Esta semana volvió a incendiarse por quinta vez la refinería de Dos Bocas, la obra insignia del gobierno de AMLO. Lo más preocupante no son ya las enormes perdidas económicas que provocan, sino la manera cínica en que, se pretende minimizar y normalizar este tipo de incidentes. La narrativa gubernamental —asesorados por estrategas venezolanos— pretenden vendérnoslas como si fueran inevitables. Como si fueran menores. Como si fueran parte del paisaje de una obra que se nos dijo sería el símbolo de modernidad, eficiencia y soberanía energética. Pero no lo son. Y no deberíamos aceptarlo.
Desde su concepción, el proyecto de Dos Bocas fue presentado por Morena como la pieza clave para recuperar la autosuficiencia energética de México. Se habló de una refinería que reduciría la dependencia del extranjero, que fortalecería a Pemex y que marcaría un antes y un después en la política energética nacional. Era, según el discurso oficial, una obra estratégica, casi patriótica. La realidad ha sido muy distinta.
El costo del proyecto se disparó de manera significativa respecto a lo originalmente anunciado. Lo que comenzó como una inversión estimada en alrededor de 8 mil millones de dólares, terminó convirtiéndose en una obra de más de 20 mil millones. Es decir, más del doble. Y aun con ese sobrecosto, la refinería no ha logrado operar a su capacidad proyectada. Produce menos de lo esperado y su contribución al abasto nacional de combustibles sigue siendo limitada.
Dicho en términos simples: costó más, produce menos y no ha resuelto el problema que prometía atender.
Eso ya sería suficiente para exigir explicaciones serias. Pero el tema no termina ahí. Porque ahora, además de los sobrecostos y la baja eficiencia, comienzan a acumularse incidentes que ponen sobre la mesa una preocupación aún mayor: la seguridad operativa.
El más reciente incendio no puede analizarse como un hecho aislado. Se suma a otros eventos que apuntan a posibles deficiencias en los sistemas de control, en el monitoreo de procesos y en los protocolos de seguridad dentro de instalaciones altamente complejas. Cuando una refinería —y más aún una refinería nueva— empieza a registrar este tipo de fallas, lo que se cuestiona no es un error puntual, sino la forma en que fue planeada, construida y puesta en operación. Y ahí es donde aparece el problema de fondo.
La política energética impulsada por Morena ha privilegiado la narrativa por encima de la técnica. Se apostó por construir una obra emblemática, visible, políticamente rentable, pero no necesariamente bien sustentada desde el punto de vista financiero, operativo y ambiental. Lo importante parecía ser inaugurarla, mostrarla, convertirla en un símbolo. Lo demás —la eficiencia, la seguridad, la viabilidad a largo plazo— quedó en segundo plano.
El resultado está a la vista. Pemex, lejos de fortalecerse, enfrenta una situación financiera delicada. Su nivel de endeudamiento es elevado —más de 85 mil millones de dólares en 2025–, depende de manera constante del apoyo del gobierno federal, adeudos con proveedores y el arrastre de pérdidas importantes. A esto se suma un deterioro en su desempeño operativo y ambiental, con reportes de fugas, emisiones y otros incidentes que reflejan una empresa bajo presión.
En paralelo, México continúa importando grandes volúmenes de gasolina. Es decir, la supuesta autosuficiencia energética sigue muy lejos de materializarse. La refinería de Dos Bocas, que debía ser la solución, apenas representa una fracción de lo que el país necesita para cubrir su demanda interna.
Entonces, la pregunta es inevitable: ¿qué fue exactamente lo que se logró?
Porque si el proyecto no redujo la dependencia externa, no fortaleció de manera sostenible a Pemex, no operó a su capacidad y ahora además presenta riesgos de seguridad, resulta difícil sostener la narrativa de éxito. Más bien, lo que vemos es un proyecto que responde más a una lógica política que a una planeación técnica rigurosa y eso tiene consecuencias.
Cuando las decisiones públicas se toman con base en el discurso y no en la evidencia, los costos terminan trasladándose a la ciudadanía. En este caso, en forma de recursos públicos comprometidos —más de 395 mil millones de pesos—, de riesgos ambientales, de ineficiencias operativas y, ahora también, de posibles incidentes que no deberían ocurrir en instalaciones de esta naturaleza.
Lo más delicado es la actitud frente al problema. En lugar de reconocer fallas, ajustar estrategias y transparentar la información, el gobierno ha optado por minimizar los hechos, matizar los datos y apostar a que el ciclo de noticias diluya la atención pública.
México sí necesita una política energética sólida. Necesita fortalecer a sus empresas productivas, invertir en infraestructura, garantizar seguridad en sus operaciones y avanzar hacia modelos más sostenibles. Pero todo eso requiere planeación, transparencia, disciplina y, sobre todo, decisiones basadas en criterios técnicos, no políticos.
Defender a Pemex como empresa estratégica no significa justificar cualquier resultado. Apostar por la soberanía energética no implica cerrar los ojos ante errores evidentes. Y construir infraestructura no debería ser sinónimo de improvisación o de propaganda.
Los accidentes en Dos Bocas tendrían que ser una llamada de atención. No para generar alarmas, sino para abrir una discusión seria sobre el rumbo de la política energética en México. Para reconocer que hay problemas que no pueden seguir ocultándose detrás de discursos optimistas. Y para entender que, en temas de esta magnitud, minimizar los hechos no los desaparece: los agrava.
Presidente del Partido Acción Nacional
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

