América Latina ha mostrado un importante giro ideológico a partir del triunfo de Javier Milei en Argentina en 2023. Desde entonces, la gran mayoría de las elecciones presidenciales en la región han sido ganadas por candidatos de derecha. Al día de hoy, esta doctrina domina en Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Perú.
En el resto de países latinoamericanos, excluyendo a México, el movimiento predominante parece inclinarse en la misma dirección. Aunque todavía está por verse el resultado, Abelardo de la Espriella, el candidato de la derecha, se ubica como favorito para ganar las elecciones presidenciales de Colombia del próximo 21 de junio. Es difícil ponerle una etiqueta ideológica al actual gobierno de Venezuela; sin embargo, su margen de maniobra para desviarse del rumbo marcado por Estados Unidos es básicamente inexistente. Aunque el caso de Cuba es más complejo, da la impresión de que tendrá que elegir entre un cambio de orientación de su modelo económico y un colapso en todos los frentes. Por otra parte, tanto en Perú, que tuvo elecciones presidenciales el pasado domingo, como en Brasil, que las tendrá en octubre, la contienda luce cerrada.
Es cierto que este giro ideológico latinoamericano ha sido estimulado por Estados Unidos. También lo es que en algunos casos el gobierno de ese país ha operado como el fiel de la balanza. Sin embargo, sería un error concluir que este cambio obedece fundamentalmente a las acciones del gobierno estadounidense.
Ilustrar este punto es sencillo si vemos algunos indicadores del desempeño de América Latina en las últimas décadas. Según información del FMI, de 2008 a 2026 América Latina será la región con el menor crecimiento del PIB per cápita real entre las economías emergentes y en desarrollo. Por su parte, el Banco Mundial estima que dos tercios de la reducción de la pobreza observada en América Latina de 2003 a 2013 se debió a factores transitorios, lo que ha propiciado una fuerte desaceleración de los avances en este frente en años posteriores. A lo anterior se agregan muy altos niveles de corrupción e informalidad, y su estatus como una de las regiones más desiguales del mundo y como la más violenta en tiempos de paz, medida por las tasas de homicidio. Convertirse en el fiel de la balanza en este contexto no es precisamente una tarea titánica.
Nuestras autoridades deberían prestar atención a las lecciones que se derivan de este cambio doctrinario en América Latina.
Para empezar, el caso latinoamericano es un ejemplo ilustrativo tanto de las fluctuaciones que puede registrar la orientación ideológica del gobierno de un país, como de los factores que las determinan. Con los vientos favorables de un incremento en los precios de los productos primarios, a principios de este siglo observamos una marea rosa en la región. Al desaparecer las condiciones propicias, las deficiencias del enfoque se hicieron evidentes, resultando en un movimiento hacia la derecha. La incapacidad de los gobiernos de esta corriente para lograr resultados rápidos provocó un nuevo giro a la izquierda, cuyas deficiencias se están reflejando en el viraje actual a la derecha. En otras palabras, tarde o temprano la población castiga la falta de resultados.
La experiencia latinoamericana también nos muestra que con el transcurrir del tiempo y el agotamiento de la población ante la falta de atención a sus demandas, la sociedad tiende a polarizarse. En específico, los movimientos de centro están disminuyendo su atractivo, lo que está resultando en el cada vez más frecuente surgimiento de candidatos ubicados en los extremos. Entre mayor es la tardanza en atender los problemas que aquejan a la sociedad, mayor es el riesgo de una respuesta extrema en sentido contrario. Y este riesgo se agudiza si el fracaso viene acompañado de un mayor autoritarismo.
Por motivos bien conocidos, existe una tendencia a nivel global hacia la formación de bloques económicos y políticos. Aunque esto no representa el fin del multilateralismo, sí es un cambio fundamental en las reglas del juego globales cuya duración no será corta. El interés de Estados Unidos por fomentar gobiernos con ideologías afines en América Latina es parte de este ajuste global. Muchos países latinoamericanos lo entienden y están actuando en consecuencia. La importancia de una relación mutuamente beneficiosa con Estados Unidos es mayor en el caso de México, tomando en cuenta los estrechos vínculos entre ambos países. ¿O alguien ve como alternativa la integración a un bloque encabezado por China?
Por último, con lo que está sucediendo en el resto de Latinoamérica como telón de fondo, nuestras autoridades deberían reconocer que la insatisfacción en nuestro país ante la falta de resultados es cada vez mayor. Fuera del ámbito gubernamental la visión generalizada es que la perspectiva no es buena. Ante la conjugación de circunstancias similares a las que han propiciado cambios de régimen en otros países latinoamericanos, en vez de reconocer las deficiencias del modelo y corregirlas, se está optando por un mayor control político interno y por la adopción de medidas que implican un distanciamiento de Estados Unidos.
La experiencia latinoamericana demuestra que, con Trump o sin él, la estrategia política no será viable sin un proyecto de país funcional. Este último no es el que está en vigor en México en este momento.

