comercial de Estados Unidos está aquí para escenificar una segunda ronda de supuestas negociaciones comerciales por parte de un poder incontrastable encarrerado a imponer sus condiciones de manera unilateral. Ese poder decidiría los términos, sea de la revisión, la reformulación o la liquidación del acuerdo de libre comercio de México, Estados Unidos y Canadá. Y esa decisión la tomará —o ya tomó— Trump por encima de lo que aquí se converse. Por lo pronto, un lenguaje facial de pocos amigos de Jamieson Greer frente a Ebrard y un lenguaje corporal de brazos cruzados, trasmitiendo desconfianza a los que tiene enfrente, no proyectan los mejores augurios para el tratado, con independencia de lo que se acuerde decir para el consumo público de aquí y de allá, en tanto crece el margen de extorsión de la Casa Blanca.

Facturas. Junto con el primer pago previsible de la factura de la ‘cumbre’ de Barcelona, ejecutado por el despiadado cobrador de Washington, esta semana llegó también el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, el austriaco Volker Türk. Contra su comité de desapariciones forzadas cargó el régimen mexicano por ponerle el reflector a la crisis de desaparecidos, asesinados y cadáveres no identificados en las morgues del país. Y son numerosas las facturas acumuladas en la cuenta de López Obrador y endosadas a la cuenta de Sheinbaum, tras un sexenio de indulgencia o complicidad del régimen con las bandas criminales. La suma de muertos y desaparecidos por la violencia criminal asciende a cientos de miles, a quienes se suman sus familias. Entre esas víctimas están también los asesinatos de periodistas y madres buscadoras. Y de todo ello hay que rendir cuentas a la supervisión internacional. Es el mundo exterior el que se le viene encima al régimen mexicano, hasta hoy amurallado en la impunidad y la militarización de la gestión pública.

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