Fue el grito que más se escuchó durante la campaña electoral húngara, en las asambleas que aclamaban al candidato opositor, Péter Magyar, cuyo nombre se puede traducir como Pedro Mexicano. Ganó de manera aplastante y la noticia dio la vuelta al mundo, a pesar de que Hungría no tiene más de 9.5 millones de habitantes y no ocupa más de 93 mil kms2. Estado de Europa central, miembro de la Unión Europea y dolor de cabeza de dicha Unión durante los veinte años de gobierno del “iliberal” Viktor Orban.
Hungría en su extensión actual nació de la desintegración del Imperio austro-húngaro. Sus fronteras oficiales (Tratado del Trianon en 1920 y de París en 1947) ratifican el desmembramiento del antiguo reino de Hungría (fundado en 1001) al quitarle grandes territorios y dejar fuera a cuatro millones de húngaros repartidos en Rumania, Eslovaquia, Serbia, Croacia y Austria. Esa situación explica porque, entre 1920 y 1940, la política extranjera de Budapest buscó recuperar las “provincias perdidas”, lo que llevó a una alianza fatal con la Alemania de Hitler. En 1945, como en 1918, Hungría se encontró entre los vencidos.
Bajo el dominio soviético, sus gobiernos comunistas se cuidaron mucho de no seguir esa línea, pero cuando desapareció la URSS, el “revisionismo geopolítico” resurgió. Eso explica en gran parte la rusofilia de Viktor Orban que buscaba en Moscú un apoyo contra sus vecinos europeos acusados de oprimir a sus sujetos húngaros. Sin embargo, la amarga memoria de los húngaros no olvida que el zar Nicolás aplastó la Hungría independiente en 1848-1849, que el Ejército soviético castigó duramente al país en 1945, y que en 1956, hace ochenta años, Khrushchev mandó sus tanques para acabar con la revolución húngara.
Miembro de la OTAN y de la Unión Europea, Viktor Orban, cuando fue electo en 2010, dedicó su primera visita a Vladímir Putin. Hasta el último momento de la campaña electoral mantuvo sus buenas relaciones con Moscú en el marco de su “política de apertura al Este”, ampliada a China. Al grado de que su secretario de Relaciones Exteriores informaba en seguida a su colega ruso de todo lo que se discutía en Bruselas. Su lucha contra el liberalismo, el desmantelamiento sistemático del Estado de derecho le valieron la amistad de Donald Trump y de Vladímir Putin. Cuatro días antes de las elecciones, Trump mandó al vice-presidente Vance en misión de apoyo sin freno a Orban. La hostilidad a Ucrania era parte de su política, al grado de que hizo su campaña cubriendo el país con retratos de Volodymyr Zelensky acompañados de: “Si gana la oposición, tendrán a Zelensky de presidente”. La invasión rusa de Ucrania había estimulado su hostilidad, porque soñaba con recuperar la provincia ucraniana de Transcarpatia, donde se encuentra una minoría húngara de 400 mil personas.
Cayó el mascarón de proa de la derecha internacional, el comodín de Putin, el modelo y amigo de Trump, el hombre que causó muchos daños a Europa y a Ucrania, el que financiaba organizaciones de derecha en Europa y en los EU; por ejemplo, la Heritage Foundation estaba en su red y el siniestro Project 2025 seguía el modelo Orban. Su caída es un acontecimiento muy importante porque, si en el poder era un fenómeno internacional, su derrota también tiene una resonancia mundial. Eso prueba que lo peor no está siempre garantizado, que la esperanza muere al final y que el futuro puede abrirse.
Del vencedor, Péter Magyar, no se podrá decir nada antes de verlo actuar. Si cumple con su programa de restablecimiento del Estado de derecho y de leal participación a la Unión Europea, será el momento de festejar de verdad.
Historiador en el CIDE

