Ciertamente, somos un poco ombligueros y no nos interesa lo que pasa fuera del país, con una sola excepción: Estados Unidos, porque es “nuestro patio trasero”. Nos importan sus próximas elecciones presidenciales y que, de nuevo, los servicios del presidente ruso estén participando en la carrera. Bernie Sanders acaba de pedirle a Rusia “mantenerse al margen” de las elecciones. “En 2016, Rusia usó propaganda en internet para sembrar división en nuestro país y entiendo que lo hará nuevamente en 2020”, declaró el candidato. ¿Por qué una injerencia rusa a favor de Sanders? Porque Moscú quiere que gane Trump y calcula que, si el candidato demócrata es Sanders, la victoria será para Donald. Carambola de tres bandas.

¿Y qué pasa en Rusia? Hace poco vino a México su inamovible secretario de relaciones, Serguei Lavrov, un diplomático formidable que reúne las cualidades del zorro y del lobo. No le afectó el sorpresivo terremoto, de fines de enero en el gobierno de Rusia que despidió al Primer Ministro Dimitri Medvedev –un tiempo presidente de Rusia, un tiempo primer ministro, turnándose las sillas con Vladimir Putin– y a casi todo el gabinete. Terremoto asociado con el anuncio de inminentes reformas constitucionales. Parece que volvimos a los antiguos tiempos de la “kremlinología”, cuando Rusia/ la URSS era un misterio invisible en la neblina, algo que obligaba los expertos a multiplicar las hipótesis contradictorias.

Estamos en la misma “cacofonía contradictoria de predicción e interpretación” (Antón Troianovski, en el New York Times del 22 de enero). Algunos “expertos” apuestan a cambios radicales, otros opinan que no cambiara nada, y todos concluyen que el resultado será la permanencia de Vladimir Putin, sea como presidente, sea como “Jefe Máximo”, una expresión que no usan, porque no conocen la historia de México y el papel de Plutarco Elías Calles en calidad de “Jefe Máximo”, de 1928 a 1935, después de su mandato presidencial. Si tomamos en serio la analogía, recordaremos que, en 1935, el joven presidente Lázaro Cárdenas acabó sorpresivamente con el Jefe Máximo. ¿Tendrá Rusia su Cárdenas?

Putin tiene 67 años y veinte en el poder, sea como presidente, sea como primer ministro. Su cuarto mandato presidencial terminaría en 2024. ¿Habrá una era post-Putin? ¿Putin seguirá en el trono o detrás del trono? ¿O realmente jubilado, para no decir defenestrado? ¡Quién sabe! Por lo pronto, los “expertos” piensan, como el periodista Yuri Saprykin, que habrá Putin para rato. Saprykin lo dijo en versos, en Facebook: “Debatimos sobre si se va o no/ Y ¡no! No se va a ir/ Es decir, no antes de las elecciones/ No se irá y después/ Definitivamente, no se va a ir”. (Cito a Antón Troianovski)

El sistema político que armó Vladimir Valdimirovich es un régimen personalista. Aparentemente, todo descansa sobre un solo hombre: Putin. En 1995, en Moscú, en uno de los espléndidos departamentos construidos frente al río para la élite en tiempos de Stalin, escuché a un inteligente empresario-tiburón desarrollar una profecía que, en aquel lejano entonces, me pareció increíble, y que ahora… Según él, que había construido su fortuna en pocos años entre los escombros de la URSS, y se preparaba para ir a China, “porque esto ya se acabó en Rusia para nosotros los extranjeros”, detrás del presidente Boris Yeltsin, estaban los que tenían las riendas y que las seguirían teniendo siempre. ¿Teoría conspirativa? Sí, por lo tanto, se debe tomar con prudencia. Este tiburón pensaba que el KGB, el ex KGB, era el verdadero poder y que lo guardaría. Putin se formó en esa institución.

Ahora propone una reforma constitucional difícil de entender en sus consecuencias. Aparentemente fortalece el Congreso y limita los mandatos presidenciales en el tiempo. Algo que podría ser positivo, pero un Congreso controlado por Putin, podría nombrarlo primer ministro en 2024. Daría también poderes extendidos a un Consejo de Estado que podría ser presidido por Putin. Puras especulaciones. La verdad, la realidad política rusa sigue en la neblina.


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