Hace unos días participé en una discusión sobre la emergencia de un nuevo orden internacional, bajo los auspicios de Public International Law & Policy Group (PILPG), reconocido por sus contribuciones a negociaciones de paz y la protección de derechos humanos. Abogados, internacionalistas y militares de varios países, todos miembros de PILPG con experiencia de años en diplomacia, derecho internacional o inteligencia, tomamos parte en el ejercicio. A continuación algunos apuntes del intercambio de ideas.

Forjado por los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, el arreglo post 1945 tuvo como objetivo explícito mantener la paz y seguridad mundiales y prevenir una nueva conflagración global. La arquitectura del arreglo fue moldeada por principios y valores esencialmente occidentales, en particular en materia de democracia y derechos humanos. Irónicamente, la importancia de la contribución de EU a este sistema de convivencia global se fue haciendo más evidente en la medida en la que el vecino del norte, a partir de finales de los 90s, comenzó a dejar de comprometerse con nuevas obligaciones internacionales y quedarse al margen de organizaciones de mayor avanzada que no han tenido el impacto y alcance que merecían, como la Corte Penal Internacional o varios instrumentos de derechos humanos y desarme. De ahí la gravedad de lo que ocurre ahora. Ya no se trata de dobles raseros, omisiones selectivas o ausencias convenientes pero puntuales por parte de EU sino que ahora vemos un ataque frontal de la administración Trump a un sistema internacional basado en reglas. Si algunas instancias multilaterales habían sufrido por el desprecio estadounidense, hoy el sistema en su conjunto está en riesgo de colapsar ante la normalización de una diplomacia transaccional y la violación consuetudinaria del derecho internacional justo por parte del país que encabezó su proceso de conformación.

Así, quedan pocas dudas de que el mundo, en efecto, vive un cambio de paradigma. El orden internacional de la post-guerra se ha fracturado y todavía no ha surgido una alternativa coherente en su lugar. Pese a ello, la comunidad internacional no está prestando suficiente atención a la magnitud de la disrupción del sistema de convivencia, de la que EU es en buena parte responsable. En este contexto, planteé al grupo el dilema que enfrentan las potencias medias. Durante gran parte del periodo de la postguerra, esos países contaron con un marco de referencia claro que permitía alinear su política exterior con gran consistencia. Lamentablemente, EU cada día se comporta más como una amenaza a la paz o un “rogue state” como los que combatió. Con el abandono de los principios y valores que mantuvieron la paz y la seguridad del mundo desde 1945, EU ha dejado a Occidente huérfano. Se trata de un duro golpe para Europa y su proyecto, pero también para naciones que, como Canadá, Australia o México, abrazaron durante décadas esos mismos principios y valores como elemento central de sus procesos de evolución civilizatoria. ¿Qué opciones tienen ahora las potencias medias? Acaso, ¿China o Rusia? Tarde o temprano tendrán que elegir entre construir una arquitectura alternativa o aceptar un mundo dividido entre esferas de influencia que resulta insostenible para países cuya seguridad y prosperidad dependen de que las reglas sean respetadas por todos.

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