El supuesto control que Claudia Sheinbaum estará ahora tomando del aparato de Estado, del partido Morena y de la agenda nacional ha sido festejado tanto por sus partidarios y quedabienes como por un buen número de sus críticos. Detectan en una serie de nombramientos, así como en varios pronunciamientos, un giro importante en su gobierno, que lo distancia de López Obrador y lo acerca a un enfoque más realista y conducente al crecimiento económico. Más allá de los que presumen su intuición genial —se los dije—, las diversas afirmaciones merecen cierto cuestionamiento.
No queda claro hasta qué punto las nuevas cabezas de ministerios, de cargos partidistas y legislativos, o puestos menores, representan realmente una sustitución de cuadros amlistas por colaboradores claudistas. Ni Velasco, ni Lazzeri, ni Montiel, ni Mier antes, ni Ernestina, ni Citlalli Hernández, ni los demás, son realmente funcionarios o políticos propios de Sheinbaum, si es que dicha especie existe. Se trata de personas que comenzaron sus carreras con López Obrador, ya sea como jefe de Gobierno, ya sea en su travesía del desierto, ya sea durante su Presidencia. Tal vez él no los impuso en este sexenio, como lo hizo con otros —Ebrard, Monreal, De la Fuente, etc.— y quizás sus lealtades se han trasladado de un presidente a otra, pero forman parte de un mismo equipo. Ella misma lo confirmaría: constituyen integrantes de un mismo proyecto, con los mismos objetivos, las mismas motivaciones, los mismos orígenes políticos y las mismas sensibilidades (o ausencia de ellas).
Para los mentados quedabienes, que buscan desesperadamente cómo criticar sincera y despiadadamente a López Obrador y no enemistarse con Sheinbaum, sus enroques y sustituciones se erigen en pruebas contundentes de la ruptura de la una con el otro, de la consolidación en el poder de la Presidenta, de la confirmación de su propio “estilo de gobernar”. Además del lógico anhelo personal de no compartir el poder, el propósito sustantivo de todo esto consistiría en construir un proyecto afín al primer piso de la 4T, pero a la vez compatible con los imperativos del crecimiento económico, con las exigencias del sector privado, y con la anuencia de “los mercados”.
Además de los obstáculos preexistentes a cualquier crecimiento, un factor adicional de los recambios residiría, como el cambio de tono con el fracking, en las consecuencias para México de la guerra en Medio Oriente. Las presiones inflacionarias y fiscales alejan más aún las posibilidades de una expansión significativa de la economía; de allí la necesidad de “tomar las riendas” del poder.
Siento decepcionar a los colegas de la comentocracia y a los corresponsales extranjeros que se han tragado este cuento. No tengo la menor idea a qué se deben estos retoques cosméticos al equipo de Sheinbaum, pero sí sé que no existe la más remota posibilidad de que con estas maniobras apacigüe al empresariado mexicano o a los inversionistas extranjeros. Ni tampoco cambiará la actitud de Washington en las negociaciones del T-MEC con un nuevo equipo, suponiendo que lo haya o lo vaya a haber.
Este par de meses en Francia me ha permitido recordar con mayor detalle el episodio de 1983 de François Mitterrand, el famoso “giro” que dio el presidente socialista dos años después de su elección. El aumento de los salarios, las nacionalizaciones, la jubilación a los sesenta años y el resto del Programa común firmado con el Partido Comunista habían generado una demanda interna estratosférica, que la desindustrializada y raquítica oferta interna francesa resultaba incapaz de satisfacer. Las presiones sobre el franco se volvieron insostenibles, y Mitterrand debió optar entre dos vías. Podía ceñirse al programa y a sus promesas de campaña, pero ello implicaba salir de la serpiente monetaria europea de inmediato, y de la Comunidad Económica Europea muy poco después. O podía abandonar el programa, reducir brutalmente el gasto, y alinearse con Bruselas. Escogió el segundo camino. He podido volver a conversar estos dilemas con amigos que se encontraban en el gobierno en aquella época, y todos evocan las consultas y deliberaciones que realizó Mitterand antes de optar por la solución del “rigor”: un giro a la derecha, conservando las conquistas ya consumadas.
La situación en México hoy es muy distinta, como ya lo he subrayado en estas páginas. No existen presiones sobre el peso, las cuentas externas se ven robustas, pero se vislumbra también un obstáculo insuperable. Si la economía no crece por lo menos a los ritmos del periodo neoliberal —2 a 2.5%— se tornarán inviables los programas sociales de la 4T, así como sus victorias electorales y su hegemonía. Y no hay crecimiento factible sin un golpe de timón de la misma envergadura que el de Francia en 1983. No bastará con pequeños gestos y guiños, ni con discursos, planes y convocatorias a Palacio, ni posponiendo un año el resto de la reforma judicial o aplacando al SAT. O va en serio, o nadie se la va a creer. Recomiendo al respecto un largo artículo de Nizaleb Corzo, en Ultimátum (whatever that is). Esa es la neta.
Excanciller de México
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

