«El crecimiento económico sin inversión es imposible.»

Paul Samuelson

En el marco del Plan México, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó un conjunto de acciones orientadas a transformar el clima de inversión en el país, acelerar el crecimiento económico y fortalecer la certidumbre jurídica. Más que un anuncio administrativo, se trata de una señal política clara: México busca consolidarse como una economía abierta, competitiva y preparada para ocupar un papel estratégico en el nuevo reordenamiento comercial global. El eje central de la estrategia consiste en reducir la pesada carga burocrática que durante años frenó inversiones, retrasó proyectos y debilitó la competitividad nacional. Ahora, los proyectos instalados en polos de desarrollo o vinculados con sectores estratégicos —como el automotriz, tecnológico, energético, electrónico, químico y textil— podrán acceder a procesos de autorización mucho más ágiles. Las autorizaciones podrán resolverse en menos de 30 días y el conjunto de trámites federales relacionados con inversión tendrá un límite máximo de 90 días.

El cambio no es menor. En un contexto internacional marcado por la disputa comercial entre potencias, la relocalización de cadenas productivas y la búsqueda de mercados confiables, la velocidad institucional se ha convertido en un factor decisivo para atraer capitales y generar empleo. La estrategia también incorpora una apuesta relevante por la infraestructura y la energía. En materia energética, se anunció la autorización privada de 5 mil megawatts y la proyección de otros 11 mil mediante esquemas de inversión mixta en decenas de proyectos. Sumados a la participación de la Comisión Federal de Electricidad, el país podría alcanzar hasta 22 mil megawatts adicionales, elevando la participación de energías limpias de 24 a 38 por ciento.

Al mismo tiempo, el Gobierno Federal impulsa un ambicioso programa de infraestructura carretera mediante una inversión superior a 523 mil millones de pesos. Los proyectos abarcan más de 5 mil kilómetros y podrían generar alrededor de 1.4 millones de empleos directos e indirectos, convirtiéndose en uno de los motores económicos más importantes de los próximos años. La digitalización aparece igualmente como uno de los componentes centrales del nuevo modelo. Los procesos podrán realizarse en línea, con tiempos definidos y menores cargas documentales. En el ámbito sanitario, los trámites se reducen de manera significativa: menos requisitos, menos tiempo de espera y mayor capacidad de respuesta institucional. La simplificación administrativa no sólo reduce costos; también disminuye espacios de discrecionalidad y fortalece la confianza para invertir.

En el frente fiscal, el nuevo esquema busca ofrecer mayor certeza jurídica, fortalecer la coordinación institucional y facilitar el cumplimiento de obligaciones tributarias. Paralelamente, se anunciaron mecanismos de supervisión y transparencia para dar seguimiento a cada proyecto y garantizar el cumplimiento de las reglas establecidas. Pero quizá uno de los aspectos más importantes es que estas medidas no ocurren de manera aislada. Forman parte de una estrategia más amplia para reposicionar a México dentro de las grandes cadenas económicas internacionales. En ese contexto, la Secretaría de Economía encabezó recientemente una gira de trabajo en Canadá con una delegación de 240 empresas mexicanas en Toronto y Montreal. El objetivo es preparar la próxima revisión del T-MEC, ampliar exportaciones y fortalecer la integración regional en América del Norte. A ello se suma un avance significativo en la relación con Europa. Los 27 países de la Unión Europea aprobaron la firma del nuevo pacto comercial con México y la modernización del acuerdo bilateral, previo a la cumbre programada para el 22 de mayo en territorio mexicano. De consolidarse, el acuerdo abrirá una nueva etapa de cooperación económica, intercambio tecnológico y atracción de inversiones.

El fortalecimiento simultáneo de las relaciones comerciales con Canadá, Estados Unidos y la Unión Europea coloca a México en una posición estratégica frente a la incertidumbre internacional. En un mundo marcado por guerras comerciales, tensiones geopolíticas y desaceleración económica, el país parece apostar por algo fundamental: convertirse en un territorio confiable para producir, invertir y comerciar.

La gran prueba será que esta apertura económica logre traducirse en bienestar tangible, empleos dignos, desarrollo regional y crecimiento sostenido. Porque las inversiones no sólo deben medirse en cifras o megawatts, sino en la capacidad real de mejorar la vida de millones de personas.

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