Hará cosa de cuatro años que escribía en esta misma columna la ironía de que nos importe tanto un torneo internacional de futbol y al multiverso le tenga sin cuidado cuáles son los cromos raros en el álbum de este año y quién logra llegar al quinto partido que ahora vendría a ser el sexto.

Con todo, como dije también hace ya, para mí los mundiales son una suerte de separador de libro, de doblarle la orejita a la esquina de la página del tiempo y saber que, aunque el pasado y el presente y la línea cronológica y hasta el tiempo mismo sean un invento, no soy el mismo de hace un mundial.

Claro que habrá, supongo, todavía almanaques que registren cómo cambia en trazos muy gruesos el mundo. Muy ingenuamente creí que los años COVID habrían de ser una especie de antes y después de los humanos de estos días, pero parece que más bien se descompuso el pájaro que da cuerda al mundo en sinsentidos cada vez más altos.

Para darle un quiebre a todo esto y no recitar en bucle lo de cada cuatro años, le doy la vuelta a esta revisita y no me fijo en mí ni en el mundo sino en el mundial mismo. Al objeto social, cultural y económico que se plantó este año en el norte del continente.

Se ha dicho tanto de la FIFA que difícilmente puedo ser más vehemente que los reportajes, libros y documentales sobre las canalladas a través del tiempo. Sin exagerar, algunos villanos de Pixar son todavía más multidimensionales que una multinacional que siempre gana más que el anfitrión y que el campeón mismo.

Habrá que reconocerle como maquinaria que industrializó el futbol su resiliencia y su efectividad. No solo no se ha debilitado con el tiempo sino que siempre juega de local y cada vez llega a los países con una actitud más fuerte de llevarse todas las canicas.

Justo en esa idea me voy a detener un momento. Es bien sabido que los mundiales operan de una manera similar a cuando la tienda virtual por excelencia buscaba reubicar sus oficinas. Decenas de ciudades alzaron la mano interesadas en el gigante económico. La promesa no es menor. Una empresa de tamaño descomunal llega a tu jurisdicción y trae consigo miles de empleos directos, otros miles indirectos y un flujo de ingreso envidiable. Para atraer a la empresa, las ciudades ofrecen todo lo que pueden: no solo mano de obra calificada e infraestructura o terrenos en donación, sino también exenciones fiscales de varios años o décadas. Qué persona política no querría colgarse la medalla de traer para su ciudad a un buque comercial así. El problema es que la aritmética de traer un objeto así de grande a tu comunidad rara vez funciona. Las exenciones y perdones suelen ser más generosos que la derrama económica, o la generación de empleos termina siendo menor porque no siempre necesitas tener tanta gente físicamente en la oficina. O simplemente el capital es tan peregrino que, una vez que se vencen los años de exenciones, la empresa se va a otro lado donde le ofrezcan lo mismo. Y pierde la ciudad sede y sus habitantes, y la región donde se ubica también, pero no pierde la empresa.

Muy similar es el caso de los mundiales. La promesa de traer cientos de miles de aficionados que van a abarrotar cada una de las taquerías es irresistible. Tanto más en un país como México, que tiene una relación tan rara y casi masoquista con el futbol. Una afición que se asemeja mucho a las plantas recias del desierto que apenas un poco de agua de vez en cuando les basta para ser felices. Trece juegos y ya decimos que es el tercer mundial en casa. Tan poquito bastaba para que saliéramos al Zócalo o a la vuelta del Teatro Degollado a echar relajo, a reírnos de todo.

Pareciera que nada puede quitarnos la sonrisa ni las ganas de recibir invitados, y que ellos lo saben tanto que esta vez quisieron estirar la cuerda un poco más. Así que, en un país que no acaba de levantarse de una revolcada de ola económica, tuvieron a bien ponerle precios dinámicos obscenos que parecen la antítesis de un deporte callejero, de la periferia, de bote pateado y verdaderamente del pueblo. Con tanta garra para maximizar la ganancia que en un país con estadios legendarios y enormes se quedó fuera casi toda la población mexicana. Todavía más, se echaron encima a quienes no necesitaban boletos porque tienen un palco y a los organizadores se les hizo mucho abuso que esos tenedores de palcos metieran sus bebidas y alimentos. Porque la casa pierde, y ahí es donde se desdibuja drásticamente la idea de cuánto es de conveniente hospedar un mundial.

Como si gobernar un país desvencijado y agujerado por la violencia y la fricción no fuese suficiente, había que hacer cuanto se pudiera para que los amos de esos trece juegos no pensaran que estaba la casa tirada. Se pintó y repintó la ciudad, y centenares de ajolotes anduvieron libres en la calle y luego se extinguieron al chasquido de la autoridad. Se remozaron plazas y andadores, lacerando negocios de comida que viven al día con la misma promesa: ya verás cuando regrese la pelota a casa. No te vas a dar abasto. Y luego, en una triste analogía como la de no poder entrar al estadio en tu ciudad, se llenaron las ciudades de vallas y esos negocios que resistieron a la buena de los dioses por meses también se quedaron fuera de la fiesta. Uno acaba preguntándose sobre quién se derrama la derrama económica o si hay rufianes que no permiten que caiga una sola gota de riqueza en bolsillos ajenos.

Sin embargo, al final del día como diría Galileo, se mueve la pelota y rueda libre y casi con crueldad sobre todas esas cosas que pasan en México. No es una entera sorpresa el comportamiento depredador de la FIFA, que se ha llevado toda la alegría del deporte más popular en el planeta. Se llevó los derechos de transmisión, la biodiversidad de las mascotas, el acceso de la gente que soñaba con un mundial en México porque era soñar demasiado pensar en viajar y comprar un boleto de un estadio en el extranjero. Por eso este mundial sabe raro, y tengo por cierto que no soy el único que está ahí, frente a la pantalla como todo el mundo, pero con aire un poco desencantado. No se siente igual, ni mucho menos se siente con esa emoción con la que uno viviría un mundial en su ciudad. Eso es lo último que le faltaba llevarse a la FIFA. Esa nostalgia perdida de vivir un mundial en casa otra vez. Un pedazo de ese sentimiento se quedó atorado en su voracidad. Claro que esto es un negocio, y quizá la idea de organizar un mundial para que un país entero aproveche el interés e impulso económico para salir a flote, o para renovar infraestructura es pedirle demasiado y nos reprocharán en la cara que esto no es filantropía. Tendrán razón, pero esto tampoco es futbol, tampoco es un mundial y la pelota en vez de llegar a casa se quedó atorada en la reja de arriba.

Y aquí va un giro más de este balero cósmico que es México. Pese a todo, a pesar de ser uno de los mundiales más desangelados de la historia, hace falta el pretexto más ínfimo para que la mexicanidad salga a la calle a bailar, a agarrarse a besos con la marea turística coreana, a hacer saltar en el aire a doctores Simi que nunca imaginaron estar atrapados en el alboroto de un mundial. Será porque el nopal es planta recia que se crece ante el castigo. Y porque no son los primeros ni los últimos canallas que quieren llevárselo todo. Allá van esos capitales peregrinos que se multiplican en un aire artificial, y aunque no vimos el partido en el estadio ni nos cayó un poquito de esa miel de la abundancia y quién sabe cuándo lleguemos al quinto partido otra vez, quién nos quita la carcajada de encontrar la fiesta en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia.

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